Hay objetos que parecen haber sido concebidos para durar y otros que, desde su origen, llevan consigo la certeza de su desaparición. El violín de barro pertenece a estos últimos. Su extrañeza consiste en que pretende cantar con un cuerpo destinado a quebrarse.

Quizá por eso me conmueve.

Un violín verdadero necesita de la madera, de su memoria de árbol, de sus fibras pacientes que alguna vez conocieron el viento. El barro, en cambio, no recuerda nada. Es tierra humedecida por unas manos y obligada, durante un breve tiempo, a adoptar una forma. Después viene el fuego, que endurece lo que antes era dócil, pero no consigue convertirlo en eterno.

El violín de barro es, entonces, una contradicción.

Tiene la forma de la música, pero no necesariamente su música. Tiene cuerdas, pero quizá ninguna melodía. Es la representación de aquello que no puede ser: un instrumento que parece destinado a producir sonidos y que, sin embargo, guarda silencio.

Pero acaso todos los instrumentos sean así.

También nosotros poseemos una forma que creemos definitiva y no somos más que materia provisional. Caminamos, hablamos, amamos, hacemos proyectos, levantamos casas y les ponemos nombres, como si ignoráramos deliberadamente que algún día alguien cerrará una puerta y no volverá a abrirla.

El violín de barro no engaña.

Nos recuerda que la belleza no siempre depende de la duración. Hay cosas que son hermosas precisamente porque pueden romperse. Una copa de cristal, una fotografía, una voz, una tarde, el rostro de alguien amado visto por última vez: todas participan de esa condición frágil.

Tal vez la verdadera tragedia no sea romperse, sino haber sido fabricado para algo que nunca llegaremos a realizar.

El violín espera unas manos que lo hagan sonar. Y en esa espera se parece demasiado al hombre: también nosotros pasamos buena parte de la vida esperando la música que justifique nuestra forma.

Quizá nunca llegue.

Quizá la música no estaba en las cuerdas, sino en el deseo de escucharlas.

Y entonces el violín de barro, inútil y frágil, adquiere una dignidad inesperada. No necesita sonar. Le basta con recordarnos que alguna vez alguien quiso hacer música con la tierra.

Eso, después de todo, quizá sea una de las formas más antiguas de esperanza.

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