Intento imaginar que eres aquel amor, el que calentaba mi alma con los rayos de sol atrapados en el ámbar de sus ojos, pero no es su cabello lacio del que tiro cuando logras desenterrar gemidos de mi boca, sino tus rizos, enredos ajenos a mis dedos. Tocas mi cuerpo de forma sutil. Me besas los hombros y la espalda. Y te quedas un poco más, para prolongar el orgasmo compartido.
Durante un tiempo busqué esa misma sensación y esas mismas caricias en otra persona; alguien antes de ti, alguien después de mi amado. Y cada vez que llamaba a la puerta y yo le abría, él me atraía hacia su pecho. Me refugiaba en sus brazos y disfrutaba del aroma de su cabello largo. Por momentos, sus brazos parecían un hogar.
En esos encuentros intenté, una y otra vez, que nuestros ojos coincidieran, pero él nunca pudo sostenerme la mirada. Y entonces dolía, porque incluso aquellos abrazos y besos llenos de vulnerabilidad se sentían falsos.
Pero ya lo entiendo, porque ahora soy yo quien aparta la mirada. Indiferente y culpable, evito encontrarme con tus ojos porque sé que no soy a quien amas; sólo buscas consuelo en mí para llenar su ausencia. Y yo consumo tus suspiros sabiendo que mañana despertaremos más vacíos. Más rotos.
OPINIONES Y COMENTARIOS