Los especímenes se exponían al frente de las vidrieras, con miradas inexpresivas, sonrisas desestimables, un hedor que se impregaba en la memoria y la certeza insostenible de que sus viscosidades,las marcas de antiguos combates sucios y las impurezas de sus almas corruptas podrían ser omitidas a causa del impacto de pequeños espectáculos caracterizados por verborrágicas y absurdas disertaciones.

Debía uno poseer un cerebro enmohecido por la falta de ejercicios y cuidados para creer a seres tan despreciables, o eso supondría un espectador que contemplara aquel desfile de globos y pancartas desde la comodidad de un mejor y más organizado universo, pero aunque escapase a toda lógica, estos engendros eran vitoreados, saboreaban la armoniosa melodía de los cálidos aplausos, se jactaban en la fortaleza que los invadía con cada grito de aliento y gesto de aprobación, y al tiempo que sus poderes se incrementaban endiosándolos ante la mirada absorta de sus seguidores, las almas que contenían esos cuerpos se ensombrecían.

En aquellos concursos de talentos era imperante declarar un ganador, una víctima de su propia ingenuidad inicial, confiado en la perdurabilidad de su pureza e ideales, confiado en ser la solución, la respuesta única e inequívoca a la degeneración corrosiva de la sociedad.

Quienes fueron oyentes por tantos meses se entregaron a la eterna e inquebrantable resignación, entregando su futuro a las manos del azar solo cerrando sus ojos, a la espera anhelante de que los próximos cuatro años se esfumaran con la ligereza y velocidad con que la palabra perfectamente planificada escapaba de esos labios maquillados y sedientos de tanto hablar.

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