Un tigre saltó al acantilado, sus garras se anclaron en la superficie rocosa, su descenso fue pausado.
Ningún ave o especie agarró en esa escalinata resbalosa, ni en el viento ni en un planeo. Bajó y bajó y su estómago se vació.
En el fin del recorrido monótono, utilizó su vista y se resignó con un mordisco de lo primero que sus ojos encontraran.
Unas hojas y un objeto o ser vivo redondos y pequeño se agitaron o fueron sacudidos, el hambre tomó la iniciativa. Antes de caer o aterrizar en el suelo, esa bola de jugo y gajos de naranja se encajó en sus fauces.
Rugió de disgusto por el sabor ácido de lo que exprimió en la agitación.
Muchas criaturas saltaron- las que no huyeron en el primer intento- y se alejaron totalmente del rango de esos ojos amarillentos.
El color dorado desapareció parcialmente de su globo ocular, su negrura solo destacaba su urgencia de encontrar cualquier cosa.
Subió en la copa de un árbol y saltó de uno en otro, su atlética figura solo le faltaba una capa de piel entre patas y lomo para flotar como una ardilla, su velocidad no lo envidiaba mucho.
Su olfato detectó en el casi vuelo un pequeño bocado contra el cansancio.
Terminó sus brincos conectados en una caída de panza en un montón de hojas a ras del suelo.
Movió su nariz en dirección a un joven arbusto, arrancó algunas hojas con el hocico, se echó de espalda en su pista acolchada de aterrizaje y jugó como un cachorro bebé.
Se durmió y el resto del bosque, descansó al fin del radar asesino andante.
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