Capítulo 1 – Entre fuego y roca
El bullicio del Distrito Artesanal empezaba al alba, con martillos golpeando al unísono como si la ciudad tuviera un corazón de hierro. Tenaz como el yunque y cálida como las fraguas, Emberhaven era un hogar de artesanos y constructores, provenientes de cada rincón del reino de Eryndor.
Pero el rugido de las forjas se vio superado cuando un estallido sacudió los adoquines.
¡BOOM!
Una nube de humo negro se elevó entre los tejados, seguida de un coro de maldiciones proferidas por los vecinos aún medio dormidos.
En la calle, los ciudadanos se detenían a mirar, ya resignados. Algunos incluso hacían apuestas sobre qué pieza del taller habría volado esta vez.
Dentro del edificio se oía una tos persistente. Una figura emergía entre el hollín: su cabello castaño estaba chamuscado en las puntas, su ropa parcialmente quemada, pero su sonrisa permanecía intacta.
—¡Funcionó!… más o menos —dijo mientras observaba los restos de un extraño artilugio que se había desarmado en su banco de trabajo.
Adrik examinó los restos humeantes con la naturalidad de alguien que ya ha pasado por eso muchas veces. La máquina era una compleja combinación de palancas, resortes y engranajes, diseñada para canalizar agua de forma continua hacia las fuentes del mercado. Sin embargo, la cámara de vapor, herméticamente sellada, no soportó la presión. Provocando una explosión que se intensificó al entrar en contacto con los componentes alquímicos esparcidos por el taller.
Tomó pergamino y pluma, y escribió notas para trabajos futuros:
—Las válvulas suelen atascarse cuando hay polvo de carburo en el ambiente. También debo reconsiderar el diseño de alimentación del eje principal, necesitará más espacio. Debo consultar en la biblioteca más tarde.
Estiró la espalda para quitar la tensión, recordando las horas que pasó inclinado sobre aquel banco de trabajo. Era momento de empezar a limpiar.
Las paredes del taller estaban tapizadas de planos, como si la tinta fuera su manera de pensar en voz alta. Prototipos de muebles con un armazón unido a engranajes y plataformas; mejoras para el martinete con un modelo de vapor en lugar de agua; dibujos de fuelles de doble cámara para producir un flujo continuo de aire. Modelos de tuberías de cobre fabricados en moldes para su producción en masa. Cada trazo era una solución en potencia, y una advertencia de posibles costillas rotas.
En las afueras del gremio de herreros, todos se apartaron para dar paso a una figura fornida y de baja estatura, que caminó con paso firme entre los obreros que trabajaban en el edificio.
—Aquí vamos de nuevo… —murmuró con voz grave y cargada de molestia.
La imponente silueta de Darrak, un enano de pelo y barba negra, se recortaba en el umbral del taller personal de Adrik. El tono autoritario del Maestro Constructor resonó haciendo eco en la sala.
—¿Otra vez con tus condenadas explosiones? ¿Cuántas veces tengo que decirte que no conviertas tu lugar de trabajo en un campo de batalla? —se quejó, señalando los restos de la máquina que aún quedaban sobre la mesa de trabajo.
Adrik se rascó la nuca al verlo.
—Lo tenía calculado… casi. Solo necesito ajustar la válvula de escape y…
—¡Y reducir el número de idioteces por minuto! —Interrumpió, ingresando mientras repasaba el desastre con la mirada— ¿Tienes idea del daño que podrías haber causado? ¿Y si alguien hubiera estado cerca?
El joven bajó la vista un momento, la vergüenza luchaba ahora con su entusiasmo.
—Señor Darrak, no fue solo un intento alocado. ¡Funcionó! El sistema generó presión y movió la rueda principal.
—¿Y para qué demonios querías tanto vapor encerrado ahí dentro? —preguntó el enano.
Adrik recogió un engranaje y lo giró con cuidado.
—El vapor empuja los pistones, eso mueve el eje y… —se detuvo al notar la impaciencia en su expresión— bueno, hace correr el agua. Como si fuera un arroyo, pero fabricado.
El constructor cruzó los brazos. Su silencio ya indicaba que desconfiaba de esa idea. Escrutó el taller con atención, inspeccionando el sinfín de planos desperdigados. Luego volvió a fijarse en el herrero, cuyos ojos tenían chispas de una fragua encendida. Había más que solo obstinación: había fuego genuino.
—¿Puedo saber a qué se debe tu insistencia con todo esto de inventar? —le preguntó, con una pizca de sincera curiosidad.
—Todo lo que gira puede mover algo más —respondió como si recitara un lema—. Y todo lo que se mueve puede ayudar a alguien. Eso fue lo que usted me dijo una vez. ¿No está cansado del mal olor y la suciedad de la plaza central? Con las fuentes fluyendo agua de forma constante, tal vez se pueda remediar eso, aunque sea un poco.
El enano permaneció pensativo. Era cierto: Aquel problema era tan común en las ciudades que la mayoría lo aceptaba como inevitable. Considerar una solución era prueba de que el joven tenía iniciativa. Pero no podía permitir que su descontrolada impulsividad terminara en algo que podrían lamentar.
—Mira, muchacho… —dijo con un tono más calmado—. Si quieres cambiar esta ciudad puedes empezar por dejar de intentar volarla en pedazos.
—Volveré a intentarlo. Desde cero, si hace falta. Ya verá como la próxima vez lo conseguiré — afirmó con determinación.
El Maestro Constructor tenía fama de que nada le impresionaba. Exigente y meticuloso con el trabajo, jamás toleraba los resultados a medias. Eso había sido tomado por Adrik como un reto personal: Algún día inventaría algo que incluso él aprobaría. Pero a juzgar por lo ocurrido, era evidente que ese día no estaba cercano.
—Y dicen que yo soy el cabeza dura… —refunfuñó Darrak— Supongo que no puedo detenerte. Así que esta vez yo personalmente reconstruiré este lugar. Y me aseguraré de que ni siquiera un huracán logre derribarlo: Vigas más gruesas y piedra resistente, nada de palos inútiles.
Adrik sonrió emocionado. La idea de que él hiciera su obra esta vez era sin duda una buena señal. Darrak al notar su ímpetu suavizó ligeramente su expresión. Muy ligeramente.
—Pero no te ilusiones tanto —le advirtió—, si de alguna manera te las arreglas para destruir otra vez este lugar, te juro que yo mismo te sepulto bajo los escombros. Y los costos de las reparaciones saldrán de tu bolsillo esta vez
—Me parece bien —le respondió mientras se sentaba en la mesa donde aún reposaban los restos de su anterior trabajo— ¿Por dónde empezamos?
La discusión sobre el diseño del nuevo taller se escuchó entre el resto de los hombres que trabajaban en el gremio, quienes no podían evitar sentir interés por la reconstrucción que se estaba planeando. La voz de Darrak se oía con frecuencia negando las propuestas que el Maestro Herrero le proponía.
—No voy a construirte una sala subterránea, si haces explotar algo ahí abajo podrías derribar todo el edificio. Tampoco voy hacer un tejado desplegable, es innecesario y costoso. Ni creas que te voy a hacer una torre de observación, para eso está el distrito del sello.
Y así continuaron durante un tiempo que se sintió bastante largo. La voz de la innovación que debía pasar primero por la resistente voz de lo ya establecido. Un interminable tira y afloja que hacía relucir lo mejor de ambas partes.
La mañana había comenzado con una explosión, y mientras el humo se elevaba sobre los tejados otros maestros empezaban a mover sus fichas en la ciudad.
Capítulo 2 – Libros y negocios
Fundada por los primeros eruditos y más antigua que la propia ciudad, la gran biblioteca se alzaba majestuosa en el corazón del Distrito del Sello. Un palacio consagrado a resguardar los conocimientos y la historia.
Gente de otros reinos viajaban a ese bastión: algunos buscando la cura de alguna enfermedad, otros con el deseo de descubrir cosas nuevas, y algunos, simplemente querían saciar su curiosidad. A diferencia de quienes se sentaban en el trono, los libros rara vez mentían, y nunca hacían promesas vacías. Y por eso, dentro de sus muros, aún se respetaban las reglas del saber por encima de las del oro o la espada.
En el centro de ese universo de letras, sentada en un complejo escritorio, se encontraba Elara: la joven guardiana de la biblioteca y Maestra Escribana del consejo. Con el cabello castaño claro, ojos verdes y unos anteojos que nunca se despegaban de los escritos. La semi elfa era conocida por ser una enciclopedia andante. Su vida había girado en torno a las letras desde siempre. Pero nunca fue buena para relacionarse con las personas, y los libros habían sido su principal compañía.
Catelyn, la Maestra Mercader, se hallaba frente a ella. Su cabello oscuro y ondulado enmarcaba un rostro moreno cuidadosamente arreglado. Vestía un lustroso vestido de tonalidades azules, adornado con bordados de barcos. Su postura era erguida y elegante, y sus ojos parecían leer a cualquiera que tuviera enfrente.
Entregaba las noticias que leía en un pergamino.
—Tras varios días de discusiones, finalmente los lideres de las casas Banmek y Vyradeg han llegado a un acuerdo —dijo en voz alta con la atención de todos los presentes—. Permitirán el libre tránsito de los mercaderes entre sus tierras, y se formaran nuevas caravanas desde el este que tomarán rumbo hacia aquí —cerró el documento y puso sus manos en la cintura—. No es por presumir, pero pude convencerles de que dejen de comportarse como niños haciendo berrinche, no fue tarea fácil.
Elara asintió y se dirigió hacia varios de los aprendices que estaban cerca, esperando a recibir sus instrucciones.
—¿Podrían, por favor, elaborar un informe completo sobre las nuevas rutas? —pidió con tono amable— No olviden mencionar los puntos de encuentro más concurridos, hay por lo menos media docena de pueblos desde los dominios de Lord Aldous y Emberhaven. Debemos gestionarlos para que estén preparados para recibir a los viajeros.
Todos pusieron caras de resignación, pero no protestaron. Tomaron una buena cantidad de pergamino en blanco y se retiraron hacia una sala de estudio cercana. Elara hizo una señal hacia un viejo escriba que se encontraba en una de las mesas conjuntas. Caminó hacia ella seguido por pequeño sequito de escribanos experimentados en el oficio. Les indicó una pila de archivos que se alzaba como una pequeña torre de vigilancia sobre su escritorio.
—Estos son los reportes de la oficina del maestro Arwyl. Necesito que realicen una copia y la archiven en el área de registros de las arcas. Ya los he leído y al parecer los ingresos se han mantenido estables este año, necesito que hagan un estudio estadístico que compare las cifras con los años anteriores. También es menester que se reorganicen los anaqueles en función de las fechas a partir del último semestre.
—De inmediato, señorita —respondió el anciano, dando una reverencia mientras el resto tomaba como podía los documentos con los que iban a trabajar.
Catelyn la observaba con una sonrisa burlona.
—Vaya, querida, veo que ya te has aclimatado a tu título de maestra.
La semi elfa bajó la mirada. La confianza que había demostrado hacía tan solo unos momentos se esfumó de golpe.
—¿Cree que lo estoy haciendo bien?
—Linda, no llevas ni un año en el cargo y ya tienes este lugar en la palma de la mano —hizo una pausa como si observara un pasado no tan lejano—, sin duda el rey Edward estaría orgulloso de su decisión… —repentinamente hizo un ademán con la mano— Pero dejemos la nostalgia para el vino. Dime ¿Tienes libre esta tarde?
—Puede ser… ¿Por qué lo pregunta?
—Resulta que algunos de mis viejos amigos del este pasarán por la ciudad. He apartado un espacio en el Distrito Comercial para su llegada —acercó lentamente el rostro hacia ella— y resulta que varios de ellos traerán productos textiles, telas de buen lino, y lana de la mejor calidad. ¿No te gustaría echar un vistazo?
La pluma que sostenía la escribana tembló levemente entre sus dedos. Su mirada se dirigió por un instante hacia una de las ventanas altas, donde el sol teñía los vitrales con tonalidades cálidas, proyectándose sobre los tomos apilados como si el día la animara a salir.
—N-no lo sé, hay mucho por hacer. Los informes, las copias, las reorganizaciones… —murmuró, como si recitar sus deberes le sirviera de excusa.
Catelyn dio un par de pasos alrededor del escritorio con la confianza de quien está acostumbrada a negociar con nobles, hasta colocarse justo a su lado.
—Todo eso puede esperar unas horas —le dijo con suavidad—. Elara, lo que haces aquí es admirable, pero todos necesitamos un momento para descansar y disfrutar de las cosas.
—Yo disfruto mucho estando aquí—respondió, tratando de ocultar su nerviosismo ante la propuesta
La mercader negó lentamente con la cabeza, pero sin borrar la sonrisa en sus labios
—Siempre dices eso, ya has pasado mucho tiempo entre estos muros. —puntualizó inclinando la cabeza con picardía—. Además, te he visto echarle el ojo a las ilustraciones de los vestidos provenientes de oriente. Puedo asegurarte que los artesanos de este reino también están al nivel.
Elara meditó por unos momentos lo que le acaban de mencionar, era cierto que tenía una gran afición por el arte del telar, pero no esperaba que alguien más se hubiera dado cuenta. Desde que la nombraron como una miembro del consejo, siempre pensó que todo su tiempo debía dedicarse a su trabajo. Por eso solo leía en silencio sobre sus gustos personales.
—¿Una escribana curioseando entre rollos de tela como si fuera una noble desocupada? ¿Qué dirían los aprendices? ¿O el maestro Arwyl?
—Dirán lo que siempre dicen: Lo que nadie les ha preguntado. No es primera vez que vienen mercaderes con este tipo de productos, pero siempre te veo vistiendo tus túnicas de escribana.
—Es que… no soy buena con la gente —confesó en un susurro—. Me trabo y digo cosas raras.
—¿Y crees que yo nací dando discursos a comerciantes con dientes afilados? Al principio, también temía decir la palabra equivocada y perderlo todo. En mi troupe debía ser muy cuidadosa con el público o te lanzaban piedras si no veían lo que les prometiste —no pudo contener una carcajada al recordar esos tiempos de artista itinerante, mucho antes de su nombramiento en el consejo—. Pero, al igual que con todo, la única forma de superar esos temores es mediante la práctica. Y si tropiezas… —hizo una pausa y sonrió con confianza— bueno, yo estaré ahí para ayudar a que te levantes.
Elara tragó saliva. Había algo reconfortante en sus palabras, una calidez difícil de ignorar.
—Supongo que… podría pasar un rato. Solo para ver las telas, claro —agregó apresurada, como si necesitara justificarlo.
—¡Perfecto! —exclamó la mercader, dándole una suave palmada—. Pasaré por ti al atardecer. Y ni se te ocurra traer un pergamino escondido entre los pliegues de la túnica.
—N-no prometo nada —respondió Elara con una tímida sonrisa.
Cuando Catelyn finalmente se retiró del lugar, el sitio quedó en casi absoluto silencio, interrumpido únicamente el sonido de páginas de libros al cambiarse. Con discreción abrió uno de los cajones en su escritorio. En su interior, una estola de lana de color verde hoja, tejida con bordados de flores, se hallaba doblada de forma ordenada. Un recuerdo de su madre y el único contacto que conocía de su parte élfica.
Acarició la prenda con cuidado, recordando que esa era una de las razones del porqué gustaba tanto de las obras hechas en tela, e imaginó qué otras grandes piezas podrían existir allá afuera
Tal vez, pensó, una pequeña excursión al bullicioso mercado no estaba tan mal después de todo.
Capítulo 3 – Los números lo dictan todo
El ajetreo de los distritos era tan solo un susurro en la oficina de Arwyl, el Maestro de Moneda. El anciano, de avanzada calvicie y rostro imperturbable, mantenía los ojos fijos en sus documentos. El olor a tinta y papel viejo impregnaba el aire, dando una sensación vetusta al lugar.
El silencio solo se interrumpía por el tintinear de los ábacos y el rasgueo metódico de las plumas. Todos en el despacho trabajan callados, algunos por costumbre, otros para no recibir las reprimendas del viejo maestro. Quien no dejaba de realizar cálculos y anotarlos en los incontables pergaminos sobre su escritorio. Las operaciones mentales jamás cesaban, se habían convertido en parte de su rutina. Tras la muerte del rey Edward, había manejado las arcas del reino con pericia. Muchos lo veían como el verdadero gobernante de la ciudad, aunque él nunca aceptó tal título. Solo cumplía con su deber, o al menos eso afirmaba.
Escribía de forma concentrada una carta, una respuesta a las noticias que había recibido desde los dominios de la casa Banmek. Le habían invitado formalmente al banquete de la cosecha de ese año. Una vez terminado, depositó un trozo de lacre rojo en una pequeña espátula de metal, y la dejó sobre una vela encendida ubicada a un lado de su escritorio. La cera se tornó liquida en poco tiempo y la vertió sobre el cierre del pergamino. Presionó el sello sobre ella, un sol que iluminaba una montaña. Un símbolo que aún se conservaba a pesar de la disolución de la familia real, a quien pertenecía originalmente.
Cada carta representaba una parte distinta del reino, una gestión que manejaba con cuidado. Incluso las zonas más conflictivas estaban bajo su atenta mirada, debía estar preparado para cualquier eventualidad.
Pero el tamborileo de unos dedos sobre su escritorio le hizo salir de su ensimismamiento. De entre todos los contadores que trabajaban ahí, vestidos con túnicas oscuras y muchos pergaminos en los brazos, siempre era el mismo que se animaba a acercarse para desconcentrarlo. De cabello oscuro y corto, y un rostro bien afeitado, se quedó de pie frente él.
—¿Qué es lo que quieres decirme, Ronan? —Preguntó el anciano sin levantar la mirada.
Ambos se conocían desde hace muchos años. Cuando Arwyl era contador de la familia Bhanezor, una de las casas nobles más antiguas y poderosas del reino. Y él era tan solo un aprendiz más del gremio. Pese a lo estricto que era el Maestro de Moneda, con el pasar de los años la confianza creció entre ambos, llegando a establecer un respeto mutuo que le permitía entablar discusiones sin temor a represalias. Sus debates no eran frecuentes, pero cuando ocurrían, se traducían en proyectos que podían cambiar las rutas y los precios de todo el reino. Para Arwyl, solamente Catelyn superaba a Ronan en lo exasperante.
El contador se sentó sin ser invitado, con la familiaridad de quien sabe que lo toleran por ser más útil que molesto. Siguió tamborileando con los dedos sobre la mesa, una vieja costumbre.
—Necesito hablar con usted, maestro —empezó, girando la pluma entre sus dedos como si fuera un truco de manos— dígame ¿Qué es peor, perder oro o perder prestigio?
Arwyl habló directamente.
—¿A dónde quieres llegar? —inquirió, sin alzar la voz— el tiempo apremia y no estoy de humor para acertijos.
—Lo digo porque seguimos exprimiendo a los mercaderes con ese ridículo impuesto a los productos textiles —le respondió Ronan, dejando quieta la pluma en su mano—. Es innecesario, se han reportado fricciones en el Distrito Comercial. Están vendiendo su trabajo a un precio más alto para obtener una mínima ganancia, y está ahogando el comercio entre las casas nobles del reino.
El maestro de moneda no pestañeó.
—Las casas nobles eligieron trazar su destino por separado. Ese impuesto fue dictado por el propio Edward —levantó la mirada para observarle directamente—. Si no están dispuestas a cooperar entre sí, deberán vivir con las leyes previamente establecidas.
Ronan exhaló un leve bufido.
—Ya de por si fue difícil conseguir que se re abriera el comercio. De hecho, aun me pregunto cómo le hizo la maestra Catelyn para convencerlos. Es una oportunidad que no podemos desperdiciar, podría ser el primer paso para hacer prosperar este reino nuevamente. Puede que las casas nobles no se unan, pero al menos podemos incitarlas a intercambiar productos. Usted más que nadie sabe que si las mercancías fluyen, también lo hacen las riquezas.
—¿Y qué te hace pensar que ese impuesto es tan relevante? —replicó Arwyl, entrelazando los dedos sobre el escritorio.
—Es un freno para el mercado. Si lo eliminamos, o al menos lo reducimos, los mercaderes podrán importar telas de calidad, lo que nos haría más competitivos en el comercio exterior.
—O podríamos mantenerlo y conservar una fuente estable de ingresos. Prefiero certezas a promesas de crecimiento —le aclaró con voz serena, aunque cargada de autoridad.
—Pero ahí es donde se equivoca—afirmó el contador, tratando de mantener un tono solemne.
Sacó un pergamino de uno de sus bolsillos y se levantó para desenrollarlo sobre el escritorio, girándolo hacia él como si fuera un mapa desplegado en la cubierta de un barco mercante.
—El comercio de textiles no ha sido tan abundante como esperábamos. Muchos de los mercaderes han reportado menos ventas de las que habían planificado para estas fechas. Y otros afirman que preferirían encaminarse hacia otros destinos, incluso hacia otros reinos.
Arwyl leyó los números en silencio. No mostró reacción. Ronan continuó:
—Los mercaderes eligen el camino de menor resistencia. Si vender en Eryndor cuesta más que hacerlo en otro reino, simplemente se irán a otro lugar. Incluso si terminamos con las arcas llenas al final seria irrelevante si no hay productos para comprar. Y el papel archivado no es algo que convenga vender precisamente.
El anciano exhaló lentamente, revisando los datos del pergamino en busca de alguna falla en la lógica que le presentaba. No la encontró. Pero eso no significaba que fuera a ceder.
—Aun así, las ganancias siguen superando las pérdidas —dijo dejando el pergamino a un lado—. Si eliminamos el impuesto, nos arriesgamos a una fluctuación económica innecesaria.
Ronan negó con la cabeza.
—Creo que debería mirar más a largo plazo, maestro.
—Ilumíname entonces —le desafió, alzando una ceja.
—La popularidad de nuestra ciudad podría incrementarse si todos ven que no les quitaremos su dinero solo por visitarnos.
—Suena bien en palabras, pero las palabras no pagan los gastos.
—Pero el oro de los mercaderes sí que lo hace —Aclaró el contador, mostrando una sonrisa que intentaba parecer convincente.
Silencio. Por primera vez, Arwyl pareció considerar la idea.
—Ya estamos haciendo nuevos contactos en los muelles de Caltherion —continuó Ronan— hay muchos interesados en traer sus productos aquí. Además, si esto continúa así, en menos de un año la calidad de nuestros textiles bajará, y la nobleza empezará a comprar telas extranjeras… de contrabando.
—¿Tienes pruebas de eso?
—He hablado con la maestra Catelyn, sus contactos le han explicado con mucho detalle la situación. No podemos permanecer estáticos ante una posible fisura en la seguridad de nuestras rutas.
Otro silencio. El Maestro de Moneda meditaba, con el rostro tan serio como siempre. Si lo que decían era cierto, ya estaban perdiendo oro por rutas no oficiales. Pero lo que más odiaba no era perder. Era el desorden y la incertidumbre. Aquellos movimientos impredecibles eran cosas que no podía permitir que continuaran.
Finalmente, tras un largo suspiro, habló.
—“A río revuelto, ganancia de pescadores”, los viejos refranes nunca mienten… Está bien, una reducción.
Ronan ladeó la cabeza.
—¿Solo eso?
—O lo aceptas, o todo sigue igual.
Evaluó si podía presionar más. Pero pronto se percató de que esa respuesta era lo más parecido a una victoria que podría obtener.
—Muy bien. Pero cuando vea lo necesaria que es la abolición completa, verá que es lo mejor para nuestro reino.
—Si los números te dan la razón, hablaremos.
—Sabía que entraría en razón, maestro Arwyl —se levantó de su asiento y se dirigió a su escritorio personal.
Arwyl rodó los ojos y retomó la pluma.
—Espero no arrepentirme…—murmuró mientras regresaba a su universo de números escritos.
Así prosiguió la jornada en el despacho de contadores. Un espacio pequeño, pero donde podía definirse el rumbo completo de una ciudad. El Maestro de Moneda se mostraba estricto y casi inflexible, una actitud necesaria cuando llevas en los hombros el peso de una tarea asignada por un rey fallecido: La labor de mantener estable un reino fragmentado.
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