En un sitio indefinido se habla de una biblioteca sin libros. La llaman la Biblioteca Oscura.

Para llegar a ella se desciende por una escalera de piedra que parece derruida. No hay lámparas, ni antorchas, ni ventanas: la luz está ausente, como si fuera una herejía. La oscuridad, sin embargo, es una presencia. No tiene rostro, pero observa.

Los supersticiosos la ven como un recinto demoníaco. Los filósofos, un espejo. Pero todos coinciden en un detalle: al llegar al último peldaño, se formula siempre la misma pregunta:

—¿Buscas la verdad?

Y todos responden que sí. Tal vez porque nadie soporta admitir que prefiere la mentira.

Entonces sucede que la oscuridad muestra intimidades.

Los hombres encuentran aquello que más temen. Los orgullosos descubren su ignorancia. Los virtuosos contemplan su hipocresía. Los creyentes atraviesan desiertos donde Dios parece haber muerto. Los ateos caminan por jardines imposibles.

Ninguno sale ileso. Algunos regresan mudos. Otros regresan sabios. Unos pocos no regresan.

La leyenda sobrevivió a todos ellos. Y quienes creen que la oscuridad es solo ausencia de luz —ignoran que, a veces—, la luz es la recompensa que la oscuridad concede a quienes se atreven a conocerla.

Dicen que la biblioteca no existió por sí misma. Solo queda esta historia, que acaso sea falsa.

Aunque cada vez que un ser humano desciende a los sótanos de su conciencia, regresa con una respuesta que no tenía antes, como si las oscuridades le mostraran la luz.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS