Epitafio de un hombre feliz

Epitafio de un hombre feliz

“Aquí yace G., quien durante su estancia en la tierra supo valorar los infortunios de ser feliz”

A quien interese sépase que a veces soy presa de una memoria frágil, quizá las palabras que recuerdo escritas en la piedra de la tumba de G. no eran exactamente las que he escrito, quizá incluso resulten ser un extravío de mi imaginación y en su lugar únicamente decía “Descanse en paz” o algo semejante. Tampoco incurriré en el vulgar preludio que suele caracterizar a estos relatos, a nadie le importa el clima, la hora del día o los pensamientos previos; convengamos pues que por azares me encontré ante una piedra rectangular con remate curvo en el que pude leer el corto epitafio entrecomillado que cité en un principio, en su momento me pareció poco menos que absurdo y contradictorio, ¿cómo se puede ser feliz si se vive con infortunios? ¿Qué quiere decir la palabra –valorar– en ese contexto, será acaso utilizada como sinónimo de aprender?, son preguntas que me acosaron largo tiempo como una pequeña voz interna apenas perceptible que crece y se amplifica en los momentos más silenciosos, cuando el mundo está inmóvil, frío y azul. A decir verdad, la opinión que tengo formada respecto a mí no es mala, no tengo motivos para quejarme, vivo bien y tengo personas que me aman (entre las cuales destaco, por supuesto, a Clara). Pero con el transcurso de los días algo despertó en mi interior, algo todavía indecible pues el lenguaje no captura su esencia; Delmira Agustini lo llamaría “Lo Inefable”, ese algo sin nombre infectó mi sangre y es por eso que escribo estas líneas. De pronto, sentí tanta rabia de ver algo tan inmaculado, digamos, en una palabra: que me convertí en un animal rabioso, cuyas encías braman por hacer pedazos a alguien. En retrospectiva mi vida ha sido buena, una familia ejemplar, una novia hermosa, éxito académico y genuina amistad; entonces comprenderán lo grave que fue para mí albergar tanto odio fermentado y todo a causa de un ridículo epitafio. Se dice que pensar prolongadamente en una idea todo el tiempo sin descanso puede derivar en una enfermedad mental idiopática, pero mi situación no refiere al terreno psicológico, es un cáncer que ha calado más profundo. Ahora todo para mí ha cambiado y sólo quiero caminar en la luna, rodear la circunferencia de la luna y, olvidarme del mundo, de quienes me aman y de quienes amo, quiero flotar en el oscuro vacío de la noche como el matinal suspiro de un recién nacido o como la germinación de una semilla en la tierra de los bosques brillantes del cosmos; a menudo imagino estar allá, en algún rincón sidéreo en el que se ignora mi presencia o en un espacio indefinido sin materia ni tiempo en el que los sueños se vuelven cristales. Cierro los ojos y alcanzo a sostener por un instante, tan sólo un breve minuto, las memorias que alguna vez fueron mi realidad y que ahora no son más que retazos pequeños de la dicha que alguna vez habitó mi ser y tengo tantas ganas de incendiar todo porque todo este dolor me ahoga, me arranca el corazón del pecho con sus garras oscuras y se me figuraba que todo es insignificante, tan minúsculo y sin importancia. Las horas se pudren, mi respiración se ofusca y mis huesos tiemblan, pienso por última vez en Clara y la odio, miro como su silueta se desvanece de a poco como el humo de una fogata con las primeras gotas de lluvia. Escarbo en mi interior como un perro que desgarra su piel con sus colmillos y no encuentro nada, no encuentro motivos para vivir o para amar, miro la pila de libros en la esquina de mi habitación y deseo arrojarlos al río, ojalá la próxima ventisca que entre golpeando mi ventana me haga desaparecer como un remolino de polvo; recuerdo la tierna infancia, las lágrimas de mi padre, el sol y los abrazos de mi madre, el primer beso; nada de eso significa ahora algo para mí y por primera vez en mi vida no siento necesidad de nadie ni de nada. Estoy vacío, y cuando muera mi epitafio dirá:

“Aquí yace un hombre feliz”

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