Granjeros vietnamitas

¿Existe algo más desesperado que alguien que dice no tener dónde dormir, qué comer, y que renunció a todo? Que renunció a su familia, a sus sueños, a lo que le tocaba, a su destino. Estar dispuesto a todo por miedo, no tener el carácter ni el coraje: va a lamer botas y chupar culos, va a tener miedo y no se va a parar frente a nadie. Va a estar desesperado porque renunció a todo; será manipulable, lo entregará todo, y dará cuenta de que no sabe cómo se mueve el tren ni en qué dirección. Algo así es.

Ven y te doy unas migas de pan, unas colillas de cigarro, y te humillo; pero entras a mi casa. Tengo todo de ti, pero viste mi cocina. Tengo todo de ti, pero ya sabes mi humor. Tengo todo de ti, pero ya sabes qué rostro pongo cuando escucho algo, qué ojos tengo cuando veo algo en ti, y qué ojos pongo cuando dices ciertas palabras. Me diste todo, pero también viste la mirada que puse en cierto momento. Tienes información. Te mostraste desesperado e inútil, imbécil y tan torpe, tan torpe que te dejé escuchar y ver; esperar lo suficiente para ver los carros pasar y las risas ser. Dónde y cómo tiraron la mierda, dónde y cómo atacaron. Qué atacaron y por qué, qué quebraron y por qué, qué números y por qué, qué parte del cuerpo y por qué. Qué enfermedad y por qué, qué mujer y por qué, qué hombre y por qué. Qué prejuicio, qué dogma, qué machismo, y por qué. Qué guerra y por qué. Te dejé entrar a mi casa y viste, a cambio de todo de ti; pero entraste, y ahora tienes la información. ¿Tienes que matarme, o hacer algo conmigo?

Vi que querías desesperadamente permanecer, estar en un lugar, ser aceptado, y estabas dispuesto a todo por eso. Entonces vi que, de a poco, fuiste haciendo todo lo que yo quería. Fuiste tragando toda la mierda, fuiste diciendo cosas, estúpidas unas y con sentido otras, y fuiste analizando cada reacción, cada cosa que pasaba; la fuiste guardando en tu mente: cada llamada, cada mensaje, en qué momento y por qué, dónde y por qué. Qué hacía más, qué tenía más reacción, qué cosa dicha iba a causar más revuelo.

Prendiste fuego y te quemaste, y yo pensaba que eras solo un estúpido incapaz de todo. Te dejé entrar a mi casa. Por meses estuviste ahí, escuchaste y oíste, miraste y observaste; y yo, atento, sabiendo que te masturbabas y olvidabas las claves, que no sabías unir patrones, mientras tú estabas atento a cómo yo me reía de ti: masturbándote y hablando con las paredes.

Ahora quemas papeles y cambias todo, ahora haces llamadas y actúas como si estuvieras haciendo algo de lo que yo no estoy enterado, cuando yo sé todo, cuando yo manejo todo. Pero te dejé entrar a mi casa porque dijiste que podía tomar todo de ti, y ahora sé que no.

Granjeros vietnamitas que le ganaron la guerra al imperio.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS