Dos personas sabemos lo que pasó. Yo soy una.
Contarlo es sacármelo de encima y, al mismo tiempo, guardarlo para siempre.
Me invitaron unas amigas a un bar de un barrio bohemio, a escuchar jazz. Tocaba un grupo en el que participaba un conocido de una de ellas. No era un plan que me entusiasmara demasiado, pero acepté.
La noche tenía una temperatura perfecta. Adentro, en cambio, el aire estaba cargado: cuerpos, alcohol, conversaciones superpuestas, todo sumaba unos grados más.
Hubo un intermedio. Me quedé sola en la mesa, distraída, hasta que empecé a recorrer con la mirada la decoración: objetos desparejos, cuadros sin marco, lámparas antiguas. En una esquina, casi pegada a nuestra mesa, había una biblioteca pequeña.
Me acerqué.
Los libros parecían puestos ahí más por efecto que por cuidado. Algunos estaban torcidos, otros vencidos por el uso. Uno, en particular, me llamó la atención. El lomo, gastado, decía: Relatos eróticos.
Lo saqué.
La edición parecía antigua. Busqué el año: fines del siglo diecinueve.
Pensé en dos posibilidades: o alguien no había sabido apreciar su valor y lo había dejado ahí como adorno, o no tenía ningún valor y por eso estaba ahí.
Lo abrí.
El primer relato comenzaba con dos mujeres. Alcancé a leer apenas un par de párrafos. Estaba bien escrito, con una delicadeza inesperada. No fue eso lo que me detuvo.
Fue el calor.
Al principio creí que era el ambiente. El papel estaba tibio, nada más, pero en pocos segundos esa tibieza empezó a crecer. Subió por mis dedos, se instaló en la palma. Se volvió intensa. Demasiado.
Solté el libro y lo devolví a su lugar.
No diría que sentí miedo. Fue otra cosa. Una forma de extrañamiento, como si algo hubiera ocurrido apenas fuera del borde de lo comprensible.
Una de mis amigas se levantó para ir al baño. La seguí.
Antes de dar el primer paso, volví a tomar el libro.
No lo pensé. Lo hice.
Entramos. Ella hablaba del último tema, de un solo de saxo que le había encantado, mientras se miraba al espejo y se retocaba el labial. Se detuvo al verme reflejada detrás suyo, sosteniendo el libro con ambas manos, como si fuera algo que no debía soltar.
—¿Qué es eso? —preguntó.
No le respondí. Se lo extendí.
Lo tomó sin sospecha. Apoyó el labial en la mesada y abrió el libro por el principio. Intentó leer en voz alta, con ese tono entre burla y curiosidad, pero su voz se apagó en la tercera palabra.
Se quedó quieta.
Luego apoyó la cadera contra la mesada. En el espejo, vi cómo la tela de su vestido caía apenas, dejando al descubierto la línea limpia de su espalda.
Sus manos seguían sobre las páginas.
No tardó en sentirlo. Lo supe por la forma en que tensó los dedos, por la manera en que inhaló, apenas. Cerró el libro con brusquedad y lo dejó junto al labial.
Dio dos pasos hacia mí.
Miró hacia la puerta, como comprobando algo que ya sabía.
Después me empujó.
No fue violencia. Fue urgencia.
Entramos en uno de los cubículos. La puerta se cerró detrás.
El calor pasó de nuestras manos hasta no saber dónde empezaba una y terminaba la otra.
No hubo palabras.
Solo ese ardor trasladándose entre cada célula de ambas.
Afuera, la música volvió con un golpe súbito. Un estallido de batería y metales que cubrió nuestro grito.
Salimos, nos miramos unos segundos, como si verificáramos algo.
Nos acomodamos rápido la ropa.
Ella guardó el labial.
Yo tomé el libro.
Volvimos a la mesa como si nada.
Antes de sentarme, lo devolví a su lugar en la biblioteca.
Ahí debe seguir.
Esperando a quienes, sin saber por qué, vuelvan a tomarlo.
Durante semanas pensé que todo había terminado ahí.
No volvimos a hablar del tema. Ni siquiera volvimos a tocarnos.
Algo había cambiado. No en nuestros cuerpos.
A veces, en medio de una conversación cualquiera, me asalta el momento exacto en que sus manos dejaron de dudar.
Como si hubiera podido ocurrir antes y el libro no hubiera hecho más que abrir la puerta.
No volví a ese bar.
No porque tenga miedo.
Sino porque no estoy segura de querer saber si todavía está.
A veces pienso que no hacía falta.
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