¿Se pueden regalar llaves?
Los cuenteros siempre contamos historias. Hoy les narro la de un hombre que obsequiaba llaves. No vendía libros ni escribía tratados; fabricaba llaves. No eran llaves de hierro ni de bronce, sino de palabras. Cada vez que un niño le preguntaba por qué el cielo cambiaba de color, él le entregaba una llave diminuta, tibia aún por el calor de su pensamiento. Esa llave intencional le abría una puerta, y le indicaba los posibles caminos y respuestas. Si una muchacha quería saber por qué duele el amor, le ofrecía otra, tallada con paciencia de relojero y con la melancolía de los viejos tratados. Y si algún hombre, vencido por el peso de los años, preguntaba qué era la muerte, le daba una llave transparente, tan liviana que parecía hecha con el suspiro de una historia por empezar. La llave y su puerta abierta insinuaban un comienzo nuevo.
Los poderosos del pueblo desconfiaron de aquel oficio. Los sacerdotes aseguraban que ciertas puertas debían permanecer cerradas para que Dios no se sintiera observado. Los gobernantes temían que un pueblo lleno con las llaves de la comprensión descubriera que los tronos eran apenas sillas más altas. Los mercaderes, siempre atentos al precio de las cosas, murmuraban que regalar conocimiento era una pésima estrategia comercial. Y hasta algunos maestros escondían sus mejores llavines bajo la almohada, por miedo a que un discípulo les robara el prestigio y hasta la caligrafía. —No entregues tantas llaves —le advirtieron—. Hay puertas que se abren para bien y otras que liberan monstruos. El llavero sonreía y sabía, porque el mundo estaba hecho con piedras de tabúes, que el poder lo estaba vigilando. —Toda puerta cerrada termina por imaginar monstruos detrás de sí —respondía—. Y casi siempre, al abrirla, uno encuentra un espejo. La gente no lo entendió al principio. Los poderes lo rechazaban. El poder, cuando observa mucha luz en sus súbditos, fabrica con el metal del temor más cerrojos.
Cuando Arturo, el llavero, murió —si es que murió, porque algunos aseguran que se convirtió en biblioteca—, no dejó riquezas ni propiedades. Solo una última llave sobre la mesa. En ella podía leerse:
Desde que el hombre aprendió a nombrar el fuego, ha intentado esconder la chispa. Pero el conocimiento nació con la obstinación de escapar por cualquier rendija.
Y ahora, cada vez que alguien enseña sin mezquindad y otro aprende sin miedo, una puerta se abre en silencio, y el universo, que detesta los cuartos cerrados, sonríe con todos sus astros.
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