Tener un poco de plata y un poco de disfuncionalidad en un hogar que se autodenomina funcional puede ser una combinación desastrosa cuando se es crío. Esto no es de extrañar, pues la libertad que puede dar el dinero se ve inmediatamente contrarrestada y oprimida por una familia que se esfuerza inmensamente por mantener una imagen adecuada frente a la comunidad (vaya uno a saber eso qué es), y esto, inevitablemente, lleva al chaval a resentir a su manada y, sencillamente, reaccionar ante la tiranía percibida.

Por supuesto que no abogo por una crianza hipposa y desinteresada. Sin duda ser hippie después de los 3 años es esencialmente una enfermedad mental, pero claramente es absurdo esperar que un chino crezca complacido y conforme cuando el hogar le lastima y se delega la totalidad de su formación a una manada de idealistas resentidos en una institución académica, por más aclamada que pueda llegar a ser. Pero ese será tema para un futuro ensayo. Por ahora lo que me interesa resaltar es que la paranoia de los padres, a veces arraigada en un genuino cariño, y a veces en el temor al qué dirán, suele resultar en la peor pesadilla de todo pelado orgullosamente autoproclamado rebelde: el centro de rehabilitación.

El simple término provoca escalofríos en el más valiente de los adolescentes, si es que tal cosa existe. Tan solo con recordar lo que aquello representaba para mí me es imposible no azararme y sacudir la cabeza afanado. El consumo, por mínimo que sea, se demonizó a tal punto que la simple sospecha de que algún chico, percibido de buena familia, meta cocaína o pastas amerita un gran drama familiar. El alcohol, y posteriormente la bareta, han sido, por alguna ilógica razón, menos condenados. Y lo cierto es que no tengo ningún problema, por principio, en tratar de mantener a los jóvenes lejos de cualquiera de estos vicios. Mi punto, una vez más, es que hacerlo mientras únicamente se les da el desayuno y se les envía a ser moldeados por malolientes mamertos de la nacho, la distri o la pedagógica es, sencillamente, idiótico cuando menos. 

Volviendo al caso, una vez un chico es enviado a un centro de rehabilitación, a veces a las malas y a veces porque su cerebro ha sido exitosamente condicionado, es cuando la verdadera tragedia empieza. Es cierto que los días inmediatamente anteriores a ello parecen los que preceden al mismísimo apocalipsis, pero estos son, sorpresiva y paradójicamente, los últimos días de realidad que aquella criatura experimentará. Rápidamente el proceso se torna relativamente agradable. Encerrado, alejado de la familia, el colegio y los amigos, la vida se hace tranquila, si no fácil. Por supuesto que se extraña el vicio -tampoco creo que la mayoría de presos seamos completamente inocentes-, pero se puede manejar porque aquello que lo lleva a uno a meter, tomar, putear o jugar, ya no está. Y, para sorpresa de muchos, se encuentra uno con personajes que ni siquiera tienen una adicción. Simplemente se van de la casa de vez en cuando, se dan en la jeta un poco muy seguido, o se cortan las venas. ¡Bendito negocio! ¨Mándenos a sus chavales que se comporten como tal y se los devolvemos adormilados y muertos de pena.¨ Por lo menos hay que darles crédito por vivos.

Lo cierto es que uno no tarda mucho en aceptar su condición. El primer paso, siempre, es convencer al interno que debe estar ahí. Qué sí, está jodido. Algunos dicen que está enfermo, otros que no (pero que sí llevado del putas, claro); algunos lo tratan más bonito que otros, pero todos, sin falta, le dejan en claro que uno está donde tiene que estar. Y uno, joven y buscando lo que sea que se deje encontrar, lo acepta, a veces complacido, a veces resignado. Deja de ser el perico o el chorro o las putas, y lo que se necesita ahora para sobrellevar el aparente infierno es el sitio donde se está. El nuevo hogar. Lo que es. 

Sin embargo, nunca voy a negar que esta transición salva vidas, o más bien pospone muertes. La abstinencia debe valorarse siempre, por forzada o fantasiosa que pueda llegar a ser. Pero sobrevivir no es lo mismo que estar vivo.

Entonces pasan los meses y uno sale, y lo que en un principio parecía una eternidad, no fue más que un abrir y cerrar de ojos. Hay nuevos amigos, una nueva filosofía y, si se saben jugar bien las cartas, nuevos culitos. Pero, ¡oh sorpresa!, el mundo es el mismo, y uno cree que lo aprendido y la gente conocida van a ser suficientes para cambiar aquello que uno fue enseñado a llamar el problema. Y no, hermanitos degenerados. No, no, no. El problema es el mundo y el mundo sabe peor cuando se regresa a él. Claro, es el problema en nuestras cabezas, por supuesto, pero nuestras cabezas son siempre las mismas, solo temporalmente reconfiguradas, en el mejor de los casos, e irreversiblemente averiadas en el peor. 

La sádica, cínica vida se lleva, poco a poco, a nuestros nuevos amigos, y aplasta, despiadada, nuestra nueva filosofía. Como si le diera risa que la creyéramos más real que a la realidad misma. Se da media vuelta y nos escupe en la cara. Por supuesto que lo hace, ni que fuera estúpida como nosotros. Ella es lo que es. Nosotros lo que creímos poder ser, y no sabemos cómo hacerle frente porque todo lo que aprendimos lo aprendimos encerrados en un hermoso, necesario espejismo. 

Así que volvemos a nuestro oasis cuando la sed y el calor se tornan, una vez más, insoportables. Vemos caras familiares. Nos enteramos de la muerte de otras; usualmente aquellas que sí debían estar ahí, y ser reconfiguradas a las malas, que por supuesto que existen. Solo dios sabe cuántos se quedaron por fuera por hacerle espacio a nosotros los viciosos ricachones. Pensamos qué significa ser adictos, y nos sentamos en ese tronquito donde se puede fumar a la hora que se puede fumar. 

El humo sube y sube y sube, indiferente de quién lo bota. Y no sabemos si deseamos más el próximo pase, que estamos seguros que va a llegar, por lo rico que se siente, o porque nos va a volver a sentar en ese maldito, seguro y acogedor tronco. 

– T

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS