Cuando él llegó a la casa yo llevaba exactamente dos semanas interna, y ya para ese entonces los demás me habían hecho a un lado. Aunque intenté llevármela bien con todos en un principio, no tardaron en cansarse de mí. Supongo que así tenía que ser, pues era de lejos la más chiquita del grupo, y mi personalidad inquieta siempre me ha llevado a terminar aislada. Además, había tenido un feo encontronazo con Matías, el más antiguo pero inmaduro de los miembros. Apenas llegué había sido él quien me recibió y me presentó a los demás. Me enseñó las reglas del lugar y me ayudó a acoplarme, pero no tardó mucho en dejar claras sus intenciones. Se moría por comerme, y aunque yo habría accedido a ello sin problema si tan solo se hubiese esforzado un poco más, mi primera negativa fue suficiente para que me cogiera un horrible resentimiento. Cortó por completo nuestra amistad y, como era de esperarse, los demás tomaron su lado. Desde entonces me la pasaba sola y mi única compañía era Baloo, el perro de la casa, y los pajaritos que salían cada mañana a cantar. Pero no dejé que aquello me derrumbara. Estaba allí para trabajar en mí y eso era lo único que importaba en realidad.

Aun así, debo aceptar que ver un nuevo rostro fue un auténtico alivio, por lo cual no desaproveché la oportunidad y apenas entró fui la primera en recibirlo. Su nombre era Tomás, sus ojos rasgados y tristes, su espalda ancha y, aunque chaparro, era bastante más alto que yo. Tenía los brazos tatuados, pero pude ver que tras de sus tatuajes descansaban varias leves cicatrices de cortadas, así que, inapropiada como siempre, le pregunté al respecto y le mostré las mías, bastante más llamativas. Me contestó sin ningún misterio que cuando bebía se cortaba, por rabia más que por tristeza. Desde ese momento me impactó su honestidad. Nunca se negó a responder nada de lo que le pregunté. Era como si todo le diera igual, y aunque físicamente no era gran cosa, esa actitud importaculista me supo mantener interesada desde el comienzo. Y bueno, que fuera poco más de diez años mayor que yo tampoco estaba mal. 

Le hice el tour de la casa y le presenté a los demás, haciendo parecer que me la llevaba lo más de bien con cada uno de ellos. Todos lo recibieron de buena manera. El man era auténticamente simpático; tranquilo y callado, fácil de lidiar, pero no le di chance de alejarse de mí. Sabía que lo necesitaba a mi lado si quería estar acompañada los meses siguientes. Lo tomé del brazo y lo llevé lejos, a mi rinconcito en el jardín, donde le pregunté todo lo que se me ocurrió.

Sentados frente a la fuente, con Baloo a nuestro lado, puse una de mis manos sobre uno de sus muslos y noté cómo se estremecía. Sonreí y le dije que me alegraba mucho su llegada. Mordí mi labio inferior y apreté mis pequeños pechos uno contra otro. Vi cómo bajó su mirada y supe que, muy probablemente, algo interesante se avecinaba.

Esa noche, como todas, me masturbé antes de dormir. Sabía que no debía hacerlo, que precisamente estaba allí para lidiar, en parte, con mi adicción al placer, pero aun no me era posible controlarme. Y en aquella ocasión Tommy apareció intermitente y atrevidamente en mis pensamientos.

Poco a poco fui conociéndolo más. Como yo, sufría de depresión, aunque no creía en eso. Decía que simplemente le disgustaba el mundo y no tenía la más mínima intención de cambiar en ese aspecto. Su razón para estar allí, según me contó, era superar su temor a los demás y su odio a sí mismo. Además de lidiar con su dependencia al alcohol. Supe que en realidad no era que las cosas le dieran igual como creía, sino que sentía un miedo paralizante a exponerse, a ser él mismo frente a los otros y expresar sus opiniones, lo cual le dificultaba mucho la vida allá afuera, en el mundo real, y aunque esto me desanimó un poco sin duda, ya empezaba a encariñarme con él. Por otro lado, la falta de sexo y atención masculina se habían tornado insoportables, por lo cual tomé la firme decisión de no alejarme de él.

No tardó mucho en confesar que empezaba a sentir cosas por mí. Escuchar aquello, así ya lo supiera, me excitó terriblemente, y aunque el sentimiento no era correspondido, me fue inevitable no aprovecharme de él. Además de la compañía que necesitaba y la atención que deseaba, me sentía segura a su lado. A pesar de su temperamento tranquilo, una agresiva y pura masculinidad dormía en su interior. Sabía que era capaz de aplastar a cualquiera que se metiera conmigo. Era realmente un enigma mi Tommy. 

Empecé a nadar cada mañana, pues me gustaba saber que me miraba mientras lo hacía. Luego me tumbaba a la orilla de la piscina a tomar el sol, siempre posicionado mi cola de tal forma que la pudiera ver. 

La primera vez que nos besamos fue también la primera que me masturbó. Lo hicimos una noche estrellada, allá en mi rinconcito, donde apenas semanas atrás nos habíamos tumbado a conocernos. Desde esa noche fue más directo conmigo, sin dejar de ser discreto, claro, pues evidentemente las relaciones entre pacientes estaban terminantemente prohibidas. Lo que en un principio era una simple amistad con algo de esporádico coqueteo se tornó en un discurso romántico y sentimental de su parte. No desaprovechaba ninguna oportunidad para besarme, decirme lo linda que estaba o regalarme poemas que había escrito durante la noche, y aunque esta melosidad me resultaba desagradablemente empalagosa, mentiría si dijera que no se sentía bien ser deseada de nuevo. Además, su talento con las palabras realmente me sorprendió. Parecía que siempre había algo, algún pequeño detalle, que me impedía perder por completo el interés.

De todas formas le dejé en claro que lo nuestro era simplemente producto del momento. Que las cosas se dieron como se dieron por la situación particular en la que nos encontrábamos, y que una vez saliéramos ya no sería más. Me sentí bien por ser honesta con él, pues era un importante logro para mí y, además, realmente sí lo estimaba y no quería que se hiciera ilusiones. Se sonrojó un poco y asintió con una evidente sonrisa falsa en su rostro apagado. Lo miré pensativa unos segundos y alcancé a pensar que lo mejor sería terminar aquella enfermiza relación de una vez por todas, antes de que las cosas escalaran más, pero mi ego y mis entrañas sencillamente no me lo permitieron.

Cuando tiramos por primera vez lo hicimos por iniciativa mía, y desde aquel día no pasó uno solo en el que no lo hiciéramos. Me gustaba hacerlo antes de mis terapias, pues sentía que despertaba algo en mí que no lograba sentir de otra manera, y aunque no podía ser completamente honesta con mi psicólogo, tener aquellos sentimientos a flor de piel me permitió tocar temas que de otra forma no hubiese sido posible. Supongo que ha de ser algo así como ir borracho a una sesión de AA para un alcohólico.

Las semanas pasaron de forma rápida, y en un abrir y cerrar de ojos ya faltaban pocos días para mi salida. Para aquel entonces la mayoría de los miembros de la casa que estaban cuando llegué se habían ido, algunos recuperados y otros expulsados, y los nuevos eran mucho más amigables conmigo. Esto, sin duda, gracias a mi amistad con Tommy, quien nunca se despegaba de mi lado. Fue en mi penúltima semana cuando llegó Sebastián.

Era alto y acuerpado. De pelo largo y carita de matón. Vestía siempre con estilo, con sus chaquetas de cuero y pantalones entubados, y hablaba con un acento paisa que me erizaba la piel cada vez que lo escuchaba. Este sí era mi tipo de hombre. Se hizo amigo de Tommy inmediatamente, como era de esperarse. Eran infinitamente diferentes, pero les gustaba fumar juntos y hablar de fútbol.

Una noche cualquiera, estratégicamente después de chupársela, le dije a Tomás que quería meterme con Sebastián antes de irme. Pude ver como su cara se palidecía. No me dijo nada así que lo repetí. La verdad es que no esperaba su aprobación ni mucho menos, simplemente quería ver su reacción, un poco por sádico orgullo y un poco por genuina preocupación.

-Tú y yo no somos ni seremos nada, Tommy, pensé que lo tenías claro-

-Sí, lo sé. Pero, pensé que el tiempo que estuviésemos aquí sería… no sé… especial-

-Lo es. Para mí lo ha sido, pero especial y exclusivo son dos cosas diferentes. Y ya te lo he dicho una y otra vez que no quiero un novio. No aquí ni afuera-

No supo responderme, se dio media vuelta y se fue. Me sentí culpable y quise consolarlo, pero tenía otras cosas más importantes en mente. El tiempo corría y Sebastian esperaba. No había tiempo para sentimentalismos.

Si algo pasó o no con Sebastián es irrelevante en este momento. Lo cierto es que mis últimos días pasaron muy lento, y Tommy se mantuvo alejado de mí hasta el día de mi despedida. Entonces me abordó mientras leía recostada en uno de los árboles del jardín. Me dijo que sentía haber reaccionado como lo había hecho y haberse alejado de mí, y luego, para sorpresa mía, me afirmó con una determinación que nunca había visto en él que tenía tan claro que yo no quería una relación con él como que estaba enamorado de mí, y que aceptaba ambas cosas con agrado. Me sentí orgullosa -pues aquel fuego en sus ojos era evidencia de que en realidad sí había crecido muchísimo el tiempo que llevaba en la casa-, y culposamente alagada. Quise besarlo y llevarlo a nuestro rinconcito de amor, pero pude contenerme y únicamente agradecí su honestidad. 

Nos quedamos unos segundos callados mirando el cielo, hasta que un repentino impulso de maldad, pues no sabría cómo más llamarlo, me llevó a decirle que lo nuestro se había terminado y que una vez me fuera de la casa ya no volveríamos a vernos más.

Lo vi alejarse lentamente, casi tambaleándose, y me convencí de que aquello era lo mejor. Yo no era ni sería nunca de nadie, pero mi entrepierna empezó a arder y el deseo se hizo conmigo. No estaba satisfecha. Saboreaba mis labios bajo los rayos de un sol inclemente. Si la vieja yo se iba a quedar en ese pedacito de tierra debía darle una apropiada despedida. Corrí tras de él, sedienta, y lo llevé a nuestro escondite. Quise sentirlo dentro de cada orificio de mi cuerpo. Estaba como desesperada. Mi hambre era insaciable, pues sabía que aquella sería mi última cena. Si mis oídos, mis ojos y nariz fueran tan solo un poco más grandes habría pedido que eyaculara en mi cerebro, a ver si eso apagaba las incontrolables llamas de la lujuria, pero tuve que conformarme con mi culo, virgen hasta entonces. Solté un aullido emancipador y corrí histérica a empacar cuando terminamos.

Me despedí de él con un abrazo y un hasta nunca.

II

Aunque estaba verdaderamente emocionado por largarme de allí, y las últimas dos semanas no había hecho sino fantasear con mi ya casi olvidada libertad, cuando llegó la hora y la puerta se abrió para mí, no tuve ningún afán de salir. 

Fui por última vez a nuestro escondite, el de Sofía y mío, y me dio risa pensar que en verdad creyéramos que era seguro culear allí, pero inmediatamente después me enfureció de sobremanera que realmente me hubiesen llegado a parecer reales las reglas de la casa. Me acosté sobre la hierba y la excitación de volver al mundo real desapareció por completo, y fue reemplazada por el asco de volver al mundo real. 

Aunque mucho menos divertidas, las dos semanas que estuve en la casa sin ella fueron exponencialmente más provechosas que todas las anteriores. Fue mucho más fácil concentrarse en grupos y sesiones individuales cuando no había un culito apenas legal esperando por mí en el jardín. Y así reconozca que la cura para el «Yo» no existe, no hay duda que mucho se puede aprender en terapia. Aun así, la extrañé y la pensé cada día. Por supuesto que estaba enamorado de ella, eso lo tenía absolutamente claro, pero desde el inicio supe que la nuestra sería una historia delimitada por el espacio y el tiempo que nuestros procesos de recuperación y aquel maldito manicomio proveyeran, y había aceptado aquella realidad. Fue por eso que nada pudo haberme preparado para lo que se venía.

Me puse de pie, fui por mi maleta, me despedí de mis compañeros y terapeutas, y caminé hacia la puerta. Sentí una auténtica melancolía, pues le había cogido cariño a todos los que dejaba atrás, pero sobre todo, me había acostumbrado ya a la facilidad y conveniencia del encierro. Apreté mis puños con fuerza y no me detuve. Aunque nada me resulte más aterrador, tampoco hay nada que valore más que la libertad. Quizás su recuerdo sería lo único, eventualmente.

Fue lo primero que vi al salir del lugar. Me alegré muchísimo y el sinfín de dudas que danzaban en mi mente desaparecieron al instante. Corrí hacia ella y ella hacia mí. Nos abrazamos por varios minutos, y solo entonces empecé a cuestionar qué significaba aquella visita. La aparté unos centímetros de mí y, mirando sus lindos ojitos verdes, simplemente le pregunté qué hacía allí.

Lo primero que hizo fue disculparse conmigo. Luego me dio un beso. Me dijo que estas dos semanas que estuvimos separados no había hecho sino pensar en mí, y que ahora entendía que se había equivocado. Me pidió que le diera una oportunidad, que quería estar conmigo, y por un instante la desconocí tanto que sentí auténtico terror. 

Nunca antes la había visto arreglada, y vaya si se veía hermosa. Sus labios brillaban como rubíes. La besé de nuevo y le respondí que nada me haría más feliz, y sin embargo, el terror no se desvaneció por completo.

Nos montamos en su carro y anduvimos poco menos de una hora hasta su casa. Hablamos sobre los días que estuvimos separados, sobre su regreso a la vida y la culminación de mi proceso, y cuando llegamos vi otro carro aparcado frente a su casa. Recordé que aun vivía con sus padres, y aunque aquello ya lo sabía, caer en cuenta de ello me incomodó muchísimo, así que le pregunté si no prefería que fuéramos a otro lugar donde pudiéramos estar solos. Me respondió que sus padres habían salido con unos amigos y no volverían hasta la madrugada. Su respuesta no hizo nada para calmar mi angustia.

Nos bajamos del carro, entramos a la casa y subimos a su habitación. Ella cerró la puerta tras de sí, y salvajemente se abalanzó sobre mí. Me tumbó sobre su cama y, por primera vez, hicimos el amor tras la protección de 4 paredes. También me atrevería a decir que, sencillamente, por primera, y quizás única vez, lo hicimos.

Mientras cabalgaba sobre mí tomó mis manos en las suyas y cerró sus ojos. Gritó que ella también me amaba, que ahora lo entendía, y aunque quise responder lo mismo, me fue imposible hacerlo. La sentía casi como una extraña, y a pesar de que su cariño se sentía bien, como un premio tras una espera eterna, extrañé a la niña fría de la que me había enamorado. 

Nuestro vínculo se fortaleció rápido y en poco tiempo ya éramos oficialmente pareja. Sin duda la pasamos bien juntos. Nuestro amor era bonito y, entre todo, hacíamos buen equipo. Fuimos un apoyo para el otro en nuestro regreso al salvaje mundo real, y en medio de la tormenta del día a día, supimos mantener la picardía de nuestro amor. 

Debido a la diferencia de edad, y a la forma en que nos conocimos, decidimos que lo mejor sería que lo nuestro, por lo menos durante un tiempo, permaneciera secreto, por lo cual, aunque a veces salíamos juntos en público, lo más común es que nos encontraramos en un pequeño puente que atravesaba un triste riachuelo en medio de un hermoso bosque de pinos cerca a su casa. Allí escuchábamos música, leíamos y hablábamos sobre cualquier cosa. Disfrutábamos debatiendo temas filosóficos y contándonos historias de nuestros turbulentos pasados. Teníamos sexo bajo las estrellas, nuestras cómplices desde el inicio, y nos causaba mucha gracia pensar que para una pareja que procuraba ocultar su amor, culeábamos mucho sin refugio y a la vista de cualquiera. 

Desafortunadamente, y a pesar de lo bello de su compañía, lo cierto es que nunca pude acostumbrarme a su querer. Cada día extrañaba más a la Sofi de antes. Aquella para la cual yo no era más que un capricho. Además, volver a retomar la vida normal me devolvió algo de perspectiva. No estaba encerrado, ya no era ella la única opción. El trago volvió a hacerse conmigo y mi visión opaca del mundo no tardó en regresar. Ella creía en su proceso y recuperació, y aspiraba a una vida tranquila a mi lado. Yo, en cambio, estaba decidido a volver a lo de antes, algo más capacitado sin duda, pero para mí la quietud no era una opción. Por lo menos no con ella. Cada noche recordaba su indiferencia pasada y, aunque me duraba poco, deseaba volver en el tiempo. Pensba que aquella Sofía quizás sí habría sido suficiente para hacerme querer una vida diferente. Sus ojos brillaban más, su sonrisa me sacudía, su culo -¡oh su culo!-, era mi religión. Sin duda a aquella sí la haría mi prisión.

Tras unos meses su compañía comenzó a fastidiarme francamente, y aunque hacía todo por satisfacerme y hacerme feliz, entre más empujaba más me alejaba. No duró un año lo nuestro, y una vez habían terminado las cosas, perdió por completo la razón y conocí lo que es el auténtico odio.

Dedicó todo su tiempo y energía a hacerme la vida imposible. Me seguía, me escribía de un sinfín de números diferentes y llegaba sin aviso a mi apartamento, donde gritaba y armaba un alboroto. Al principio intenté hacerla entender que, sencillamente, lo nuestro había dejado de funcionar, pues me compadecía de ella y sentía culpa por haberme esforzado tanto por conquistarla para luego dejarla ir, pero eventualmente entendí que si seguía prestándole atención jamás me dejaría en paz, así que la ignoré por completo. Fue entonces que hizo sus más enfermizas jugadas, dignas de una auténtica desquiciada, o quizás de una enamorada, si es que acaso no son la misma cosa. Se inventó un embarazo y hasta la muerte de algunos de sus familiares más cercanos, y aunque no puedo negar que aquella maldad logró reavivar algo de interés en mí, el hecho de que estuviera dispuesta a tanto por estar conmigo no hizo sino reafirmarme en mi decisión. 

Inicialmente me confundía por qué hacía lo que hacía, pero luego entendí que no quería nada más que vengarse de mí por haberla forzado a conocer el amor, y volví a compadecerla. Estaba hecho un auténtico desastre.

Las cosas tuvieron un trágico pero necesario final cuando se metió en la finca de mi familia y mató a varias de las gallinas. Fue entonces que la policía intervino y, por fin, pude descansar. 

Había pasado tres o cuatro semanas sin saber de ella la noche que sentí la extraña necesidad de salir al puentecito donde tantas noches pasamos juntos. Nuestro segundo escondite de amor. Aparqué a pocos metros y caminé al lugar. Me senté en el borde del puente, prendí un cigarro y esperé algo que desconocía. La luna estaba llena. La miré con envidia y recordé lo que decían allá, en el encierro: que la luna llena hacía más locos a los locos, y solté una carcajada.

Ella llegó a los pocos minutos. Ahora me es imposible recordar si lo planeamos o fue simple coincidencia. Lo más probable, sin embargo, es que me estuviera siguiendo. Sea como sea, se sentó a mi lado y rompió en llanto inmediatamente. Me dijo, entre chillidos, que venía todas las noches a aquel lugar, cosa que me costó creer. Luego dijo que se quitaría la vida allí mismo, en el sitio que habíamos hecho nuestro. Que sin mí no valía la pena seguir adelante. Quise ser dulce con ella y abrazarla, pero la compasión hacía mucho me había abandonado y sus palabras no hicieron otra cosa que enfurecerme. Le dije, en cambio, que para mí había muerto el día que salí de la casa y me confesó su amor. No me respondió y me miró aterrada. Me puse de pie, di media vuelta y emprendí mi regreso al carro. 

Mientras caminaba escuché como algo caía en el agua y tuve que contenerme para no mirar atrás. Pensé que lo nuestro siempre fue una imposibilidad, pues el cariño de uno siempre significaría la indiferencia del otro, y alcé la mirada a la enorme y resplandeciente luna. Se me reveló tan repentina y claramente que mi cuerpo alcanzó a sacudirse. Entendí que siempre estaba llena, así las personas la viéramos o no, y aquella torpe realización me dijo mucho sobre mi egocentrismo y mi locura, y todo tuvo un poquito más de sentido. 

Me di media vuelta desesperado, y lo que vi fue precisamente lo que esperaba ver. Lo que siempre había tenido que ser. 

– M

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