La Casa de los Condenados

La Casa de los Condenados

La casa de la colina se alzaba como un espectro en la bruma nocturna. Nadie en el pueblo descendía por el camino que conducía a su entrada ruinosa, pues las historias hablaban de gritos ahogados y sombras que reptaban bajo la luna menguante. Pero yo, joven y necio, impulsado por la obstinación y la curiosidad malsana, decidí cruzar su umbral.

Las puertas cedieron con un crujido que semejaba un lamento. Dentro, el aire era rancio, cargado de polvo y un hedor indefinible, como si la muerte misma respirara en sus rincones. La luz de mi lámpara apenas lograba arañar la negrura que se extendía como una neblina palpable. Caminé entre muebles cubiertos de telas apolilladas y espejos que reflejaban imágenes distorsionadas, hasta llegar a una gran escalera de madera carcomida.

Un sonido se filtró desde los pisos superiores. Un susurro, tenue pero claro. Me ericé, pero no retrocedí. Subí los escalones, cada uno crujiendo bajo mi peso como si la casa se quejara por mi intrusión. Al final del pasillo, una puerta apenas entornada dejaba ver un resplandor mortecino.

La abrí con dedos temblorosos y el horror se apoderó de mí. En el centro del cuarto, una mujer vestida de andrajos flotaba unos centímetros sobre el suelo. Su rostro era una máscara de piel pálida, con ojos vacíos y una boca que se movía en un murmullo incomprensible. Quise gritar, pero un frío helado oprimió mi garganta.

Sus manos huesudas se alzaron hacia mí. Sentí que algo me arrastraba, algo que no pertenecía a este mundo. Las sombras se cerraron y, en un parpadeo, me vi atrapado en un reflejo del espejo, incapaz de moverme, observando con desesperación cómo la mujer, ahora con mi rostro, descendía las escaleras, libre.

La puerta se cerró. Y la casa volvió a la espera de otro insensato.

Pasaron días, quizás semanas. Mi existencia se redujo a un reflejo borroso dentro del espejo, condenado a observar el mundo exterior sin poder intervenir. Vi cómo la impostora con mi rostro caminaba entre los aldeanos, usurpando mi vida, imitando mis gestos, susurrando a quienes me conocían con un tono que sonaba tan real y, sin embargo, no lo era. Mi desesperación crecía con cada día, pero la prisión del espejo era inquebrantable.

Las noches eran peores. La sombra de la mujer regresaba al cuarto, deslizándose con movimientos antinaturales. Se detenía frente al espejo y me observaba con esos ojos vacíos. Luego, extendía su mano hacia la superficie del vidrio, como si quisiera arrancarme lo poco de humanidad que me quedaba. El frío se hundía en mi alma, robándome el aliento que ya no poseía.

Intenté gritar, pero mi voz se desvanecía antes de ser pronunciada. Mis manos se alzaban para golpear el cristal, pero solo encontraban resistencia impenetrable. A veces, otros incautos entraban en la casa, atraídos por el mismo impulso que me llevó allí. Los observaba con angustia, tratando de advertirles, pero ninguno podía verme. Uno a uno, desaparecían, absorbidos por la casa maldita.

Un día, la impostora trajo a alguien más. Un joven curioso, tal como yo había sido. Lo condujo por los mismos pasillos oscuros, con la misma sonrisa espectral que ahora usaba con naturalidad. El destino de aquel desafortunado estaba sellado. Vi cuando ella lo llevó hasta el espejo y, con un susurro gutural, lo empujó dentro. Su grito fue breve, su reflejo desapareció, y en su lugar, una nueva silueta atrapada apareció junto a mí.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó el recién llegado con voz quebrada. No supe qué responderle. ¿Meses? ¿Años? La casa no tenía tiempo.

Desde entonces, he visto la historia repetirse. Uno tras otro, las almas incautas caen en la trampa, encerradas en este reino de sombras. Y cada vez, la casa aguarda, paciente, a su siguiente huésped.

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