Cada vez que abría la puerta que daba al patio, un enorme gato leonado al que llamaba «don gato», en honor a la serie de dibujos animados, se adentraba con confianza y parsimonia en mi diminuto enmohecido apartamento.
Las horas pasaban con inusitada lentitud en esa especie de comunidad tipo melrose place, pero al estilo cutre elevado a la enésima potencia. Uno de mis vecinos tenía pinta de ser esquizofrénico perdido, deambulando sin ton ni son hablando consigo mismo, una pareja de jóvenes alternativos se dedicaban todas las tardes a fumetear hierba, que ellos mismos cultivaban en el descampado que había enfrente. Nunca me atreví por pura vergüenza de pedirles un poco para consumo propio. Y así vivía cada cual inmerso en sus historias, solo que había menos jolgorio sexual que en un convento de clausura, nada que ver con la popular serie de los noventa, con lo que acabé denominando al lugar pajose place, supongo porque pensaba que todos eran de mi misma condición y se entregaban con delicada pasión al onanismo, el arte excelso de la auto satisfacción.
Don gato se sentaba muchas veces conmigo como cualquier humano, mientras yo veía la tele, jugaba a la play o comía una pizza gigante que por supuesto compartía con él. Se quedaba a veces mirándome con su enormidad gatuna de una forma muy humana a mi entender, lo cual me hacía preguntarme si no era capaz de comprender absolutamente todo lo que le decía. En ocasiones le contaba cualquier cosa como si supiera lo que le decía, incluso mis penas, y se quedaba así sentado sobre su culo con sus patas traseras delante suya como diciéndome…-tío, como te entiendo, pero yo soy un simple gato, qué haces hablando conmigo si no puedo responderte-.
Así pasaban las semanas y los meses. Había unos cuantos gatos más en pajose place, mayores, menores, de todos los colores y tamaños, pero todos respetaban a don gato de una forma muy particular o eso me parecía. Era como si fuera un capo de la mafia, para mí era el vito corleone felino de nuestro pequeño reducto.
Una tarde un enorme perro negro entró desde el descampado persiguiendo a un gatito pequeño y con dos mordidas acabó con su vida, el pequeñajo no tuvo opción alguna de defenderse ni de escaparse. No pude sino apenarme porque no me dio tiempo ni a reaccionar. Algunos gatos salieron y se acercaron a olisquearlo como presentando sus respetos, yo le cogí y le enterré en un hoyo que hice en el descampado al lado de un álamo. Cuando terminé don gato estaba a mi lado, sentado, mirándome con ojos serios. Me dio la sensación que me daba las gracias.
Algo así como unos diez días más tarde, estaba tomando un café a media tarde a eso de las siete en la terraza comunitaria que había justo sobre mi apartamento. El patio se me abría delante rodeado de árboles y setos. Podía ver incluso el terreno yermo que se abría tras ellos, salpicado por algunos árboles. Llevaba años sin ser plantado y no crecían nada más que malas hierbas. De repente vi a un gato gris mediano que se paraba al lado del álamo y al gran perro negro correr en su dirección. Lo curioso es que parecía que le estuviera esperando. Otro gato pardo con manchas blancas se le unió y cuando estuvo el can cerca de ellos salieron disparados hacia el patio, parándose de nuevo como invitándole a atraparles justo entre dos setos que hacían de barrera. Era como los toreros cuando incitan al toro con el capote. El perro les persiguió y les acorraló contra una pequeña fuente que se encontraba en un lateral del patio. Podían haberse marchado por cualquier lado, eran más rápidos que él, pero se quedaron quietos como retándole. A mi lado sentí de repente que don gato contemplaba la escena como yo. Menudo temple tenía, parecía realmente el capo di capi.
Súbitamente cuando el gran animal negro se disponía a despedazar a sus supuestas presas, tras un maullido atroz que parecía venir de ultratumba de don gato, al que yo no podía dejar de mirar, salieron ocho o nueve gatos más de todos los rincones, todos gatos medianos y grandes, y se abalanzaron con la rapidez del rayo sobre el can. En menos de un minuto le despedazaron por completo como si fuera un trapo, dejándole abierto como un boquerón y con mil zarpazos profundos, con los ojos arrancados y la nariz destrozada. No tuvo nunca opción de defenderse. La organización de este clan gatuno me dejó estupefacto. Habían consumado con una inusitada inteligencia la venganza y no podía sino estar convencido que don gato fue el artífice del plan. Este, una vez acabado el espectáculo me miró como diciéndome…-así son las cosas hermano, quien la hace la paga-, y comenzó a lamerse las patas despreocupado con la más absoluta inocencia.
Esa noche no pude dormir, y la escena que había vivido me atormentaba, aunque fue justa la vendetta pensé. No pude ni masturbarme como hacía a diario, pajose place se había convertido en holocausto felino. Menos mal que don gato era mi colega.
– ¿Oiga? Una pizza cuatro quesos familiar.
– Es muy grande. ¿Cuántos son?
– Es para dos…
Historia basada en vivencia real de mi amigo chusly.
OPINIONES Y COMENTARIOS