No quería ver a nadie. Todos le hablaban con sonrisas falsas y le mentían. Eso la hacía enfadar. “Nada de lo que piensas es real”, “estás conmigo y estás viva, cariño”. ¿Cómo podían atreverse a engañarla de forma tan descarada? Ella podía ver su reflejo los cristales, un reflejo cadavérico que no era ella. Pero, ¿quién más podía ser?
Hacía mucho tiempo que ya no había cristales a los que mirarse y que la habían aislado de cualquier herramienta con la que destriparse o cortarse un dedo para demostrar a los demás que estaba muerta, que no sangraba. Aun así, podía oler perfectamente la putrefacción en su cuerpo, sus órganos en descomposición. Se tocaba y no se sentía. Ni un latido, ni un rugido por falta de alimento… Nada. ¿Por qué les costaba tanto creerle? ¿Acaso no era evidente que había muerto?
El ruido de un cerrojo hizo eco en su mente vacía de vida y percibió cómo alguien entraba en la habitación. No levantó la vista. Dejó que se acercase.
«¿Noa?» Espero respuesta alguna, pero ella ni se inmutó. «Noa, mírame» ordenó, ella obedeció y fijó su mirada en los grandes ojos verdes que la arropaban con cariño. Desprendían aprecio, pena, dolor. Pero no era capaz de responder a esa mirada como se esperaba de ella. Sabía que sus ojos sólo guardaban el eterno vacío de la muerte. «Necesitas comer.», pero no respondió.
Ella y todos los demás mentían constantemente, la engañaban. No quería hablar con ellos. Quería hacerles ver que tenía razón. Quería cortarse las venas, quería comprensión. Quería hacerles daño. Quizá cuando ellos muriesen no se sentiría tan sola.
Silencio.
Un olor desagradable a carne podrida fue lo único que salió de Noa. Le dio la espalda y volvió a clavar la vista en el suelo, donde reposaba su ajada mano derecha con sólo tres dedos. «Ella se mira la mano» dijo una voz femenina. Era la voz que oía en ocasiones, como si la observasen y hablasen de ella a sus espaldas. Podía escuchar lo que las personas pensaban sobre ella. Cerró la mano derecha para ocultar sus dedos ennegrecidos.
«Ella huele a muerto.» volvió la voz con sorna.
María, su madre, se levantó confusa, y con paso dubitativo salió de la pequeña habitación. No comprendía por qué su hija se había puesto tensa de repente, pero era mejor irse cuando eso ocurría. Cerró la puerta con llave una vez más y sintió que se quitaba un gran peso de encima con el sonido del cerrojo.
Noa escuchaba murmullos en las paredes. Hablaban sobre ella, pero no querían que se enterase. Pretendían obligarla a comer, pero ella no tenía estómago.
Ni alma.
No tenía nada.
Se tumbó y sintió cómo su pecho no se movía. Estaba condenada a ser un fantasma, un zombi. Cerró los ojos y esperó. Esperó en la oscuridad. Deseaba abrir los ojos y no sentirse tan sola.
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