El Heraldo estaba en la cocina pelando las últimas zanahorias para el escabeche de vizcacha cuando escuchó a lo lejos el ruido de las campanas de la parroquia, se dió vuelta y achinó los ojos como queriendo llegar a ver el reloj, ¡Vieja, son las ocho!, le dijo a la Antonia que andaba perdida intentando regar los zapallos al fondo y con la sordera, minga que lo iba a escuchar. Cualquiera que hubiera salido al patio en ese momento se la hubiera confundido a la Antonia con un fantasma, porque se puso pálida cuando se dió cuenta de la hora, nunca miró el reloj. Ya no llegaba a prenderle el calefón al Heraldo, tampoco a plancharle el pantalón borravino, ni de buscarle el cinto con la hebilla de plata y mucho menos de lustrarle las botas.
¿Cuántas veces te dije que riegués’ las plantas temprano vieja?, le dijo el Heraldo recaliente mientras se metía a bañar, con el agua helada por supuesto. Pero la Antonia no puede regar temprano, porque lo primero que hace cuando se despierta además de cambiar las aguas, es irse chancleteando hasta el gallinero a sacar unos huevos para hacerle una fritanga al Heraldo, porque hacía unos días estaban viendo Gran Torino y al viejo se le cayeron las babas con el desayuno de Clint Eastwood, entonces le dijo a la Antonia que a partir de ese día él quería desayunar huevo y «esa carne».
Pero la Antonia estaba lejos de despertarse al lado de Clint Eastwood y el Heraldo no tenía plata para la panceta, así que nomás puso unas rodajas del pan de ayer en la tostadora de alambre, la pava en el fuego, un poco de aceite en el sartén chico, le tiró cinco huevos y entró a darle con la cuchara de madera. Cuando se escuchó chirriar el elástico, la Antonia ya tenía todo en la mesa y con la radio prendida.
Viejo, me voy hasta la Ivana a buscar un poco de cuadrada, vuelvo y me ayudas a bajar la ropa de inverno que está en el galpón. El Heraldo asintió como pudo, tragando y con la jeta llena de migas. Para esa altura de la mañana la Antonia ya se había olvidado de regar los zapallos. Por eso no pudo regar los zapallos antes, temprano. Por eso llegaron tarde a la misa de las 10 de ese domingo.
¿¡Cuándo se ha visto que vengo de alpargatas!?, rezongaba él mientras ella se fijaba si había traído los vueltos para el diezmo. Cortala viejo, no es la primera ni va a ser la última, le dijo la Antonia medio fuerte y parándole el carro. El Heraldo hizo el amague de querer contestarle pero lo vio al Tito cruzando la calle. Qué raro que venga sin la señora éste, pensó descolocado. Se saludaron con un abrazo sopapeándose las espaldas, ¡Amigazo mío, años sin verte! ¿De cómo que has salido sin la bruja?. No Heraldo, a la Marisa la tengo internada en Córdoba, le contestó. En ese momento el Heraldo abrió los ojos y se dio cuenta que quedó como un canducho con semejante atrevimiento, porque cuando te mandan a Córdoba es porque la cosa está brava.
No me digas mi hermano, ¿Qué le pasó?, le preguntó haciéndose el otro, como queriendo remontar. El Tito le contó que el viernes al medio día la Marisa estaba volviendo de cobrarle la pensión y sintió un calor que le quemó todo el pecho, que se sentó en una verja y uno que iba pasando en bici la vio tan mal que se paró a socorrerla, de ahí en más ella se acuerda que vino a buscarla la ambulancia del dispensario y la llevaron al hospital. Pasó la noche en cama fría y a eso de las cuatro y media le volvió el mismo calor pero potenciado y sentía el pecho tan apretado que no tenía forma de respirar, llamó a la enfermera y la enfermera cuando llegó llamó al médico de guardia. Los dos estuvieron como quince minutos leyendo el historial clínico y tomándole los signos a la Marisa, hablaron dos o tres palabras con el lunfardo raro ese que solo entienden los del hospital pero la Marisa escuchó nomás cinco palabras que le quedaron picando, pre infarto agudo al miocardio.
En menos de cuarenta minutos ya estaba cruzando las Altas Cumbres.
Eso le bastó al Heraldo para re-pensarse como un canducho, aceptar la revoleada de ojos que le pegó la Antonia y entender la tristeza en el tono de voz del Tito.
La Marisa y el Tito llevaban cincuenta y dos años de casados, tenían cuatro chicos, siete nietos y dos bisnietos. El Tito toda la vida fue un viejo del campo, jornalero y curtidor. La Marisa maestra jubilada de escuelas rurales. Se conocieron un día que en el que el desvelo por las tareas burocráticas la llevó a levantarse tarde y no tuvo otra opción que pararse con el guardapolvo blanco a hacer dedo en el camino de tierra a unos veinte kilómetros de la escuela. El Tito pasaba y la levantó en la Ranchero. Nunca más se separaron.
Los que van a misa saben que después del saludo de la paz falta poco para que termine. La mayoría de la gente se quedó saludando al párroco porque había cumplido años hacía poco, la Antonia quiso quedarse para pedirle la bendición pero el Heraldo con la mirada fiera dio la orden de retiro. Salieron a tranco corto y a las chuequeadas. El Tito los alcanzó a saludar, tocó la virgen de la entrada, se persignó con esperanza y se fue también a tranco corto y a las chuequeadas, solo.
La semana se fue volando. El Heraldo siguió manducando fritanga temprano y la Antonia regó los zapallos de noche todos los días. De repente era jueves y llovía con sol, ella salió a sacar la ropa de la soga y él estaba sentado bajo techo en la galería dejando pasar el tiempo cuando le dieron ganas de ir a jugar a la quiniela. Hoy sí vieja, agarro los cuatro números y nos vamos de vacaciones. La Antonia lo escuchó nomás y siguió separando los broches, no le dió bola porque el Heraldo vivía de vacaciones.
A él le encantaba ir a la quiniela de la niña Rosario porque tenía una ruleta en la que apretaba un botón y se prendía una luz que pasaba por todos los números dando vuelta hasta que se frenaba en uno. Ese día repitió la tirada cuatro veces y armó uno para jugar a las cuatro cifras.
Hoy estamos de suerte Rosario, le dijo haciéndose el canchero. Para vos será Heraldo. Esta mañana pasó la Lita y dijo que se murió la Marisa del Tito, dice que hacía como una semana que la internaron en Córdoba. Todos los días lo veo a este viejo y no fue capaz de abrir la boca. Siempre con el 901 y en la puta vida sacó nada, dijo la Rosario queriendo para terminar la conversación y casi que burlándose de la suerte del Tito.
Ni las cáscaras de los huevos criollos que a veces se le caían a la Antonia en la fritanga le atravesaron tan fiero la garganta como las palabras de la niña Rosario.
El Heraldo se atuvo nomás a jugar los números y dijo que no se había enterado de nada.
A la vuelta el viejo caminó las cinco cuadras callado. Lo saludaban los vecinos y él les regalaba una cabeceada con una sonrisa falsa y un ademán. Lo único que hacía era pensar en el Tito.
El Tito se enteró a la madrugada estando en la casa, a doscientos kilómetros de la Marisa.
El Tito jugaba todos los días al 901 porque era el número de la patente de la Ranchero con la que se encontró con la Marisa la primera vez, esperanzado de que la suerte le diera unos mangos para pagarse el pasaje a Córdoba y poder verla.
El Tito estaba por cumplir los cincuenta y tres con la Marisa en agosto. Era junio.
La vuelta del Heraldo fué tan silenciosa que tampoco se enteró la Antonia que ya estaba en la casa de nuevo. Entró a lampacear la pieza y lo vio sentado en orilla de la cama. Con poco volumen le contó a la Antonia lo que había pasado. Vamos a lo del Tito, dijo la Antonia; fría y sin ánima, pero algo pesado le había recorrido el cuerpo.
Hoy.
Hoy no estaba en el fondo regando los zapallos.
Hoy miró el reloj.
Hoy sí le prendió el calefón.
Hoy sí le planchó el pantalón borravino.
Hoy sí le encontró el cinto con la hebilla de plata.
Hoy sí le lustró las botas.
Hoy tuvo, el tiempo justo.
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