El tiempo no se para

Un café humeante que me tomo solo.

Asomado a la ventana que vislumbra una calle vacía, sin alma, sin vida.

Se ha parado el tráfico, el comercio, el mundo que, aunque sigue girando, ya no es el mismo.

Respiro, tomo una gran bocanada de aire, el aire ahora es más limpio y, además, ha llovido.

Miro el reloj, me avisa de la hora de deporte en el salón de mi casa, el tiempo no se ha parado y tengo que aprovecharlo.

Luego una ducha y teletrabajo.

Le seguirá un descanso para reunirme con los amigos en un houseparty, una cerveza y unas risas en compañía.

El reloj no se detiene, la vida sigue y hay tantas cosas que hacer…

Hace pocos días vivía en una vorágine de trabajo, caos, estrés, falta de tiempo, falta de descanso, falta de cumplir con mis inquietudes, y ahora la situación me regala momentos increíbles para leer ese libro que tenía pendiente, regar y limpiar las plantas y flores de mi casa (dicen que si les hablas crecen más hermosas) ahora tengo tiempo de decirles cosas bonitas.

Reviso fotos desastrosas y río a carcajadas con mi familia.

Me recreo preparando comida casera, esa que me enseñó mi madre y que necesita su tiempo de elaboración, sabe tan bien.

Practico un idioma extra y escribo, escribiendo me evado, salgo por la puerta de mi imaginación y viajo por otras calles en otras ciudades a otras épocas, me cuelo en otras mentes, filosofías distintas, ideales diferentes, recorro toda la gama de grises que conozco y desconozco, amplío mi mente, mi capacidad de entendimiento, vagabundeo… La vida es un continuo e infinito descubrimiento.

Me doy cuenta de que lo pequeño es lo importante, esas cosas que causan emociones, mi verdadero mundo está entre las cuatro paredes de mi casa.

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