Fragmentos, partes de mí que aparecen cuando todo está en silencio. En furtivas noches, cuando ya queda nada por sostener. A veces pienso que es mejor que sigan así, incompletas, ya que no sé qué hacer con ellas enteras, formado un solo ser. Mi mente inconsciente parece sostenerme cuando intento entender el ocaso en que habito.
Hay un rechazo hacia mí mismo que pesa más que cualquier juicio externo. Un yo difuso, contradictorio, a veces duro, a veces cansado. Algo que vive muy adentro y con lo que tendré que convivir hasta el final, aunque muchas veces imagine acabar con ello. Cualquier alternativa parece menos dolorosa que seguir viviendo con la incertidumbre de no saber quién soy.
Tal vez esto suene a victimismo. Pero ¿quién no ha sido víctima de lo que no logró sanar, de lo que no sabe que está mal? De aquello que vuelve cuando estamos solos, que se cuela en nuestros espacios más seguros y apaga, poco a poco, cualquier intento de calma o aceptación.
Para poder funcionar, nos volvemos moldeables. Nos vaciamos. Aprendemos a obedecer lo que otros esperan ver, hasta que un día ya no sabemos cómo reconocernos. Fragmentos. Con eso nos sostenemos muchos: con pedazos de costuras finas, hiladas con vergüenza, con gestos aprendidos, con el disimulo del sufrimiento, con dolor. Ya que lo que alguna vez creímos ser, sigue sepultado en las profundidades de nuestros laberintos. Ahora nos negándonos por encajar, por agradar, por no quedar fuera, por un ápice de cordura.
Es agotador.
Querer gustar.
Descifrar cada palabra, emoción y dolor ajeno.
Vivir midiendo cada gesto como si estuviera siendo evaluado.
Tal vez algún día seamos libres.
Libres para decir lo que sentimos sin miedo.
Libres para poner límites sin culpa.
Libres para existir sin tener que justificarnos.
OPINIONES Y COMENTARIOS