El País de Nunca Jamás está cuajado de diamantes en bruto que resplandecen en cada amanecer; frutas exóticas colgando desde prominentes árboles, piedras preciosas ocultas bajo cavernas oscuras, materia prima de excelente calidad que convertirían a cualquier hombre común en el más rico del mundo.
Los ojos de James no tardan en brillar colmados de ambición ante el mar infinito de abundantes riquezas y fortuna envidiable. Con todo lo que obtendría de la isla, aunado a los próximos saqueos de navíos extranjeros, James está seguro de que se volverá el capitán más renombrado de todos, incluso más que el propio Barbanegra. Sin embargo, no toma en cuenta un pequeño detalle, uno muy travieso y maleducado.
Peter Pan es un niño que nunca crece, tiene 10 años y odia el mundo de los adultos. Siempre se le ve acompañado de un destello dorado, se trata de Campanita, un hada cuyo polvo hace que Peter tenga la capacidad de volar. De pelo rubio y ojos verdes revoltosos, el chiquillo viste un traje hecho con material vegetal y cosas encontradas en la selva de Nunca Jamás. Principalmente, Peter se dedica a burlarse de James cada vez que tiene la oportunidad, así sucede desde la primera vez que se conocen.
El sol golpea sobre su rostro con tanta intensidad que a James le cuesta el doble de trabajo cortar un fruto jugoso de un tupido árbol. Está a punto de desprenderlo de la rama con ayuda de su cuchillo, cuando de pronto, una risa pícara se cuela entre las ondas sonoras. James voltea a mirar a todos lados para descubrir de dónde proviene aquella risa, pero un silbido pasa volando junto a él y lo deja con las manos vacías; alguien le ha robado el cuchillo.
—¿Quién está ahí? —pregunta, adoptando una posición de defensa—. ¡Devuélveme mi cuchillo o lo lamentarás!
—¿Lamentarlo? Ja, ¿qué podrías hacerme tú? —Peter aparece flotando sobre el aire mientras examina el arma con atención, Campanita revolotea a su lado—. Te lo regreso, esa baratija no me sirve.
James da un traspié para salvar su integridad, pues el niño le ha lanzado el cuchillo sin reparar en la dirección que apuntaba. Completamente enojado, recoge el cuchillo enterrado en la arena y se dispone a limpiarlo con el borde de su camisa. Si hay algo que lo irrita más que nada en el mundo, es la mala educación, y ese niño no tiene modales ni guarda un mínimo respeto por alguien mayor que él.
—¡Oye, niño! ¿No te enseñaron a respetar a tus mayores? —le recrimina con el ceño fruncido, mismo que se intensifica cuando ve a Peter realizar piruetas muy cómodamente, como si no le estuviera prestando atención.
—Tengo un nombre y ese es Peter Pan —responde, aterrizando sobre la arena para realizar una ligera venia. Pero en ese preciso instante decide aprovechar la cercanía y toma de la ropa interior a James y se la coloca encima de la cabeza; un clásico calzón chino.
—¡Maldito mocoso! —exclama hirviendo en rabia mientras trata de regresar a su lugar la ropa interior.
La risa burlona de Peter retumba como un eco fastidioso en los oídos del pirata, aun así logra retomar la compostura para encararlo.
—Escuché por ahí que te llamas James —el niño continúa, todavía riendo y flotando por los aires—. Pero tienes más una pinta de bacalao —vuelve a reír, esta vez de una forma más escandalosa que la anterior, parecía que disfrutara de incordiar a James—. ¡Bacalao! ¡Bacalao! ¡Bacalao!
Para el pirata, Peter es todo lo que él nunca pudo ser, lo nunca pudo disfrutar, lo nunca se atrevió a decir. El niño jamás crece, no conoce reglas ni límites como a James le impusieron. Sin ninguna responsabilidad, es libre de hacer lo que desee, libre de gozar su eterna infancia; tiene todo bajo la palma de su mano y osa de restregárselo en la cara. Desde ese día, un odio oscuro comienza a nacer en las entrañas de James y sus ojos azules se convirtieron en dos puntos rojos que se iluminaban de manera horrible. Pero solo era el principio de algo que se avecinaba con tormentas mucho peores.
OPINIONES Y COMENTARIOS