ESPERANDO UN TREN

Cuando el sol ya empezaba a menguar su intensidad y a morir en las inmediaciones del horizonte, se hizo la hora de salir de la oficina. Lucas guardo sus cosas en la mochila, saludo a sus compañeros, y salió tranquilamente mientras sacudía su mano para saludar a sus últimos compañeros que le quedaban a lo lejos en el enorme piso donde trabajaban. Era invierno y los abrigos ya le empezaban a pesar en el cuerpo. Tuvo que salir haciendo malabares con las camperas y bufandas para llegar a ponérselas justo antes de cruzar por los molinetes de la entrada y que el frio de la calle no lo tome por sorpresa. Venció rápido esta batalla y luego de que la luz verde lo habilitara a pasar, una vez que apoyo la tarjeta en el sensor, ya se encontraba en la calle camino a la estación de tren, entrecerrando los ojos para obstaculizar el paso del viento que lo arremetió apenas salió a la intemperie.

El anaranjado tono de las calles parecía ir específicamente bien de la mano del penetrante frio que acusaban los primeros días de un crudo invierno que se avecinaba. La calle estaba desierta. Solo se escuchaba el pitido sostenido de los colectivos al frenar repentinamente en las paradas que estaban enfrente a el edificio de las oficinas. Ni siquiera los bares y cafés, que solían estar repleto a esas horas, daban alguna señal de vida. Todo se encontraba vacío y con una pasividad raramente antes vista. Pero por un lado Lucas pensó que era mejor, no tenia ganas de encontrarse con un gran barullo de gente yendo y viniendo, mientras se envolvían en sus quilombos personales y laborales, dándole a la zona un habido clima de caos en el que nadie escucha a nadie y todos parecen hacer sus caminos hacia el trabajo o sus casas de manera robótica. Le pareció extraño pero tranquilizante a la vez.

Saco la cajita de sus auriculares del bolsillo trasero del pantalón y se los coloco delicadamente en cada oreja mientras se distraía observando la cartelera que ofrecía el cine de la esquina de la estación. Nada bueno, todas películas de superhéroes y animadas. Puso play a la música y encaro para la entrada, donde unos viejos molinetes lo esperaban por segunda vez. Mucha gente los saltaba, total no había nadie que vigilara y la estación era bastante chica, pero nunca había hecho una cosa así. Prefería pagar y pasar, antes de que saltar y quizá algún policía o alguien lo viera y ganarse una cagada a pedos gratis. Además, la imagen de alguien saltando un molinete mientras esta vestido de sweater y camisa con zapatos, era una imagen casi caricaturesca y vergonzosa.

Apoyo la tarjeta del transporte y volteo la valla que dio una vuelta y volvió a su posición al atravesarla con su cuerpo. Subió los pequeños peldaños de una escalera bastante maltratada con el paso de los años (Aunque todavía le quedaba alguna baldosa sana) y salió directo a la parada de la estación de Sarandí. El tenia que dirigirse hasta Quilmes, eran un par de paradas que no le tomarían mas de 15 minutos, y siendo un viernes por la tarde, todo parecía ser un carnaval venidero (no por las calles y el clima, eso esta claro).

Camino a lo largo de la angosta plataforma donde el tren se detendría en minutos, y vio que nadie habitaba aquel lugar, nadie esperaba el tren junto con él. Parecía que un apocalipsis había azotado la tierra. Se rio de esta comparación un tanto desafortunada, y siguió inmerso en su música mientras observaba la pantalla de reojo para ver cuanto tiempo faltaba para la llegada del tren.

“Próximo Tren: 10 minutos” rezaba el cartel azulado con enormes y gruesas letras blancas. La verdad era que ese cartel nunca decía a ciencia cierta cuanto faltaba realmente, era más una estimación que otra cosa, pero por lo menos le dio la idea de que faltaba un buen rato, así que se saco su mochila y la apoyo en el suelo para sentarse en el improvisado banco de tres asientos sin respaldo colocado debajo del cartel que indicaba la parada “Sarandí”.

Pasados unos minutos, un nuevo compañero para su soledad asomo por los últimos escalones de la escalerilla que daba para el andén. Un bastón de madera de pino con un color claro y brillante, casi que parecía pulido con una paciencia desmesurada, con una empuñadura algo mas oscura que tenia unas ondulaciones algo extrañas (que a Lucas en ese instante le hizo acordar al pico de un buitre) y unos detalles de un bronce desgastado por los años, emergió del ultimo escalón para apoyarse directamente en el piso del andén.

Una mano avejentada y dedos extremadamente largos como garras, que tenían las venas algo marcadas por la profundidad de su vejez, sostenía el bastón entrelazando sus dedos a lo ancho y largo de todo el “pico de buitre” de la empuñadura. Luego de un quejido, que Lucas pudo escuchar porque se retiro uno de los auriculares, se apersono un anciano que se desplazaba con la lentitud de una tortuga y la postura encorvada de un armadillo.

Dando cuidadosos pasos, marcados previamente por la punta de goma del bastón, fue arrimándose para sentarse en la otra punta del banco donde estaba el. Se dejo caer lentamente con un suspiro, mientras apoyaba las dos manos sobre la empuñadura del bastón y se sostenía para no perder el equilibrio. Llevaba puesto un largo sobre todo negro, con una camisa y un sweater como el de él, la única diferencia es que este era de un gris desgastado y con un cuello en “V”, y las solapas de la camisa se debatían entre el afuera y adentro, estando una totalmente tapada por el cuello del sweater y la otra parcialmente afuera.

Los pantalones de Lino y las medias finas y largas, finalizaban en unos mocasines marrones (también algo deteriorados por el paso del tiempo). Pero lo que mas le llamo la atención fue la boina. Sabia que hubo un tiempo en donde las boinas no eran motivo de ser juzgadas como algo llamativo o excéntrico, pero aun resultaba raro ver que su uso seguía existiendo. Aunque tenia que confesarlo, esa boina le quedaba perfecta para la apariencia de aquel anciano que ahora se sonaba estruendosamente la nariz con un pañuelo de cortes escoceses.

Su nariz era larga y redondeada, con un ligero color rubicundo y una pequeña verruga vellosa asomando en la punta. Su rostro no desentonaba mucho de lo que podía ser un anciano de esa edad. Las arrugas le daban una especie de aspecto de vela derretida, y los ojos se le hundían en sus cuencas apagando el potente color celeste que rodeaba el iris. Sus dientes no merecen ser destacadas en lo mas mínimo, solo consta marcar el certero parecido con un tablero de ajedrez. Después de unos minutos, el anciano levanto levemente el mentón, y observando por encima de unos lentes algo desvencijados y desteñidos de su opaco color negro, interrumpió el silencio que reinaba en el andén:

  • Discúlpame – Alargo las vocales exageradamente, en un tono que parecía darle tiempo para llamar su atención y para formular su pregunta – ¿Sabes a que hora pasa el tren más o menos?

Lucas se retiró rápidamente un auricular y la música se detuvo inmediatamente otra vez.

  • ¿Como dijo? – Le repregunto Lucas, abalanzando su cabeza un poco hacia adelante, casi como prestándole su oído.
  • Que, si sabes a que hora pasa el tren, más o menos
  • Aaa sí. Según el cartel dice que pasa en 10 minutos, pero seguro van a ser 15, nunca le pegan al tiempo como tiene que ser – Cerro la acusación con una risita y prosiguió a ponerse el auricular de nuevo –
  • Si eso lo sé – Rio el anciano a la vez que se acercaba a Lucas, pasando de un asiento a otro y de ese asiento al otro. Se puso casi a su lado – Yo cuando tenia tu edad trabajaba en los trenes todo el día junto con mi hermano. Íbamos de una punta a la otra vendiendo de todo. No nos iba muy bien, pero bueno, por lo menos tirábamos – Sometió una de sus manos a una danza circular, como quien quiere graficar el hecho de “revolotear” que fundamentaba un poco su concepto de “tirábamos”.
  • Si, debe ser difícil hacer algo así – Le contesto Lucas, más para quitárselo de encima que para empatizar con la historia de vida de su vecino de banco -.
  • Aunque déjame que te confiese algo, si de algo estoy seguro, es que mi vida la voy a terminar acá – Enfatizo el “acá” golpeando secamente con su bastón al suelo, casi como quien clava una sombrilla en la plaza -.

Lucas no supo que contestar, y solo atino a lanzar una sonrisita falsa acompañada de una leve expulsión de aire por la nariz. Como quien ríe para tapar un silencio, o para esconder la no respuesta.

  • Pase toda mi vida trabajando en los trenes. Desde que era un purrete de este tamaño – Alargo la mano para señalar con la palma al suelo, marcando la altura de un niño de 5 o 6 años – Hasta unos años atrás cuando estas basuras me hicieron jubilar. Toda mi vida la pase de estaciones en estaciones, prácticamente conozco todas las líneas y todos los trenes de memoria. He sido vendedor, guardabarrera, avisador y guardanoches. Ahora ya no me queda nada, soy solo un viejo que no se puede mantener parado mas de 5 minutos y que tiene que andar con esta cagada – Blandió el bastón como si fuese una espada empuñada por Aragón, el héroe de “El señor de los anillos” – para poder andar de un lugar a otro, que lo pario.

“Lo que me faltaba”, pensó Lucas para sus adentros mientras escuchaba las quejas de ese viejo que no paraba de contar sus desgracias a diestra y siniestra. ¿Se lo hará a todo el mundo? ¿Qué fetiche tienen los ancianos con contarles sus problemas y sus demonios a gente que no conocen? Para sus adentros estas preguntas, mas algún que otro insulto ocasional, eran lo que opacaba en su cabeza. Pero para el afuera, asentía enérgicamente y completaba con un “claro” “si tal cual” “por supuesto si” a todas las quejas que su compañero vomitaba sin escrúpulo alguno.

Lo raro ocurrió después. Cuando la parafernalia del anciano a su izquierda fue menguando, ya las quejas y los reproches a su vida pasada y a como lo habían abandonado su familia y su trabajo parecían ir restando importancia en su colera. Luego de varios minutos despotricando contra toda persona que haya cruzado por su vida, suspiro profundamente y dijo una frase que Lucas no pudo darle identidad en ese momento. “Por suerte ya esta todo terminado” y lo observo con una sonrisa en la cara, de esas que ponen los chicos cuando “Papa Noel” les regala eso que tanto anhelaban para navidad. En ese instante Lucas pudo confirmar su teoría de el tablero de ajedrez, aunque a ese tablero en particular, le ocupaban más lugares para las piezas negras que para las blancas.

Unos instantes después, el tren asomo a lo lejos y parecía acercarse a toda marcha. Lucas se paró, casi ignorando al viejo para no cruzarse las miradas y que vuelva algún comentario ocasional sobre su vida ferroviaria. El viejo se paró y le agradeció por escucharlo, se levanto la boina (para descubrir una calva habitada por cuatro o cinco pelos locos que se peinaba a lo largo de toda la coronilla) y se marchó por la misma escalera por la que vino. Lucas se extraño en el instante. ¿Para que se subió y vino hasta el andén? ¿Estuvo esperando el tren todo este rato, mientras me contaba sus historias, para cuando llegue irse así? Le restó importancia y creyó que había tenido la mala fortuna de cruzarse con un loco, pero a su vez la buena fortuna de que ese loco no haya sido uno que le pueda hacer daño.

Viéndole el lado gracioso, se había ganado una anécdota para contar a sus padres desinteresadamente mientras se preparaba el mate al llegar a su casa. Se volvió a poner los auriculares, y los Rolling Stones retomaron “Tumbling Dice” donde lo habían dejado.

Fue atinado con los tiempos, y el viaje no duro mas de lo que podía pensar. Muchas veces cuando el tren viene lleno, se suele demorar en las estaciones por la gente que obstaculiza la puerta al cerrarse. Pero esta vez no paso, el tren no venia tan colmado de gente y las demás paradas no esperaban mas pasajeros para subir. Quince minutos después empezó a ver los primeros edificios tan conocidos que rodeaban la zona céntrica de Quilmes. Y cuando empezó a divisar la plaza y las avenidas y calles largas repletas de autos y semáforos, supo que había llegado a destino y se dirigió a la puerta, sin soltarse de las anillas que colgaban del techo que lo ayudaban con el equilibrio que tenia que hacer cuando el tren detenía su marcha. Mas de una vez le paso que el tren aflojaba su velocidad, y la fuerza G lo lanzaba despedido hacia el otro lado, y el, distraído con el celular, se pegaba unos resbalones que casi lo lanzaban de bruces contra el suelo o contra alguna señora sentada del lado de la ventana.

Al llegar a la estación, vio que una gran cantidad de gente se agolpaba en el anden del frente, el que, hacia el mismo recorrido, pero hacia el otro lado. Lo extraño en el momento, dado que, por la hora, todos tendrían que estar volviendo de sus trabajos o universidades, y no enfrente esperando el tren para ir hacia la capital que los llevaba hacia allí.

Espero que las puertas automáticas le cedan el paso y salió sin quitar la vista del tumulto de personas que cogoteaban y se parloteaban por lo bajo. Pudo ver a dos personas del servicio de emergencias entre las decenas de espaldas y pies que le tapaban la visión. Se fue apartando de a poco para lograr una mejor visual de lo que estaban observando esas personas. El tren en frente estaba frenado pero varios metros antes de lo usual. Las personas miraban hacia las vías y retiraban rápido la mirada y meneaban la cabeza en signo de desaprobación.

Se acerco a un oficial de policía, sin quitar la vista de lo que sea que estén viendo debajo del tren, y le pregunto que era lo que estaba sucediendo.

  • Parece ser que alguien se tiro a las vías. Todavía no pudimos identificar bien el cuerpo. – Termino juntando los hombros y torciendo el rostro. Dejando totalmente explicito su desconocimiento de la situación –

Cuando la policía llego y empezó a despejar la zona, la gente curiosa atino a retirarse lentamente. Algunas seguían volviendo la mirada para ver aquello que rechazaban. A veces el morbo es mas fuerte que la tolerancia de uno mismo.

Lo extraño no fue todo aquel suceso trágico que le toco presenciar al llegar a su ciudad después de un día de trabajo normal. Si no, lo que sus ojos vieron al costado de uno de los carteles del anden de enfrente, donde había ocurrido este esporádico suicidio. Pudo sentir como el cuerpo entero se le sumió en un escalofrió de pies a cabeza, y una gota de sudor enorme le recorrió toda la espalda, mientras el estomago le daba un vuelco y lo dejaba sin aliento.

Un bastón de madera de pino, con una boina colgando de la empuñadura, se hallaba apoyado sobre el cartel donde se describían las paradas y direcciones del tren que iba para constitución. Allí donde solo el parecía verlo.

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