Guerra Mundial

Sí. Igual resulta un poco drástico, pero yo estoy esperando esa guerra mundial.

No os asustéis. No hablo de una guerra como las que hemos conocido hasta ahora. Hablo de una guerra mundial en la que el mundo entero le declare la guerra al cambio climático.

No voy a entrar en la eterna discusión de si el cambio climático lo hemos provocado los humanos o si se trata de un ciclo más de la Tierra. A estas alturas casi da igual. Lo cierto es que el cambio climático es tan evidente que todos empezamos ya a sentirlo y, lo que es peor, a sufrirlo.

Anoche, en la zona donde vivo, hubo tormenta. Nada importante: cuatro gotas y mucho viento. Lo justo para refrescar un poco la casa después de las temperaturas que venimos soportando y que cada año baten un nuevo récord. Hoy volveremos a pasar de los 35 grados. Ahora parece algo normal, pero cuando yo era pequeño hablar de 30 grados era hablar de calor extremo.

Queramos o no, las temperaturas han subido. Incluso sospecho que más de lo que nos cuentan. Ya sé que existen microclimas y que es muy difícil resumir el planeta entero en una simple temperatura media, pero cuando uno sufre un calor insoportable durante semanas seguidas, las estadísticas sirven de poco.

Mientras tanto, las guerras convencionales continúan. Incluso nos dicen que debemos invertir más dinero en armamento. Sin embargo, el verdadero enemigo es el cambio climático, que nos ha declarado la guerra sin que apenas hagamos nada por defendernos.

Hay personas capaces de enviar sondas más allá del sistema solar. Otras diseñan armas cada vez más sofisticadas. O extraen ADN de un hueso con miles de años de antigüedad. Con esos mismos medios y esa misma inteligencia, si se dirigieran hacia otro objetivo, seguramente serían capaces de encontrar soluciones para frenar, o al menos mitigar, el cambio climático.

Podríamos empezar por algo tan sencillo como reforestar. Se tala mucho y se planta muy poco. Es de cajón: menos árboles significan menos sombra, menos humedad, menos lluvia y más calor.

Después están los polígonos industriales. Kilómetros de asfalto bajo un sol abrasador donde no hay ni un árbol en las aceras. Por ley debería ser obligatorio plantar árboles y crear zonas verdes. Pero no basta con plantarlos; también hay que cuidarlos.

Y luego están los incendios forestales. Gran parte de los montes que ardieron durante los últimos veinte años siguen igual: enormes extensiones yermas donde antes había bosques y donde nadie parece tener demasiado interés en recuperar lo perdido.

Luego nos sorprendemos cuando pasa lo que pasa. Todos recordamos la DANA de hace unos meses. Anoche fue Medina del Campo. Hace poco, China. Esta misma noche, Texas, una región conocida precisamente por sus zonas áridas, ha sufrido inundaciones que han dejado desaparecidos y muertos.

Reventones térmicos, supercélulas, mesociclones… Tenemos nombres para todo. Soluciones, para casi nada.

Mientras tanto, el presidente de Estados Unidos sigue empeñado en comportarse como si fuera el presidente del mundo, imponiendo aranceles y presionando a los demás para que gasten más dinero en armamento.

Después nos venden que la gran solución contra la contaminación son los coches eléctricos. Todavía no son mayoría, pero ya empiezan a aparecer los primeros problemas.

Ayer, en Guadalajara, explotó una planta de reciclaje de pilas y baterías. Además del incendio, una nube tóxica obligó a confinar varios pueblos.

No quiero ni imaginar qué ocurrirá cuando millones de coches eléctricos lleguen al final de su vida útil y haya que reciclar todas esas baterías. En cualquier polígono industrial habrá una o dos plantas de reciclaje con el riesgo que eso conlleva.

Eso sí, alrededor no habrá ni un geranio que haga sombra a un caracol.

Y cuidado, porque una batería mal gestionada no solo puede provocar incendios; también puede contaminar las aguas subterráneas.

Pero no pasa nada.

Para entonces ya habremos descubierto agua en Marte y siempre podremos subir a llenar unas garrafas.

Por mi parte, el año que viene voy a traicionar uno de mis principios de toda la vida y pondré aire acondicionado en casa. Sé perfectamente que cada aparato exterior calienta un poco más el ambiente. Lo sé. Pero también reconozco que he llegado a ese punto en el que uno piensa: «Para lo que me queda de estar en el convento…».

Y, eso sí, si de verdad existe otra vida, espero que allí tengan el detalle de mantener un poco alejados a los gilipollas que nos gobiernan en esta.

Mientras tanto, aquí seguiré esperando esa guerra mundial.

La única guerra que realmente merece la pena.

La guerra contra el cambio climático.

Eso sí… con aire acondicionado.

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