Ella, cansada de la rutina de su país – en realidad de la provincia que la vió nacer – decide ir a probar suerte a la nieve, más precisamente a Andorra (un principado que está entre España y Francia, muy cerca de Barcelona). Era un anhelo que tenía desde hace tiempo cuando empezó la facultad y por fin se le dio la oportunidad. Ella es “ahora o nunca”, entonces dijo “ahora o nunca”: armó las valijas y se fue. Con pasaje de vuelta pero sabiendo que eso no iba a suceder.

Él -en su último año de facultad- decidió aplicar a una beca de intercambio para terminar sus estudios en Italia más precisamente en el Politécnico de Torino. Luego de su primer semestre decide viajar con dos de sus mejores amigos. El viaje comenzaría en Andorra, donde uno de ellos estaba haciendo temporada de invierno. El ama la nieve y el snowboard y Andorra es uno de los mejores destinos para practicarlo.

Era fines de marzo, faltaba muy poco para que termine la temporada. Los días comenzaban a hacerse más largos, hacia frio pero no nevaba, los after ski se llenaban de temporeros con caras de cansancio deseando que se termine ya. Entre ellos estaba ella que, siendo su primer temporada, había sabido aprovechar todo aunque al principio le costó, como a todos la primera vez que hacemos algo.

Era jueves por la tarde, ella recibe un mensaje que decía: “en dos horas te paso a buscar, hoy es la fiesta de fin de temporada”. Bueno “voy”, pensó. Como todas estas fiestas al llegar había muchísima gente, todos conocidos, todos temporeros. Una cerveza con uno, un fernet con el otro, y así toda la noche como una suerte de despedida con los que ya no iba a ver más. Él, luego de un día de snow agitado con sus amigos y de una previa aún más van a la misma fiesta. Ella y él no se conocen.

Ella se da cuenta que se quedó sola, sus amigas se esfumaron en la muchedumbre. En un momento de lucidez agarra su teléfono y encara para el patio para poder escribirles y ver qué había pasado, porqué se habían ido. Él estaba en el patio, armando un cigarrillo, y se da cuenta que no tiene encendedor. Alza la mirada, la ve a ella y suelta un “¿Tenes fuego?”. Ella responde que no, que no fuma. Comienzan una charla que termina en la barra, comprando un fernet y bailando al ritmo de la música electrónica.

Ella no tenía como volver a su casa, sus amigas se habían ido. Él, que estaba con uno de sus amigos, tampoco. Salen juntos a la calle para ver si pasa alguien conocido que los lleve. El primer auto que pasa para y él, caballero, le cede su lugar a ella ya que sólo había uno disponible. Antes de subirse al auto intercambian sus números, se despiden con un beso y un “Te escribo mañana” de parte de él.

Al día siguiente le llega un mensaje a ella y sorprendida, responde. Él había cumplido su promesa. Era viernes por la noche y él le pregunta si hacía algo a lo que ella responde que no. La noche anterior se había un poco de sus límites. Igualmente pasa toda la noche pensando en él.

La mañana siguiente ella decide escribir y pasan todo el día intercambiando palabras por el chat. Era sábado, para él su última noche en Andorra. El domingo ya comenzaba sus tan ansiadas vacaciones, su viaje con amigos, ese que venía organizando y que tenía tantas ganas de hacer. Para ella también era su último fin de semana, ya que terminaba la temporada en cinco días y partía con rumbo a Barcelona, a ver que le deparaban las tierras catalanas. Él de previa, ella de asado. Se encuentran en el boliche del lugar y no se separan en toda la noche, parecían imantados. Al despedirse, ella deseaba volverlo a ver. Él le había dicho que cuando terminara su viaje, que duraba un mes, volvía a Torino y que podía ir a visitarlo cuando quisiera. Durante esa semana siguieron hablando, se conocieron por whatsapp: tiempos modernos.

Ella que le encanta tener todo organizado, tiene listas para todo, anota cada cosa que va a hacer y odia los cambios de planes; uno de esos días mientras hablaba con él y – al mismo tiempo- buscaba vuelos a Torino en la computadora le dice que a fines de abril lo iba a visitar. Oh, ¡cambio de plan! Desde el momento en que compró ese pasaje no pudo pensar en otra cosa que llegara ese día, y los planes de Barcelona se transformaron en visitas a familiares para luego ir a Torino. Después si a Barcelona.

Era fines de abril, ella se tomó el avión y él la fue a esperar a la estación. Toda esta situación les generaba una intriga y un nerviosismo terrible a ambos. Se conocieron una noche, se vieron otra más, hablaron durante un mes todos los días por whatsapp y ella “ahora o nunca” armó las valijas y se fue. Toda una aventurera. Toda una “wanderlust”. Pero no se conocían en el día a día. Pasaron una semana increíble, se conocieron realmente. Él la llevó a recorrer toda la ciudad, le hizo de guía tour, se sentía local. Conoció a sus amigos, su universidad, los rincones secretos que él tenía para mostrarle.

Llegó el día en que ella tenía que volver y seguir con su lista de cosas que tenía organizada. Las despedidas nunca le gustaron y ésta en especial menos. Ninguno de los dos sabía cómo seguía.

En el medio pasó de todo. Como pasa en todas las historias. Hubo idas y venidas. La distancia siempre estuve entremedio de ellos, pero la pudieron ir sorteando. Hubo alegrías y tristezas. Hubo risas y llantos. Hubieron noches de películas y helado, viajes, anécdotas. Hubo momentos en los que pensaron que todo terminaba, pero algo les decía que no. Ese imán que los atrajo aquella noche no dejaba que se despegaran. Hubo una sorpresa. Hubo una propuesta. Y hubo una respuesta.

Hace 730 días de aquella fiesta de fin de temporada. Hace 730 días que él cumplió la promesa del “te escribo mañana”. Hace 730 días que ella, por primera vez en su vida, cambió sus planes y decidió arriesgarse.

Hoy siguen juntos, viviendo una historia que aquella noche nunca se imaginaron que iba a comenzar, tienen proyectos. Son felices, se aman.

Ella y él hoy son uno, hoy son ellos.

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