Inmarcesibles estrellas brillando

Inmarcesibles estrellas brillando

Inmarcesibles estrellas brillando

Era muy chiquita, pero ver llorar a mi Madre siempre me hacía mal, como a todos supongo. La encontré esa mañana arreglando el rosal de rosas rococó rosadas, de lejos la veía con guantes y tijera de podar. Acercándome noté que algo no estaba funcionando, que el cuadro no era el habitual. Con un sencillito vestido veraniego pegaba tijeretazos a la planta, desde la ventana de la cocina no vi que lloraba, pero me acerqué sintiendo un escalofrío y una alarma inusitada.

     Contándome que habían sido muy felices empezó nuestra recorrida por el jardín, juntando flores de las más diversas, la seguía escuchando. Lucila era su hermana menor, la preferida de la familia, tan bonita ella, con tanta fruición habían planeado su futuro juntas en las últimas vacaciones de soltera, compartidas en Villa Carlos Paz. Lucila hacía poco que había obtenido su título de Maestra Normal Superior festejándolo a lo grande en la casona de Pringles y Mármol, con Jacky y toda la familia.

     Habían compartido siempre la habitación del piso superior con ventanas al este por la que entraban los aromas dulces de las glicinas en verano y desde donde se podía espiar con disimulo, la llegada de los proveedores que ingresaban por el portón del fondo. El cuarto repleto de libros que ya desbordaban las dos bibliotecas, para aquel entonces estaban sencillamente apilados contra la pared, quedaban como adornos sobre ese fondo malva. Compartían un viejo baúl de la compañía naviera de su abuelo; en él sobresalían en un negro brillante, las letras de su rango Capitán Cámera, riéndose olían mares desconocidos e inventaban historias para dormirse con una sonrisa.

     Desde la época de las tres carabelas de Colón, hasta las flotas de galeones del período colonial a las Américas, hasta la difusión del vapor y la hegemonía del motor a explosión eran sus temas de conversación. Existe un epígrafe de la Guardia Costera de los Estados Unidos de América que explica que el comercio mundial depende de la navegación, eso repetía Lucila cada vez que se acuclillaban para abrir el baúl con olor a bodega de buque a vapor. Y se reían porque decían haber heredado del abuelo Luis Constancio, su alma de navegante extraviado por los mares del mundo, ese mundo que apenas conocían. Y así transcurrieron su adolescencia, esperando que llegara el Tata con el cofre lleno de novedades exóticas, como las fabulosas medias de seda francesa para la abuela Nany
que había nacido en el siglo anterior, pero seguía siendo una señora muy coqueta, sus labios rojo fuego, su mirada enmarcada en tintes negros la hacían una encantadora dama quilmeña. Fumaba con boquilla de marfil y usaba un embriagador perfume de lavandas que dejaba su hálito suspendido por instantes reforzando su paso engalanado.

Y un día la tía Márgara la invitó por primera vez a acompañarlos a Europa. Lucila entusiasmada lo consultó con mi Madre quien la abrazó llorando su emoción compartida. Y así fue como Lucila también comenzó a transitar por los mares del mundo como el Tata, asistiendo a su madrina en la escritura de sus poemas y al tío Octavio, en la redacción de sus discursos de agradecimiento que daría en las exposiciones de sus dibujos y pinturas que se iban a desarrollar en Italia, Francia y Suiza. El ítalo-argentino, radicado desde niño, pintaba figuras, naturalezas muertas y paisajes. Se destacaba por sus paisajes tratados en el plenairismo o “plein air” que nos remite a su pasión por la pintura al aire libre. Octavio elegía la naturaleza expuesta a la luz natural, los paisajes nacían de bocetos trazados en el atelier de la calle Carabobo y ahora recién verían su propia luz del sol; su elección de estilo paisajístico solo surgió en su necesidad de transportarnos a su tierra.

     Las chicas habían pasado infinidad de tardes embriagadas en ese olor de los tubos de pintura al óleo, los cuales Octavio mezclaba y mágicamente aparecían esos colores naturales, pero algo a linaza siempre hubo porque con tan solo unas gotas de ese aceite, aparecían unos pigmentos asombrosos sobre su paleta. Instalaba su caballete, se ponía su delantal gris y entonces sabían que era momento de retirarse; empezaba la magia empapada de luz brillando en el aire. También estaban sus esplendorosas acuarelas, tenues sobre cartulina, diluidas y transparentes con unos toques de luz resplandeciente. Y es así como muchas de sus obras estaban colgadas en el salón de los Parenti acompañando al piano, los candelabros de plata y en su entorno más bucólico se destacaban los yesos de las cabezas de los cuatro hermanos, que le daban al ambiente un aire digno de familia de la alta Italia.

Les estaba contando que la posibilidad de navegación sin depender ya de los vientos de la juventud recién estrenada, comenzarían a ser opacados progresivamente, esa mañana de agosto, Jacky compartía con nosotros que Lucila había muerto yendo en su auto a trabajar a La Plata. Las flores eran para ella.

Hoy, mucho tiempo después, a mi llegada, mi ahijado me abrazó y fue entonces cuando vi de reojo ese anillo azteca de plata mexicana de mi madrina Lucila que mi Madre heredó, inmarcesibles estrellas siguen brillando.

Alessia Volker-Haagner

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