Emily se ajustó los pliegues del vestido blanco, ignorando el murmullo que subía desde la planta baja de la casa en Amherst. Había descubierto que su alcoba no era una celda para esconderse, sino el único territorio indomable. Mientras el exterior exigía su presencia, ella prefería el diálogo secreto con los libros, buscando líneas que contuvieran la eternidad.
Al regresar de la academia, cerraba la puerta con un giro seco: un pestillo sutil que, lejos de encerrarla, desataba su libertad. Sabía muy bien que no es necesario ser un cuarto o una casa para estar embrujado; los pasadizos más oscuros y los fantasmas más temibles ya caminaban por los corredores de su propio cerebro.
Al otro lado del cristal, la naturaleza la desafiaba a un duelo de vitalidad. Los arbustos golpeaban el vidrio como dedos que reclaman atención, y el zumbido de las abejas, ebrias de rocío, traía el eco de un verano infinito.
Emily se sentó frente a su mesa de madera. Con un lápiz afilado y la urgencia del náufrago, comenzó a coser sus retazos de papel.
No buscaba que nadie la rescatara de su confinamiento. Prefería habitar para siempre en la Posibilidad, abriendo las ventanas de la mente para ver por dónde iba a amanecer.
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