Parecía que la casa se expandía con los años. Cada día se me hacía más amplia, como si colonizara espacios en los cuatro flancos. Era una estructura vieja, de esas que ya no se construyen, en la que cabían al menos tres apartamentos tipo estudio, mucho más acordes con la arquitectura moderna de los tiempos recientes, tan ajustada y práctica.
Era una construcción de más de sesenta años cargada de habitaciones suprimibles, de esas que ahora sólo se encuentran en los juegos de Clue: Biblioteca, salón, despacho, cuarto de servicio, habitación de huéspedes… Secciones que con el tiempo se convirtieron en sembradíos de la más fértil oscuridad, que poco a poco fue conquistando espacios para sembrar polvo y cosechar soledad.
Después de la muerte de Mamá, la primera en irse fue Fernanda. Apenas habían pasado tres meses cuando empacó lo esencial de su pasado en un par de maletas y se entregó al sueño de conocer el mundo. Fue ella quien se encargó de los cuidados de Mamá durante los agotadores años de su convalecencia y todos coincidíamos en que ese estado de desgano y abandono que la invadió tras su muerte era indudablemente atribuible al síndrome del cuidador.
Por eso, cuando aquella noche nos dijo que se iba, Carlos y yo no tuvimos argumentos para objetar su decisión. Recuerdo que soltó la noticia sin mucho preámbulo, interrumpiendo alguna conversación banal que sosteníamos mientras preparábamos la cena y revistiendo de simpleza sus palabras para suavizar nuestra reacción.
—La próxima semana me voy a España, he decidido que voy a pasar el resto de mi vida recorriendo el mundo, dijo sin desviar la mirada de la cebolla que troceaba, como quien cuenta que irá al súper o a ver una nueva película en el cine.
Había imaginado la escena decenas de veces, preparado argumentos y una defensa irrebatible, y al ver que no hubo en nosotros algún reparo, permaneció en silencio apretando los labios con una pasividad fingida, que disimulaba su frustración. Porque esquivamos una pelea que en el fondo deseaba librar.
En nuestra defensa, ambos dábamos por sentado que regresaría en un par de meses. No la creímos tan aventurera para más que eso, pero jamás regresó. Recibí un par de postales desde Madrid y Lisboa en las que se le leía lejana pero tranquila, contando lo básico y preguntando lo esencial. Luego no supe más de ella. Parece que Mamá era el único lazo que la unía a nosotros.
Ahora que lo pienso, Fernanda siempre fue más afín a Carlos. Jamás pregunté si él recibió otras cartas. Tal vez era a mí a quien no quería volver a ver.
Carlos, por su parte, fue disipándose gradualmente de mi vida, mudándose por cuotas cada vez más breves entre sí. Comenzó faltando a la mesa a la hora del almuerzo, dejando la comida confinada al calabozo del microondas. El plato sucio en el fregadero a la mañana siguiente era la única evidencia de su existencia. Luego ni siquiera eso, había que botar la comida dañada que moría de mengua y moho. En ocasiones solo sabía de él cuando escuchaba el sonido de la cerradura y sus pasos perdiéndose en la profundidad del pasillo hasta llegar a su habitación, que siempre estaba cerrada. Un día cualquiera Carlos no estuvo más. Me tomé el atrevimiento de abrir la puerta de su cuarto y noté que la mayoría de sus cosas ya no estaban. Apenas quedaban algunas prendas en el escaparate y pocos cachivaches inútiles regados en las gavetas. Nunca sabré qué de malo hay en mí para no merecer siquiera la cortesía de un adiós de parte de mis hermanos.
Al final quedamos solos ambos, la casa y yo. Aunque esto sea una contradicción, porque la coexistencia de dos anula cualquier soledad. Pero en este caso, creo que nació una relación simbiótica en la que la vieja estructura se fue pareciendo a mí, y yo me fui volviendo más parte de sus espacios. Y ambos transpirábamos soledad.
Así fue hasta aquella noche sobrenatural. Abrazado por el mullido sillón del living y envuelto desde adentro en la caricia de un chocolate caliente, descubría el protagonismo de lo infraordinario en un relato de Georges Perec. Amo cómo Perec realza la importancia de lo trivial. Tal vez ahondar en esa dimensión de lo cotidiano agudizó mis sentidos, haciéndome más consciente de lo que me rodeaba.
Mientras mis ojos autómatas seguían leyendo sobre los números de los autobuses que pasaban frente a la plaza, mi mente divagaba en la textura diaria de las cosas que me rodeaban. Las miles de imágenes del exterior que mis cortinas me censuraban, las escamas del mundo que arrancaba mi zapato al contacto con la tierra en el parque, la guerra que se libraba entre el ambiente inoloro y la fragancia del café que comenzaba a apoderarse de la sala.
Café. Si yo estaba solo en casa, ¿de dónde provenía ese olor a café recién colado?
Dejé mi libro y me fui en persecución del aroma, que desembocaba en el living después de derramarse profuso a lo largo del pasillo que llevaba a la cocina, a la que me dirigí como un sabueso que ha descubierto el lugar donde se esconde su presa.
La vi, absorta en la tarea de verter con torpeza una vasija de agua sobre un viejo colador de tela cargado de café. Era una mujer bastante mayor, de unos 80 años. Sus manos temblorosas a duras penas cumplían su cometido y el agua hirviendo caía trémula salpicando el mesón de la cocina.
Quedé congelado, la garganta bloqueada no me dejaba emitir ningún sonido, mientras mi mente intentaba sin éxito entender quién era esa anciana y qué hacía en medio de la noche, colando café en la cocina de mi casa. Ella, ajena a mi existencia, se concentraba en su tarea, que se complicaba por la impericia propia de su edad. Abrió mi gabinete, sacó una taza que llenó con dificultad y le añadió una copiosa cucharada de azúcar, algo muy poco saludable para una anciana.
Sin volver en mí, estupefacto y mudo, permanecí parado en medio de la puerta, bloqueando la salida. Ella se aproximó, con la mirada ausente, traspasándome con sus ojos tristes de párpados cansados. Arrastró con esfuerzo sus piernas pesadas, avanzando hasta atravesarme sin resistencia, para luego desvanecerse como si su cuerpo fuese un espectro de niebla.
No supe qué hacer, permanecí inmóvil y rígido durante un lapso inmensurable, la tensión en mis mandíbulas y el espasmo facial comenzaron a ceder. Mi corazón palpitaba con tal fuerza que retumbaba en mi garganta mientras mi mente abandonaba el bloqueo y trataba de razonar lo sucedido. Cuando recuperé el control de mi respiración, volteé la mirada hacia mi espalda. No había nadie, solo el profundo pasillo que llevaba de regreso al living.
Ese fue mi primer encuentro con Violeta, que así la llamé, porque su entorno emitía un leve reflejo de ese color.
Aquella noche no dormí, aterrado por el encuentro sobrenatural y la invasión de mi único lugar seguro. Preguntándome si fue real o solo una alucinación. Lo sobrenatural nos impacta de tal manera que nos hace cuestionar lo evidente.
Pasarían varios días hasta volver a verla, en el mismo lugar, esta vez revolviendo una especie de crema que comenzaba a hervir en una de las hornillas. De nuevo mi corazón expandía su vibración hasta el puente de mi boca y mis músculos tensos me impedían moverme. Pero era más asombro que miedo ante esa figura espectral inesperada pero aparentemente inofensiva, casi tierna.
Confirmé que ignoraba mi existencia y a pesar de mi temor, procuré observarla con detalle. Mirando de frente a quien no podía corresponderme. Mientras ella servía un copioso cucharón de su sopa (¡vaya que tenía buen apetito esa anciana!), intenté tocar su antebrazo desgastado que dejaba ver sus venas traslúcidas. Creo que lo logré, porque aunque mi dedo disipó un poco su estructura gaseosa, ella reaccionó golpeando con la mano el lugar de mi contacto. Como si hubiese sentido el caminar de algún insecto o la picada de un mosquito. Luego su imagen se disipó, diluyéndose en el humo de su aura violeta hasta perderse en el pasillo que va al comedor.
En los días posteriores reincidieron nuestros encuentros. Si es que podrían llamarse nuestros, dado que ella desconocía mi existencia. Violeta convivía conmigo ajena a mi presencia. Yo, por el contrario, comencé a descubrir sus mañas y costumbres. Escondía chocolates y galletas en la biblioteca o los gabinetes del baño, para luego sustraerlos furtivamente en medio de la noche. Como si se estuviese robando a sí misma. Tomaba una taza de café justo antes de dormir, algo bastante inconveniente para una señora mayor, y tenía una especial fascinación por los documentales sobre aeropuertos, que comencé a ver a su lado los miércoles por la noche. Podrá notarse que ya nuestros encuentros eran sensibles a ser programados, como en efecto lo hacía para reunirnos en torno a la rampa de revisión de equipajes que transmitía Nat Geo.
Así fue como Violeta y sus apariciones se hicieron parte de mi cotidianidad y aprendí a convivir con un espectro, como quien tiene un gato que asoma y se evade de forma intermitente. En una ocasión la encontré en mi living conversando por teléfono con alguien que identifiqué como su nieta. Escuché su voz rugosa y trémula, intentando conversar con alguien que respondía con monosílabos desganados. Esta imagen se repitió varias veces, como una aparición recurrente.
Siempre era ella con su café, su comida excesiva y su silencio. También era ella conmigo, a su lado sin saberlo. Entonces inferí, o tal vez me construí la historia de Violeta como un espectro solitario, que había muerto de viejita sin nadie que sostuviera su mano. Alguien que no terminaba de dar el salto a la eternidad porque sabía que allá solo le esperaba más soledad y ya la había tenido toda en esta vida.
La última vez que la encontré al teléfono hacía preguntas a su nieta procurando conversar. Quiso saber de la casa, del trabajo y de los perros. Las breves pausas entre cada pregunta evidenciaban el desinterés. Hubo un breve silencio y Violeta posó el auricular sobre el teléfono sin despedirse. Triste y más sola que nunca, soltó el aparato y se arregló el frente de su batola para alisarla y sacudir los restos de la tostada que acababa de comer. Como si supiera que yo estaba allí observando su tristeza y el desaire. Sentí infinita tristeza y quise abrazarla para acariciar su cabecita gris. Pero esta vez no fue como las anteriores. Ahora sentí su contacto, la piel rugosa y desértica, su cabello grueso, incluso su olor a vieja. Busqué su rostro, esta vez no encontré la transparencia de su mirada. Pude sentir cómo sus músculos se tensaban y sus ojos rebotaban en los míos. Una mueca de miedo inundó su cara mientras gritaba con desespero. De inmediato todo se desvaneció volviéndose humo.
Han pasado varios días desde entonces, he buscado ansiosamente a Violeta procurando otro encuentro sobrenatural. Yo, que al inicio tanto le temía, he sentido necesidad de verle pronto y hacerle saber que durante todo este tiempo hemos estado compartiendo nuestras soledades, y puede que esto sea lo más cercano a hacernos compañía. He pensado mucho en la hermosa conexión que sentí al verme por primera vez reflejado en sus ojos, en la necesidad de acompañarla y de transmitirle mi afecto.
Tengo varias teorías, tal vez ella existe en otra dimensión y por una compleja causa de la física cuántica ha hecho conexión con la mía. Tal vez es un espectro muerto y lo desconoce. Pero está sola, en una soledad que trasciende dimensiones e inframundos. Desde aquella mirada también mi soledad ha conectado con la suya y puede que esa soledad sea el plano en el que ambos cohabitamos, nuestra esfera coincidente y en la que nos descubrimos. Flotando en el aire del otro, imperceptibles pero importantes, como en un relato de Perec.
Pasaron varios días sin que hubiera rastro de Violeta, he procurado coincidir con sus tiempos, que ya conozco bastante bien. No estuvo frente al televisor la noche del miércoles y hace días que no la escucho mendigando boronitas de atención por el auricular. Me he sentado a esperarla religiosamente junto a la telefonera noche tras noche sin éxito. Pero hoy, mientras aguardaba, ojeando sin leer un libro cualquiera, una invasión de fragancias inundó mis sentidos. Percibí su olor a vieja, a café recién colado. Supe que estaba allí, como aquella primera noche, y perseguí su aroma como el mismo sabueso que regresaba tras su presa oculta en la cocina.
Allí estaba, con su aura violeta y su mirada filosa, volviendo la mirada en varias direcciones, buscándome. A su lado un señor de extraño vestuario le acompañaba, recitando frases ininteligibles mientras salpicaba agua en distintas direcciones con un extraño instrumento. Ella parecía esconderse tras él, procurando protección.
Intenté que me viera, parándome frente a ella, pero sus ojos me atravesaban como una daga que rasga una hoja sin que esta se resista. Su estructura vaporosa se disipaba entre mis manos. La llamé, traté de tocarla, pero no hubo contacto.
Me sentí solo, ajeno a ella. La luz violeta que le cubría se fue tornando intensa, casi enceguecedora. Noté en mi textura una lividez que desembocaba en transparencia. Sentí que ahora el etéreo era yo. Tal vez siempre lo fui y no lo había descubierto. Mi mano se difuminaba cuando intentaba agarrar sus hombros procurando su atención. Era una niebla espesa que bailaba en el aire y se reagrupaba tratando de retornar a mi forma, pero siempre vaporosa.
Apenas si escuchaba a aquel hombre y su extraña perorata, Violeta y él eran una luz intensa que me atravesaba y explotaba dentro de mí, como una explosión de brisa que se dispersaba por instantes
Y me fui aclarando, diluyéndome en el aire, hasta que fue imposible volver a reagruparme, disperso hasta volverme la soledad misma.
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