LA AMIGA DE ÁNGELA

Somos una extraña raza de amantes

esquivos, milagrosos… pero

tortuosos…

Ayer jugueteé con el homicida de

mí mismo mirándonos al espejo…


Frente al mar de Pisco había una palmera antiquísima afectada por la gravedad de su natural aspecto, se mantenía a duras penas de pie, enorme, solitaria y realmente extraña, completamente fea juntito al mar, en oblicuo, en un alejado recoveco donde el viento caprichosamente siempre moriría y le hacía llorar sin alivio y con mucha crueldad…, la tradición rural hablaba de una hermosa mujer caucásica que mirando el océano esperaba la llegada de un enorme barco de guerra inglés, donde su joven amado, soldado al fin, un día la dejó para no volver más y todo el tiempo que espero la termino de arruinar, tenía el rostro frustrado por la angustia de una esperanza sin más tiempo ni espacio, envejecida en su rutina de entregarse al sol cada día de todo los días, esperando más noches y más días con su mirada fijada siempre en el horizonte…, cuando el día menos pensado se convirtió en una palmera trunca, enraizada en la arena, estéril y fantasmal, entonces cuando de noche el viento se filtraba al corriente de su fuerza por los jirones de sus hojarascas, que pendían entre jirones medios vivos medios muertos, un extraño llanto casi humano invitaba a cualquier incauto a buscar a la mujer de lejos, una figura ósea y sin suerte, menuda, joven de cabello enorme que se desprendía de la palmera y abrazándole le confía sus penas en el oído con una tibia voz de niña, el hombre perdía esa noche su alma mientras su cuerpo se adentraba loco y siniestro al mar sin respuestas, más tarde su esposa, hijos, amigos o madre le buscaban por todos lados y la única palmera de esa playa pisqueña ocultando el secreto esperaba solo la noche para llorarlo con cierta hipocresía de una adiestrada asesina en serie…, con el tiempo nadie quiso ir a la orilla de la plañidera y la casa junto al mar donde llora la palmera se llenó de yedras con flores de diversos hermosos colores que no resistían el sol del día y se dice que ahí vivió esta mujer inglesa que un día desapareció sembrando todo tipo de misterios y encantos que los años y las bejucos prehistóricos no terminaron de derrumbar, la siguiente casa, cien metros adentro, hacia la costa, era la de los padres de Ángela, ella nació en Ayacucho, pero al morir su madre, su padre un vendedor de telas se vuelve casar y se asienta en el puerto de pisco y la pequeñita Ángela crece envuelta en esta leyenda, por las noches revivida, especialmente cuando venía el paracas, cuando su ventana traqueteaba con fuerza como si alguien le llamara desde afuera con suma urgencia, por lo que se hacía más evidente el llanto de la palmera, entonces ella preguntaba a su madrastra llena de miedo, quién era la mujer que lloraba de esa manera, qué ser humano podría llorar así…, y su madrastra sacando los dientes amarillos hacia fuera y achinando los ojos como un espantoso roedor, le respondía sin reparos ni remordimientos que no era más que su propio…, que su propio destino…

Tiempo después, cuando abandonó la casa de Pisco con su única hermana de padre y madre por desavenencias con la madrastra, las pesadillas alucinantes de la forma física de la palmera le continuaron a donde iba y cada vez que tenía un problema que la acorralaba hasta la angustia, increíblemente ese llanto le salía del cuerpo, le seguía luego unas transpiraciones que le mojaban el total de sus prendas en una enfermedad que la corroía en cuerpo y alma…; Y fue en el año que terminó la secundaria cuando conoció al jovencito Anselmo, con quien ingreso a la universidad y formo un grupo de teatro y tontamente especuló que sería el hombre de su vida, en ese instante pensó que se curaría de por vida…, todo eso le contó a Cecilia mucho tiempo después y al borde casi de la muerte, nuevamente la mujer de la palmera entre sus repetidos lamentos le estiraba la mano larga solo para llevársela y la sentencia de la madrastra parecía oírla nuevamente con suma contundencia saliendo de esos dientes afilados y corroídos de roedor…

Cecilia la encontró en la puerta de su departamento, sentada en una de las tantas escaleras del conjunto habitacional San Miguelito, ella la esperaba pacientemente con la cabeza hundida entre las rodillas, como si se tratase de un pequeño bulto de ropas viejas y trapos zurcidos por demás, pero cuando Cecilia llegó a su departamento de soltera cerca de las once de la noche no la reconoció, le pasó de largo, era un bulto acurrucadito a un lado de la escalera, hacia un día que divagaba por Lima sin sentido, no quería encontrarse con Troyano, su cruel amante, su amante castigador, aquel que la cargo y la hizo descender al fortín de sus avernos, donde cocino su cuerpo blanco y sacrosanto con la sutileza de un herrero que embetunado de su propio hedor le enseño los secretos de dolor en placer…, luego de aquélla discusión que lo definió todo, aquella discusión donde quedo claro su rol en esa relación, sinceramente solo quería morir, Cecilia al reconocerla la hizo pasar a su sala y casi le ordenó de inmediato que se bañara, estaba desgreñada y mal oliente, hacía mucho tiempo que no la veía y realmente estaba harto desmejorada, no era la hermosa joven que se vislumbraba como actriz, empero procuró socorrerla, Cecilia sabía de sus actividades subversivas, es más, a la pregunta ¿cómo diste con mi dirección?, ella le dijo: “el partido siempre tendrá mil ojos y mil oídos, el partido todo lo sabe”, pese a que esas palabras sonaron amenazantes más pesó el recuerdo de esa amistad entre aulas y actividades universitarias que la enemistad ideológica, así que no tardo en refugiarla.

Desnudas en sus respectivos enterizos y a oscuras, la una sobre la cama principal de dos plazas y la otra tendida al lado, en un colchón de acampar, cubiertas solo por sabanas retomaron el dialogo, ambas miraban en silencio el cielo raso de la habitación mientras conversaban, habían hablado bastante sobre los recuerdos compartidos de sus amigos de la facultad, Ángela recordó al “loco Poggi” como una amarga señal, la última vez que lo vio ordenó que le destrozasen el cráneo y esa culpa la cargaba como una dolorosa cruz, era el único acto del cual se avergonzaba y por el que decidió apartarse de toda violencia, puesto que lo conocía, no era su amigo pero lo conocía, el partido exigía deslindar todo tipo de afecto a la hora de actuar y el “loco Poggi” siempre en la luna, completamente al margen de toda polémica política, viviendo el romanticismo de un sistema que ya no quiere románticos, pero él feliz viviendo sus cuentos de hadas, esquivando sin querer todo suelo minado, recreando sus ficciones y Ángela se alegró cuando Cecilia le dijo que solo sabía que se había casado y tenía dos hijos y que hasta donde sabía le iba bien, es más, le dijo, mientras estiraba su mano hacia su mesita de velador y rebuscando entre papeles halló una foto donde estaban los tres, la foto había sido lavada y los colores casi perdidos, pero aún se podía distinguir las tres figuras, era increíble que hubiera una foto de los tres, Ángela atrapada por la nostalgia solo la devolvió sin ofrecer mayor comentario; Cecilia le era menor en tres años, eran de diferente promoción pero de la misma carrera, solo que Ángela finalmente desertó, entonces invadidas por un extraño calor de ese momento y por las ganas de confesarlo todo la pregunta llego clara y precisa:

-Siempre quise preguntarte…, no sé, tal vez meterme en tu cerebro, lo recuerdo muy bien, cambiaste 180 grados, dejaste todo y te fuiste a socorro popular y todo te llego altamente, como si la vida y los años de estudio, no te importaran…, y lo de Anselmo fue un escándalo…-

Ella no quería recordarlo, pero cerró los ojos y se vio en esas épocas, amando a un Anselmo que a la luz de la distancia era tan extraño como ella, lo era con sus problemas existenciales, una fe heredada de sus padres que no le permitía vivir, era muy formal, muy disciplinado y profesional frente a la gente y en la intimidad un niño inseguro, ocultando un dolor que no podría revelar ni siquiera a ella, jamás alcanzando la carcajada, solo sonriendo, incapaz de volverse el hombre que ella quería y en ese momento no pensaba en sexo, solo que la protegiera, cuantas veces escapándole a las respuestas difíciles, cuantas veces siendo actor de su propia vida, cuantas veces solos y envueltos en silencios que podrían ser de profunda pena, de grandes culpas, de las cuales Ángela jamás sabría, porque serían capítulos negados para ella…, ambos confundidos, perdidos y mudos…, y esos espacios muertos, sin salida decidieron la relación… y como contarle lo de Troyano, como contarle que el sexo impropio, la carne con sangre que crea placer fue su real medicina, pero a la vez, reflexionando, como decirle que no hay medicina sino un terrible mata tiempo hasta que la muerte nos sorprenda…, en ese momento la pregunta le obligo a reconocer que la humanidad en la última curva de su evolución arrojo las ideologías al tacho para llenarse de más boato y lujuria y en medio de esta borrachera no sentir el estruendo de la muerte, toda la tecnología alcanzada por el hombre no sirvió para que éste cree una comunidad con justicia social…, entonces, finalmente, como podría entender una destacada hija de la mediana burguesía el dolor de gente marginada por el color de la piel, por la forma de su hablar, por la humildad de su alma, por lo intricado de su etnia…, por no hallarse en ningún lado…, cuando un citadino se acerca a un campesino lo ve con cierta humanidad cristiana que le permite regalarle graciosamente una dadiva, pero jamás lo vería dentro de su contexto social sino como servidumbre, como la fuerza que aprovechan para sentirse bien, para sentirse mejor, sabiendo que hay gente de segundo orden que le hace sus mandados, acaso ella lo podría entender, podría entender que ella misma llegó a su techo y que lo demás es solo servirle a un sistema inhumano, no se da cuenta que estamos en una granja donde nuestras emociones alimentan a otros seres…, acaso no se da cuenta que solo somos un programa informático utilitario para el siniestro sistema de cuatro familias ricas que cuando quiera nos remplazaría sin miramientos por otro mejor, acaso no se da cuenta que de un tiempo a esta parte el sistema nos repite “nadie es irremplazable”, estamos en una sociedad donde el ser humano se reemplaza como un foquito de luz quemado y eso a nadie le importa porque hemos pasado a ser una anécdota del sistema…, y el sistema no se da cuenta que también tiene un tiempo de vida…, entonces le respondió:

-Eres una mujer encantadora y de muy buena estrella, seguiste la receta de tu orden social y ya te ves, triunfadora, exitosa, y ahora te encuentras con una ex compañera de la universidad que hace rato cruzo todas las líneas de la cordura…, llamemos o digamos orden legal-moral y no te demoras en darle la mano, toda tu lógica se basa en los cimientos que te llevaron a ser quien eres, te respeto, pero a quien socorres ya murió (como diciéndole no me entenderías, su voz se quebró en la tristeza de sus últimas reflexiones y más parecía la voz de esa niña en la conciencia de no tener mamá y soportar el rigor de una madrastra abusiva que jamás la sentiría siquiera prójima y lo peor, un padre terriblemente ausente…, luego de un silencio continuó dominando su llanto)…, y si me hablas de la guerra, ésta ya se perdió, no creo que sea un recodo histórico para reordenar nuestros cuadros y captar nuevos líderes, más bien creo que la sociedad seguirá involucionando en este pensamiento suicida, injusto y piramidal hasta que la tecnología y las guerras lo haga tedioso, invivible y todos revienten, tal vez con el virus de la extinción, que solo salven paradójicamente a estas cuatro familias ricas que no tendrán donde escapar porque recibirán como herencia un planeta muerto y encogido en una isla que se proteja de los mutantes…, pero mi ciclo terminó en esta vida y si me equivoqué no lo hice gratuitamente, respondía a mis sentimientos más que a mi ideología y si merezco el infierno de los cristianos, que puedo hacer, hice lo que creí…

Cecilia sentía que esas palabras le hacía levitar, en un momento su alma dejó su cuerpo por un momento, era una extraña sensación, un extraño vació se apoderó de ella y pensó que estaba hablando con una sustancia universal que al igual que la humanidad no tenía a donde ir, permanecería esquiva a una salida, la noche negra se coló de tal forma por la ventana que todo se hizo completamente oscuro y la clarividencia de lo desconocido la sometió en un mar de dudas, esa noche un poco de ella también murió para siempre…

Al día siguiente Cecilia no fue a trabajar, luego de desayunar con Ángela se despidieron en su sala, serían las once de la mañana, fue la última vez que la vería, se abrazaron y lloraron mucho, cuando estaba por cruzar el umbral de la puerta Ángela se detuvo y le dijo aún con los ojos rojos: si tuvieras algo que decirme que me dirías (su expresión se salía de todo rasgo humano, frente a lo realmente desconocido había miedo, sus convicciones se desplomaron en esa sola pregunta, pues ella misma no sabría qué iba a ser, solo presentía que se le acercaba el fin…), Cecilia la volvió abrazar muy duro y le dijo lo imposible, lo que nadie nunca le dijo: quédate hermanita, quédate conmigo, no te vayas…, fue entonces que el cuerpo de Ángela humillando sus temores se escurrió como una sombra para siempre…

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