En la orilla del silencio, donde el viento no susurra,
camino sin pies, sin nombre, sin luz.
La muerte no viene: se queda en la sombra,
como un eco que no se atreve a gritar.
Lloro sin lágrimas, y el alma se rompe
en mil pedazos que no se juntan.
¿Quién me mira si ni yo me veo?
¿Quién me escucha si ni el eco me responde?
El cielo es un espejo roto,
y yo, el único que no se refleja.
Desespero que no tiene nombre,
tristeza que no tiene forma.
No hay respuesta. Solo el vacío.
Solo el ruido del no-ser.
Y el corazón, que late como un niño
que ya no sabe si es amor o dolor.
No quiero morir.
Solo quiero que alguien me diga:
“Estás vivo.”
Pero nadie responde.
Y el poema se queda en el aire,
como un suspiro que no llega a nadie.
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