Tristán Segismundo Hernández, desesperado, trataba de escapar. Por eso corría. Y lo hacía aun teniendo la certeza de que era en vano. Intuía que esa alocada y cada vez más esforzada carrera, paradójicamente, lo acercaba a ese final que trataba eludir. Su mente de catedrático le permitía vestir sus esperanzas con elucubraciones más o menos sofisticadas hilvanando retazos de arte y de filosofía. Pero, más pronto que tarde, indefectiblemente, estas caían por su propio peso… para recrearse otra vez bajo la dictadura de sus necesidades.
Aunque la secuencia construcción-derrumbe perduró algún tiempo, finalmente llegó un momento en que ese péndulo dejó de oscilar. Como siempre sucede en estos casos, allí adelante, lo inevitable lo esperaba con una sonrisa suficiente. El catedrático reconoció de pronto que de nada había valido el esfuerzo mental de intentar fugarse. Y se sintió frustrado cuando se vio como lo que en realidad era: una presa acorralada. El tiempo de la negación quedó atrás.
Al final el viejo tomó plena conciencia del tipo de enemigo con el cual pretendía lidiar. Por fin, decidió oír a su intelectualidad acongojada que le gritaba que era en balde enfrentar a una máquina cuyo principal atributo era su accionar inexorable. Si el arte del cazador fue perfeccionado por tantas persecuciones exitosas… Entonces, ¿Cómo podría enfrentar esa realidad? Se sintió tan insignificante, tan impotente, tan carente de tiempo, que el odio afloró indetenible. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?, le preguntó. Obviamente no fue la curiosidad lo que motivó el interrogatorio, sino la bronca, aunque travestida de reclamo.
—¿Por qué vos y por qué ahora? No puedo explicártelo…— la Muerte respondió al viejo —momento y lugar indicado para la persona indicada. Cada cual tiene sus circunstancias que enfrentar… Digamos que para vos el hilo se debía cortar aquí y ahora. Nada más puedo decirte. Bueno, se acabó el tiempo de hablar.
La ira y la frustración dominaban al anciano. Sin embargo, creyó que eso no llevaría a ningún lado. Así que decidió intentar algo más productivo: negociar.
—¿Es que no hay ninguna posibilidad? De cambiar esto…— la interrogó con un hilo de voz, de repente ya más interesado en comprar algo de tiempo que en lamentar su suerte perra.
—¡No! Nadie se me escapa. Que… ¿pensaste que sí? Iluso…— contestó ella con sarcasmo, sin prisa y con solemnidad falaz. Y añadió circunspecta como si nunca se hubiera dicho antes —Hombre, es el precio por vivir…— La muerte, reconoció que su frase sonaba algo remanida, agregó —Es un cliché, lo sé, pero eso no la hace menos real. Lo único seguro de sus vidas es que en algún momento, tarde o temprano, se las verán conmigo. Lo que hiciste durante tu vida es tema tuyo; lo que hagas ahora, es mío.
—Si, lo sé, lo sé. ¡Obvio! No, no es eso. Yo le pregunté porque una vez leí un cuento dónde el protagonista jugaba a las cartas con Usted… ¿O era al ajedrez? ¡En una película! De Bergman, me parece. Bue… no me acuerdo. Seguro Usted recordará eso mejor que yo. Era como un desafío… para ganar tiempo— observó el anciano esperanzado.
—No, no, no, no. No empecemos. Eso pudo aparecer en algún cuento, o película, pero nunca pasó en la realidad. Lo escribieron o filmaron ustedes, y es arte. Solo eso: para ustedes tanto… para mí tan poco… Yo nunca negociaría «el viaje» en ningún juego. Y de haberlo hecho, te aseguro que no perdía. ¡Nunca nadie se me escapa!— le dejó en claro la Parca con suficiencia remarcando cada palabra. Luego miró el reloj en la pared de la sala y le soltó en la cara:
—Mi estimado, no tengo todo el día. Mi agenda tiene otros compromisos… Un derrumbe acá a pocas cuadras en diez minutos más o menos… Vamos, llegó tu hora. Aceptalo de una vez, es ineludible. Llorá si querés, ahora es el momento— dijo sentenciosa.
A pesar de que al anciano esas palabras le sonaban lógicas, algo dentro de él no lo dejaba reconocer esa inevitabilidad que le sugerían asimilar. Al menos no por ahora. Si bien no negaba la circunstancia de que el paso al más allá es un hecho irrevocable, no era estúpido, le resultaba imposible aceptar la oportunidad de tan trascendente evento justo en ese momento tan esplendoroso de su vida. El anciano no quería morirse ahora, punto. Y por tal, no le iba a facilitar su tarea.
—Deme una oportunidad, por favor, se lo suplico. Siempre hay una primera vez para todo. Le apuesto a algo… por unos añitos más. Un año, nada más, o seis meses.— al anciano se le había iluminado la mirada. Se convenció de que pelearía una batalla que podía ganar; solo debía encontrar el modo. La miró un segundo con ojos que pretendían dar lástima, luego le guiñó un ojo y declaró —Total, nadie tiene que enterarse…
La Muerte se mostró levemente disgustada y echó un vistazo otra vez al reloj en la pared; acto seguido le gritó:
—¡Ni lo sueñes!— luego bajo un poco el tono —Además, yo no respondo ante nadie, así que no se quien se iría a enterar. Como si eso fuera importante…— aclaró con una sonrisa soberbia. Y con falsa cortesía le preguntó al anciano que la miraba ahora con expectación:
—¿Ya estás preparado? ¿Te despediste de los tuyos? Porque ya nos vamos.
El viejo suspiró ofuscado.
—Disculpe. ¡No tengo míos! Eso duele…— respondió el moribundo fingiendo estar ofendido —Pero la perdono. Deme un mes nomás. Le cambio el tiempo extra por… ¡mi alma!— La Muerte, sorprendida, pareció perder un poco la compostura.
—¿Tu alma? A ver… Decime, ¿Y para qué la quiero? ¡Joder…! ¿Quién sos, el Fausto argentino? Terminá de cacarear y aceptá de una vez que esto es ineludible y que tu hora es esta… ¿No podés mostrar un poco de dignidad en este momento? Tu alma… Dios, lo que tengo que oír a veces…
—Disculpe mi impertinencia, señora— se excusó el viejo con convicción y hábilmente cambió de inflexión retornando al quedo de una profundísima tristeza —Es que tengo tantos proyectos inconclusos, tantas cosas aun para legar al mundo… clases que impartir, libros que escribir, pupilos que dirigir, tantas cosas… tantas cosas… ¡No puedo creer que todo eso que hasta hace un momento pensaba posible ya no lo sea! Que todo desaparezca, se haga aire, ¡Puff! Me parece tan poco lo que dejaré de este lado…— la Muerte, por un momento, le permitió al anciano un par de minutos de recogimiento. Luego le volvió a preguntar, calmadamente:
—¿Listo? ¿Ya estás preparado? Nos vamos ahora.
—¡Una última pregunta!— lanzó el moribundo a su contrincante —¿Cómo muero?
—Y dale con la charla. ¿Para qué querés saber? Es irrelevante, si ya estoy acá. Un ataque al corazón. Rápido y efectivo, ni siquiera te ibas a dar cuenta. Ahora la complicaste…— La parca volvió a mirar el reloj y luego al viejo. Éste seguiría con su intento firme de retrasar su partida, ahora apelando a la cháchara. Era evidente para ella. No era el primero, por lo que decidió cortar la situación de cuajo… aunque el viejo se le anticipó: le lanzó un “¡Que original!” cargado de reproche:
—Tengo ochenta y cinco años y me voy a morir de un ataque al corazón. Siempre me cuidé del colesterol, me maté haciendo ejercicios toda la vida, comiendo sano siempre, yendo al médico seguido. Sin ir más lejos, la semana pasada me hice un electro. Pensé que, dadas las circunstancias, mi muerte sería algo menos “corriente”… ¡Qué iluso! La verdad, me siento como estafado— reclamó el hombre con desfachatez mientras movía su cabeza en evidente signo de decepción. Inesperadamente le preguntó:
—¿Usted elige la “manera”?
—¿La manera? ¿Por qué querés saber eso?— le repreguntó la Muerte, aunque con rapidez volvió a su cometido original —¡Vamos! Se me hace tarde… ¿Querés morir parado o acostado? Es lo único que te voy a dar.
El anciano se estremeció, pero no se amilanó.
—¡Espere un segundo! Déjeme explicarle. Por si no lo sabe, soy Tristán Hernández, el escritor…
—¡Sé bien quien sos!— replicó la Parca. El viejo retomó su discurso:
—¡Discúlpeme! Permítame continuar. Le decía: gané premios por mi inventiva, viví de la imaginación… y de pronto aparece algo tan burdo en mi vida… No esperaba algo tan prosaico, tan… tan… ordinario para mi momento cumbre. ¡Quería un final digno de lo que fue mi obra! No este motivo, como lo diría… “low cost”.
La Parca se mostraba desconcertada al ver al viejo mover la cabeza con un gesto de desilusión en la cara. Nunca esperó que le recriminaran algo, y, mucho menos, su modo de trabajar. Si desde el principio de los tiempos estuvo ocupada en lo mismo y siempre con efectividad intachable, con un rendimiento altísimo según su metodología simple y contundente. Pero a veces, cuando no, aparecen clientes insatisfechos. Ahora, que le endosaran falta de innovación en sus maneras era algo poco frecuente. En un instante su aparente desasosiego se transfiguró en enojo.
—¿Y vos que pretendías? Algo original, ¿cómo qué, Tristán Hernández, “el escritor”? ¿Ahogarte atragantado con tinta? ¿Electrocutado con tu ordenador? No, es algo trivial. Mejor que explote la pantalla y un vidrio volador te rebane la yugular… No, tampoco. Tal vez eso también es muy común para el señor, algo indigno de su obra. A ver, escritor pensando su obra culmine en terraza, aparece una cobra real y chau. Esa sí es distinta… ¿Tenés alguna para sugerirme? Además, ¿querés que lo llame al Papa para que te despida con todos los honores?… Este teatro ya me hartó y cada minuto que pasa tengo menos paciencia… ¡Y se hace tarde!— concluyó la Parca levantando el tono otra vez. El anciano replicó:
—No te enojes, vieja. Disculpame, ¿Te puedo tutear? Pará un segundo. Yo te decía, sin ánimo de ofenderte por supuesto, que mi muerte iba a ser demasiado… ¿Cómo lo expreso sin insultarte? Estereotipada. Perdoname si te ofendí con lo de “low cost”. No sé, ¡diiiiigo!— el hombre expresó ya con absoluto descaro —¡Yo no quiero imponerte una manera! No tengo una muerte “favorita”. Pero siempre esperé otra cosa para mi último minuto. Algo importante, que fuera un evento merecedor de comentarios póstumos. Querría que Tristán Hernández se despida de este mundo con grandeza. No sé. Poder decir una frase importante para legarla a la humanidad. Nada más. Un último pecado de soberbia. Que tuve muchos, no lo puedo negar. Pero no. Lo que planeabas hacer conmigo da pie a que mi epitafio rece: “Tristán Hernández: otro boludo más que se murió del corazón”. No. Esteee, a propósito, ¿ustedes también usan la lógica?
—¿Ló…gica? ¿Qué es eso?— inquirió La Muerte otra vez con cara de sorpresa. Aunque rápidamente, una vez más, intentó rectificarse. —Pará. Deja de hablar… No me vas a versear a mí… Vamos, ¡No me compliques la vida!— Y agarró fuerte el brazo del viejo. Este miró la garra que lo aprisionaba y, con un sacudón, se liberó. «Todavía no. Cada segundo cuenta» balbuceó para sus adentros y se largó a discursear con descaro supino.
—Digámoslo así: la lógica es un modo de razonar. ¿Cómo te explico rápido y sencillito? De cierto tipo de premisas se puede desprender necesariamente una conclusión. Sabés lo que es una premisa, ¿no?— le preguntó el catedrático con insolencia como si fuera uno de sus estudiantes —Es simple. Si todos los A son B, dado un A particular, será también un B. Entendés, ¿no? ¿Cómo no? Es fácil. A ese modo de razonar se la llama deducción. Si todos los viejos se mueren del corazón, yo, como soy viejo, también me voy a morir del corazón— el escritor veía como su contrincante lo miraba con extrañeza y enojo.
—¡No todos los viejos se mueren del corazón!— replicó la Muerte sin ocultar su furia en aumento.
—Ya sé, ya sé. ¡Ehhhh, perdóooon, no es para tanto! No te enojes, che— le reclamó el anciano en tono burlón —Pero es la principal causa de muerte por acá. Pero no está mal, para nada mal, un ataque al corazón. Igual no me podes negar que seguís un libreto bastante fiel a un razonamiento deductivo. En la deducción, te explico, el asunto central está en la palabra “todos”. ¿Entendés? Aunque tenés razón, en la deducción no hay “muchos”, ni siquiera “la mayoría”, son “todos”. Entonces, lo tuyo es inducción, me corrijo. Gracias por tu aclaración. Esteeee, ¿Nunca usaste otros modos de razonar para guionar tus actividades? ¿Te suena la abducción? ¿Oíste hablar del Modus Tollens o el Modus Ponens? ¿Con quién te sentís más identificada, con Parménides de Elea o con Heráclito de Efeso?
—¡No sé por qué te contesto! Pero no sé quiénes son esos… ¡Ya los voy a conocer a su tiempo! Además…—y el viejo la interrumpió con un socarrón “esos los conociste hace 2500 años”. La Parca dejó pasar ese comentario y prosiguió:
—¿Guionar? ¿Dijiste guionar? ¡Joder…! No entiendo de qué hablás, no me la compliqués más, hombre. Vamos— La Muerte se veía cada vez más enojada y no dejaba de mirar el reloj. El anciano ya se había percatado de que su contendiente, a pesar del disgusto, mostraba impotencia al no poder cortar la sucesión de locuras que le lanzaba al rostro con impertinencia. Le reconfirmó su apreciación el cuestionamiento que le hizo:
—¿Y qué tiene de malo ser “deductor”, como vos decís? Hace milenios que hago lo mismo y mal no me va, aunque sea un “deductor”. Nunca se me escapó nadie, ni en una guerra. Y vos tampoco te vas a escapar, te aviso y vamos… ¡Mirá la hora! Joder— e intentó poner fin a la cháchara sobre lógica, mas otra vez sin éxito. El viejo no abandonaría la lucha ahora que estaba convencido de haber encontrado la táctica ganadora.
—No es “deductor”— corrigió el literato atizando su fárrago encendido —a lo sumo, deductivista, o mejor, “aquel que aplica el razonamiento deductivo”. Volvamos al asunto. La efectividad en tu manera de trabajar, eso te lo concedo, no lo puedo discutir. Tenés razón en ese punto, lo admito. Pero esperá, no nos desviemos, regresemos a la lógica. Dame un segundo que te explico. La lógica deductiva, y también la inductiva, destruyen la sorpresa…, son monótonas, mecánicas, determinísticas, en fin, aburridas. Van contra el libre albedrío de alguien tan importante como la Muerte, Usted, la rectora de los destinos de los hombres. ¿Lo dije bien? Porque, vos decidís nuestros destinos, ¿no? Me apasionaría conocer tu ethos laboral… Te vuelvo a preguntar…— La Parca reaccionó:
—¿Mi “ethos laboral”? ¿Qué decís? ¡Basta! ¡Cerrá el pico! No sé por qué te contesto… No sé por qué estamos discutiendo… Esto que hago no es un trabajo… ¡Joder…!— El escritor, insolente, la interrumpió:
—¡Noooo! ¿En serio? Y que es, ¿Un hobby? ¿O sea que haces esto por elección? ¿Y te gusta? ¿Lo disfrutas? Las derivaciones éticas de este hecho son como un pozo insondable. La verdad, no te envidio… Retornando al tema del libre albedrío…
La Muerte hacía rato que había perdido la iniciativa, y por eso reflejaba furia y frustración. Al moribundo, por su lado, ya no la percibía tan intimidante.
—Lo que quería consultarte en realidad es si vos tenés libre albedrío. Esa es la pregunta central ¿Lo tenés o no lo tenés? ¿Sabés lo que es el libre albedrío? Antes dijiste que no respondías ante nadie. Eso puede interpretarse como que tenés la libertad de hacer lo que querés. Eso es libre albedrío. Pero, aparentemente, contradice el principio inductivo que aplicaste para decidir mi modo de morir… En otras palabras, pareciera que seguís un libreto que se basa en un criterio probabilístico. ¿Es tuyo ese libreto? ¿O te lo impuso alguien? Porque, si es así, parece que tanto libre albedrío no tenés… Entonces lo tuyo es un trabajo finalmente… ¡Por lo que debés tener un patrón, un jefe!
—No, no es un trabajo. Y yo hago lo que quiero… me importan un carajo las probabilidades— advirtió la Muerte pretendiendo envalentonarse. El viejo ni se inmutó.
—No se nota… Pareciera como si tuvieras que respetar un mandato impuesto por un superior. Estarías aplicando el principio de autoridad. ¿Sabés que es eso?— Indagó el escritor ya con tono burlón.
—No… ¿Qué? ¿Qué autoridad? ¡No sé de qué mierda hablás! ¿Por qué usas palabras tan raras? ¡Joder…! ¡No te entiendo! Y encima… ¡La hora! Voy a llegar tarde al derrumbe… dijo con un tono de voz medio aflautado.
A la Muerte se la veía cada vez más confundida y aturdida, porque demostraba que sabía que el viejo le estaba tomando el pelo y no la dejaba llevar adelante su plan. Y, además, que no podía evitarlo. Luego de un rato durante el cual el anciano no dejó de parlotear un segundo entremezclando términos de epistemología impunemente, su cólera y nerviosismo se diluyeron transformándose en un monumental desconcierto. Revelaba que ya no entendía lo que el viejo le decía y su incapacidad para cortar esa situación. La Parca, claramente, ya no parecía tan amenazadora.
En vistas de los resultados de su perorata el anciano estaba casi convencido de que podía seguir dilatando el desenlace cuanto quisiera. Así que continuaría con su plan de enredarla con su galimatías filosófica, sobre todo luego de verla balbucear cosas ininteligibles rascándose la cabeza. El profesor sonreía mordaz y suspiraba de satisfacción por no resignarse a su destino. Y, asimismo, por salirse con la suya y, como si fuera poco, gracias a dislates basados en sus epistemólogos preferidos. No podía creer que hubiera resultado tan fácil engañar a la Muerte y que ésta llegaría a verse tan estúpida. Cuánto le llevó, ¿una hora? Consideró que debía llevar las cosas al siguiente nivel. Como para acabar con su función ahora él miró el reloj:
—Querida, tomate un tiempo para madurarlo, después volvé. Cursos de lógica, o de epistemología, hay varios y todos de buen nivel acá cerca, en la Universidad. Andá a estudiar los principios deductivo e inductivo que va a mejorar la calidad de tu trabajo. Vas a ver qué interesante es. Me lo vas a agradecer. Gratificará tu ánimo y fomentará tu espíritu creativo. Cuando te gradúes entonces regresá por mí. Te aseguro que voy a estar esperándote para charlar de estas cosas tan elevadas.
La Muerte se dejó caer sobre un sillón y lo miró sin entender como el viejo logró burlarla. Se mostraba derrotada al murmurar cosas inconexas entre dientes y mover la cabeza con evidente desazón. El hombre, extático, de pronto rejuvenecido ante ese espectáculo, sin más ni más, sonriendo, satisfecho de sí, se bajó del pedestal de la insolencia. Sin decir nada más, convencido de que su inspiración creativa y su cultura general una vez más le había salvado el pellejo, se despidió palmeándole el hombro a su interlocutora. Esta, cabizbaja y visiblemente acongojada, seguía aplastada contra el sillón. El anciano, por su parte, y sin siquiera despedirse, salió de la casa. No cabía en sí mismo de tanta satisfacción por haberle ganado ese duelo a la Muerte. Si hasta consideró escribir un nuevo libro sobre estos acontecimientos. “Y capaz es un best seller” pensó sonriente.
El cielo se rasgó y un fulgor impresionante iluminó la ciudad haciéndola temblar. Tristán Segismundo Hernández, el escritor, recibió un aerolito sobre sus hombros ni bien puso un pie en la acera. Extraño viajero del cosmos que ingresó a la tierra sin quemarse, el objeto extraterrestre era rectangular, de papel y cartón.
La Muerte, luego de apreciar el desarrollo del drama desde el tejado de la casa del catedrático, sonrió para sí. «Pobre viejito parlanchín, estaba contento. Resultó todo un melodrama. Al final terminé por concederle lo que él quería. ¡Cómo quedó! Ahora sí será recordado porque… ¡va a salir en todos los diarios, de acá y de la China! Si hubiera sabido que lo iba a matar una recopilación de los dichos de Parménides de Elea no se habría atrevido a discursearme sobre la deducción. Ahora su epitafio podrá decir con razón: «Tristán Hernández: todo lo que es es, y lo que no es no es«. Aunque me costó un derrumbe que debo reprogramar, valió la pena el esfuerzo creativo. ¡Je, je! En vez de leer tanto y acusarme de ser poco innovadora… ¡tendría que haber visto alguna vez “Mil Maneras de Morir” en la tele!!!! Si quiero, puedo. Lo que no le dije es que mi problema no es la falta de libre albedrío sino el tener las bolas llenas después de hacer más o menos lo mismo desde que el hombre ya no anda en cuatro patas. ¡Ni que fuera a pensar una manera original de llevarlos a la medida de cada uno!
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