En los ojos de Kuttamuwa

En los ojos de Kuttamuwa

Violeta Percy

18/05/2026

Hoy ha sido un día tedioso en la excavación; apenas han aparecido los restos de una vasija. En Turquía, durante el verano, el calor aprieta, pero Sira está contenta de trabajar allí con un equipo internacional. De repente, enmudece de asombro: ha encontrado una estela de piedra. En ella se observa a un hombre barbudo con gorro que levanta una copa de vino ante una mesa repleta de comida, en la que se distinguen claramente pan y un pato asado sobre una bandeja. Sira no reconoce ninguno de los caracteres tallados en la roca y, sin embargo, sin saber por qué, es capaz de leer: 

«Yo soy Kuttamuwa, sirviente del rey Panamuwa. Soy quien supervisó personalmente la construcción de esta estela mientras aún vivía . La ubiqué en una cámara eterna y ordené un festín en ella: un toro para el dios Hadad, un carnero para el dios Shamash y un carnero para mi alma, que se halla en esta estela» .

A través de los ojos angostos de Kuttamuwa, Sira contempla el amplio paisaje que existió en aquel lugar hace miles de años. Ve el verde valle donde habitó el sirviente, las manzanas y las rosas que sus ojos vieron. Descubre a las mujeres que él amó y a las que despreció, los poemas y las canciones que aprendió, y las imágenes de los dioses a los que un día rezó. 

Al volver en sí, Sira gira la cabeza y su mirada acaricia la piel de Petra, su compañera alemana. Primero se siente confusa. Después, comprende horrorizada que su alma se ha mezclado con la de Kuttamuwa y ya no sabe quién es.

Toma una herramienta y rompe la estela en pedazos. En ese mismo instante, una nube oculta el sol y Sira siente un frío extraño. Recoge los fragmentos y los guarda en la bolsa de su bocadillo. Más tarde, sin que nadie se dé cuenta, los abandona entre unas zarzas, lejos de la excavación. En silencio y con paciencia, como si se tratara de una vasija recién hallada, Sira intenta recomponer los pedazos de su propia alma. 

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