En el interior de su cerebro, territorio sagrado, donde las neuronas se ejercitan trabajando— un hombre llevaba años intentando escribir un cuento perfecto. No buscaba fama. La fama, pensaba, —es apenas un nota que suena y se apaga—. Lo que él perseguía era una revelación. Un relámpago que, por un segundo, iluminara sus ideas, y naciera una historia precisa.
Cada mañana se sentaba frente a la ventana. El sol caía sobre los tejados con la paciencia de un felino,—era como la veía—. Por un instante la naturaleza parecía ofrecerle el secreto de todas las historias. Pero cuando intentaba apresarlas, —el corazón que late en todo relato— se le escapaba de las manos. Empezó a sospechar que quizá no era escritor, sino apenas un deseo.
Los personajes acudían, pero ninguno estaba hecho para quedarse. Describió a un niño que perseguía sombras, pero después de una coma, no le pareció buena la idea. Una anciana que conversaba con los muertos, en la segunda pagina, ya no tenia valor. Se dijo que los difuntos eran más interesantes que los vivos.
—Sin arte no hay historia —murmuraba el prosista, cada vez más frustrado.
A veces pensaba algo terrible: que la gracia de escribir consistía en todo lo que no poseía.
Escribió sobre casas embrujadas. Sobre árboles muy altos. Sobre plazas donde el viento ululaba siempre. Todo era hermoso, pero nada respiraba. Las ideas brillaban pero les faltaba el hilo conductor.
Hacer un cuento, algo que al principio le pareció sencillo, se le transformó en un imposible. Su intelecto carecía de ritmo; sus montañas no palpitaban; las palabras, antes de ser pronunciadas, eran hermosas, pero al volcarlas en el sustrato digital, la belleza se les evaporaba.
Con el tiempo aprendió algo nuevo. Sí creía oír un leve crujido en un rincón de su cerebro, mentalmente la convertía en la historia de un murmullo detrás de una pared. Y esperaba sentado que la idea fuera madurando.
Desde entonces, cuando alguien le pregunta cómo se escribe un buen cuento, él sonríe como quien guarda un secreto dudoso, y respondía:
—Escuchando lo que vendrá más tarde.
Y mientras lo dice, guarda en un cajón un manuscrito donde narra la aventura de querer ser escritor… y no serlo. Un documento que, sin saberlo, es el cuento que llevaba años buscando.
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