Rashid siente un calambre en la espalda. Echa una mirada rápida hacia atrás y no ve a nadie. Tampoco oye nada. Sigue andando, va siempre alerta. Acelera el paso. El viento le ha descolocado el turbante. Se lo vuelve a poner tapándose la parte de la boca que tiene desfigurada por la bomba. Para ir a la universidad le gusta atravesar el mercado porque pasa desapercibido entre tantos puestos y tanta multitud. Se cruza con un niño de unos ocho años que lleva una bandeja con vasos de zumo de granada, le compra uno. Llega a la mezquita para la plegaria diurna. Abdul le está esperando. Los dos amigos estudian medicina y se conocen desde niños.

—Tú, ya era hora de que aparecieras.

—Ya, me ha sido imposible venir antes.

—¿Has estudiado algo para el examen del jueves? O, ¿has estado tumbado en el sofá? —le pregunta Abdul, con esa mirada traviesa e irónica

—Eso tú, que no tienes que ayudar a tu padre—le dice Rashid

—No me lo creo, tú escondes algo.

—¿Qué dices?

—En serio tío, que nos quedan dos meses de curso.

—Que sí, plasta, pareces mi madre. Solo me faltan los temas de la semana pasada. Venga, dime qué habéis hecho en clase y déjame los apuntes.

—Toma y espabila que hay mucha materia.

De camino a la universidad, Rashid le pregunta a Abdul.

—Oye, me han dicho que tu padre ya te ha buscado esposa.

—Sí. Mi madre dice que es una chica muy guapa y buena.

—¿Y tú?

—Pues, ya lo sabes. No hay un día que no me acuerde de tu hermana Nadia.

—Y yo. Tengo tan grabado el momento en que presentí su muerte que desde entonces me falta una mitad.

—Perdona tío, no quería recordártelo. Pero, estás tú que eres mi mejor amigo—Abdul hace una pausa para mirarle con detenimiento a los ojos— Sois los gemelos más parecidos que he conocido

Se sientan juntos. Al acabar la clase, Rashid acompaña al profesor para justificar las faltas semanales, luego se va al baño. Cuando vuelve ya ha empezado la siguiente clase. Abdul le mira como preguntándole que de dónde vienes y él lo mira como diciéndole que qué te importa. La última clase es en el laboratorio. Antes de entrar en el aula, Rashid le dice que se ha dejado un cuaderno y que tiene que volver. De camino va al baño otra vez. Está muy débil.

Al acabar las clases, Abdul le propone ir a pasear a los jardines de Babur y charlar un rato. A Rashid le parece bien, llevan días sin verse. Según se acercan, se dan cuenta de que hay milicianos talibanes vigilando desde las azoteas. Al fondo de la avenida divisan a una patrulla en un control. Delante de ellos unos hombres corren. Se oyen los cierres metálicos de las tiendas. Se desvían por la primera bocacalle. Rashid tropieza y se cae, y Abdul lo coge del brazo, lo lleva casi en volandas. Se esconden en un callejón. Están muy juntos. Sus cuerpos se estremecen.

—¡Nadia! ¡Nadia!

—¿Qué has dicho?

— Hueles como tu hermana. — le acaricia un mechón que asoma del turbante.

Rashid da un respingo. Se separan.

Todo está en silencio. Los dos amigos salen a la calle que ya está vacía. Se despiden sin mirarse a los ojos.

Cuando Rashid llega a su casa, siente una oleada de calor en el pecho que le va subiendo por el cuello y por la cara, que se le enrojece. Se apoya en la pared, resopla.

—¿Nadia? —Monia, que está comiendo una empanadilla, con la boca llena, le dice—estaba muy nerviosa. La vecina ha dicho que han explotado dos bombas en el barrio viejo. No tenías que haber ido a la universidad.

Nadia no contesta, le quita el trozo de empanadilla a su hermana y se lo come. Luego tira de la punta del turbante, que se desenrolla a la vez que se le suelta el pelo largo y moreno. Monia se lo peina con los dedos, mientras le dice:

—Están persiguiendo a las mujeres que trabajan o que van a escuelas clandestinas.

Ella sigue con su rutina de quitarse la camisa y los pantalones.

—Aunque lleves ropa de hombre te pueden pillar—Entonces, Monia se da cuenta de que está muy pálida—¿Sigues con la hemorragia?

—Sí, y además estoy hambrienta.

Se pone la túnica y se sienta en la butaca.

—Esta tarde, ¿me podrás llevar a dar un paseo?

—Lo siento pequeña—le dice cogiéndole la mano—Monia no pongas esa carita, ya sé que llevas muchos días sin salir de casa y que papá tampoco te ha podido acompañar, pero, no podemos arriesgarnos. Piden el carnet a todo el mundo y me podrían descubrir. Sabes una cosa, Abdul me propuso ir a los jardines y yo le dije que sí, tenía muchas ganas de estar con él. Cuando estábamos llegando vimos el peligro y corrimos para escondernos. Me he librado gracias a él. Me caí. Me agarró del brazo y me llevó a un lugar seguro. No te lo imaginas, era el callejón donde me besó por primera vez. Estábamos tan cerca que notaba sus pulsaciones, … y sentí ganas de besarle. Creo que lo sabe.

—Tienes que confesárselo. Antes de que le casen. Él sigue enamorado de ti.

  • ¡Calla!

—Si no se lo diré yo.

—¡Que te calles!

Esa noche a Nadia le cuesta dormirse. Sus ojos son agua al recordar ese instante con Abdul. Sigue teniendo fuertes hemorragias y un dolor pélvico cada vez más intenso. Los analgésicos que le recetó la doctora solo le alivian un poco el dolor. Como todas las noches su cabeza le da vueltas con el recuerdo de la trágica desgracia: cuando Rashid y ella vuelven del instituto y de repente, un estruendo lo cambia todo. Nadia siente que su cara le arde. Hay mucho humo, no ve nada. Llama a su hermano. ¡Rashid! Grita. ¡Rashid! Le encuentra debajo de los escombros. Aún respira. Al sostenerle en sus brazos siente que poco a poco se va apagando. Llegan sus padres y su hermana, pero ya nada se puede hacer.

Monia, al oír el llanto, entra en la habitación. Su hermana está acurrucada encima de la cama. Las dos, juntas, lloran largo rato. Se quedan dormidas. Nadia sueña con su hermano. Sueña que coge su camisa, la huele, se la prueba, le queda bien. Al despertarse ve a su hermana al lado y se calma. Al rato le vence el sueño, aunque la pesadilla de la semana negra continua: su familia y los demás vecinos permanecen encerrados en sus casas, entonces entran los milicianos y se llevan la televisión, las películas, los discos y todos los libros, salvo el Corán. “¡No! ¡No!” Habla en sueños moviendo la cabeza de un lado a otro, “¡No, no, los libros no!”. Los talibanes hacen una hoguera a la puerta de su casa con todo lo requisado. El olor del plástico quemado es repulsivo. Se despierta y se tapa la nariz. Ya es de día. Necesita respirar aire fresco. Llama a su hermana para ir al huerto a por higos.

—¡Ummm! ¡Qué rico olor!

—Nadia, quiero que me escuches. En este país no tienes ningún futuro. Cualquier día te detendrán. Tienes que escapar de aquí con Abdul y hacer lo que te dijo la doctora.

—Monia, no empieces que quiero estar tranquila.

—Sabes que es tu única salvación. En Francia te trataran la enfermedad, se te quitaran los dolores y las hemorragias y hasta podréis tener hijos.

—Olvídalo. Eso cuesta mucho dinero.

—Papá ya lo ha conseguido. No esperes más.

—¿Y de qué vais a vivir? Es que no ves que papá tiene la espalda destrozada. Dentro de poco no podrá ni moverse. Además, te olvidas de que yo ya no podré ser feliz nunca. Nos vamos a casa que tengo que estudiar.

Mientras toma pan dulce y té negro, copia los apuntes. Luego coge sus cosas y se despide.

Al salir de su casa para ir a la universidad le para un centinela.

—Eh, la documentación

Rashid, con la mirada baja, se la entrega

—¿Por qué te tapas la cara?

—La tengo quemada por la bomba que estalló aquí cerca

—¿Rashid?

Rashid levanta la cara y mira al centinela. Es Omar, un compañero del instituto. Le saluda.

—Ya me enteré cuando murió tu gemela. Lo siento mucho. Oye, ten cuidado. Estos días se están intensificando los controles.

—Omar, ¿cómo es que te has metido en la policía?

—“Shhh” No tuve otro remedio “o esto” o detenían a mi padre. Ahora me han destinado en esta zona.

—Entonces nos veremos más. Si hay algún problema, ¿podemos contar contigo?

—Sí, claro. Está todo bien. Siga.

Cuando llega a la universidad le dicen que han faltado dos profesores. Con otros compañeros, se van a la cafetería a jugar a las cartas. Al final de cada partida, Rashid sale a fumar o se ausenta con otra excusa y aprovecha para ir al baño. Cuando vuelve reanudan la partida. Uno de los amigos le pregunta a Abdul que cuando va a ser el banquete de los dulces para la pedida de su novia. Abdul mira de reojo a Rashid, y les comenta que la semana que viene. Después de la última clase, le insiste en ir a los jardines. Le dice que no le queda más remedio que aceptar la boda que le imponen sus padres. Que tiene que pasar página. Que le queda toda una vida por delante. Que no puede vivir de un recuerdo.

Nadia entra en casa y con voz firme llama a su hermana.

—Monia, ven a cortarme el pelo.

—Pero, ¿qué dices? Con la melena tan bonita que tienes. Anda, túmbate en el sofá y te doy un masaje.

—No. Desde ahora soy Rashid. Aquí y en la calle—se quita el turbante—Vamos, córtame el pelo.

—Nadia, tranquilízate.

—Te he dicho que Nadia ya no existe. A partir de ahora solo seré Rashid. Vamos. ¡Córtame el pelo!

Monia, con las tijeras en la mano, mira a su hermana. Empieza a cantar bajito y a bailar. Va enlazando una canción con otra, en un tono muy suave, para que no le oigan los vecinos. Los aromas del té, el cardamomo y la canela van llegando a la sala. El sol, que se va retirando aún deja unos reflejos brillantes en el cabello de Nadia. Los mechones van cayendo al suelo.

Paloma Nieto Bazán

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