Alfonso Moya III un príncipe que nació hace mucho, mucho tiempo, mas allá de las mitologías, y de las historias que nos cuentan sobre la humanidad, en un momento atemporal donde todo sucede, existe una ciudad llamada Thalarion, la Ciudad de las Mil Maravillas, donde residen todos aquellos misterios que el hombre ha tratado siempre en vano conocer, la Tierra de los Placeres Inalcanzados. Una ciudad muy lejana, misteriosa y desconocida. Alfonso se desarrollo con sus padres, Rodrigo Moya III, un rey con un carácter mandativo y estricto, pero que satisfacía todas las necesidades adquisitivas de sus hijos. Mandaba y establecía todas las leyes del Reino, era la voz de la responsabilidad, del trabajo, la lógica y la razón.
Su padre le solía contar de niño como eran los Reinos de Thalarion, le decía que era el hogar de los dioses y la tierra de desconocidas ciudades de oro. Sus selvas estaban formadas por aloe y sándalos, entre los árboles revolotean hermosos pájaros haciendo sonar sus melodías. En las verdes y floridas montañas de Thalarion se hallaban templos de mármol rosa, embellecidos con gloriosas y hermosas estatuas pintadas y esculpidas, albergando en sus patios y jardines frescas fuentes de arcoíris que complementan con la música encantadora de las perfumadas aguas que proceden del río de las mareas eternas. Y las ciudades de Thalarion están circundadas por murallas doradas, y sus calles son asimismo de oro y diamante. En los jardines de tales ciudades hay extrañas orquídeas y lagos perfumados, mientras que sus lechos y arboles son de color ámbar. En las noches, las calles, los jardines y los arboles se encienden naturalmente como bellas linternas resplandecientes.
Su madre Mónica, una Duquesa amorosa con el pueblo, era la voz del perdón, de la naturaleza, del amor y de la conciencia.
Su madre le solía contar a su hijo Alfonso historias que se contaban sobre que había tras esos hermosos y sorprendentes muros de oro y diamante. Su madre le mencionaba que nunca podía ir mas allá de esos muros, pues todo aquel que sobre pasa los límites del Edén de Thalarion no regresa jamás.
Decían que tras esos muros sólo habitan demonios y seres enloquecidos que han dejado de ser humanos, calles repletas con los huesos mal sepultados de quienes han contemplado el espectro de la “Ciudad sin nombre”, que rige sobre la ciudad de Thalarion. Alfonso debía haber sabido que los árboles y la vida silvestre tenían sus motivos para evitar la ciudad sin nombre, la ciudad de la que se habla en extraños relatos, pero que no ha visto ningún hombre vivo.
Sus padres trataban de evitar a toda costa que uno de sus hijos pudiese conocer alguna vez la “ciudad sin nombre”. El destino de Thalarion estaba en las manos de los reyes, pero sabían que tarde o temprano uno de sus hijos desobedecería la regla más importante.
El príncipe Alfonso era el segundo hijo, ya que tenia un hermano mayor que seria el heredero de su padre y portaría la corona. Su hermano Rodrigo Moya IV un príncipe aferrado a la corona de su padre, estaba dispuesto a conseguirla de cualquier manera, siempre llevo una relación de competencia y recelo con Alfonso ya que el, se estaba preparando, así como intelectual, espiritual y físicamente para el día de la entrega de la corona y ser elegido por su padre.
Su hermano rodrigo no solo estaba aferrado a la corona de su padre si no también ambiciosamente de conquistar las demás ciudades de Thalarion. Su hermano era dedicado, serio y estaba totalmente centrado a lo que realmente quería. Mientras que Alfonso, cuyas dudas iban más allá de lo que podía responderse, podía notar cierta insatisfacción con ciertas ideas de la dinastía, se daba cuenta de la insignificancia que tenia ser rey o portar alguna corona.
Alfonso con el tiempo prefirió abandonar la idea de ser rey, puesto que la responsabilidad de ese mundo le parecía vana y sin sentido. Él sabía que existían misterios en Thalarion mas importantes que simplemente reinar ahí. Quería explorar todas las zonas más fantásticas y misteriosas de la infinita ciudad. Sabía que podía vivir en un sueño eternamente como alguna vez le contaron de niño. Alfonso muchas veces creía que la vida de “sueños” menos material, es nuestra vida más auténtica, y que nuestra vana presencia en este mundo humano, es en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual. A sus padres les comenzó a molestar la idea de que Alfonso no luchara por los ideales de la familia, le mencionaron que los sueños eran peligrosos al igual que los Muros de Thalarion; que el mundo de los sueños albergaba obscuros rincones de la mente que podían acabar con su realidad tal y como la conocía.
El príncipe comenzó a tener la loca idea de que sus padres intentaban ocultar algo. Una terrible y obscura verdad sobre la ciudad de Thalarion, sobre su propio reino, y sobre su posición en esta realidad. El muro podría significar otra cosa, el reino de Thalarion podría ser otro cuento creado por el, podría ser que Thalarion no sea más que la “ciudad sin nombre” que tanto le han prohibido visitar, ese lugar donde todo aquel que entra, no puede salir, esta condenado a vivir aquí y ser mandado bajo ridículas leyes naturales y normas humanas sin sentido. Puede ser que Thalarion no sea mas que un obscuro sueño pintado con hermosos colores y personas formales y alegres sin razón aparente, suplicando por despertar, por ser libres.
El príncipe Alfonso decidió cruzar el muro a través de sus sueños, una forma inteligente de no contraponer las reglas y normas de sus padres. Una noche mientras dormía, el príncipe apareció al instante en medio de la hermosa y paradisiaca ciudad, observo de nuevo, con mayor detenimiento, y vio que la ciudad era la mayor de cuantas hubiera conocido o soñado antes. Pudo observar una costa bella y brillante, repleta de flores de todos los colores, en la que, hasta donde alcanzaba la vista, podía ver hermosas arboledas, radiantes playas y ciudades al sol del mediodía. Sonaban de fondo canciones y acordes de perfecta armonía, entremezclados con leves risas, tan relajantes y hermosas que olvidaba todo estrés pasado.
El príncipe Alfonso rápidamente pudo ver el muro a kilómetros, una barra inmensa e imponente de oro y diamante hermosamente arquitectónica y que lo incitaba a cruzarla. Mientras Alfonso recorría los hermosos rincones de su sueño se daba cuenta que no era muy diferente al verdadero Thalarion, de hecho, no existía mucha diferencia a lo que le contaron alguna vez de la ciudad y del muro. Todo era realmente perfecto y extravagante. Al llegar al muro, el príncipe lo pensó dos veces antes de cruzarlo; la voz del perdón, del amor y la conciencia aparecían en él, era su madre tratando de evitar que lo cruzara. Su padre, la voz de la inteligencia, la razón aparecía flotando en el pidiendo que regresara a Thalarion y terminara su cometido como futuro rey.Alfonso cruzo el muro, y lo que pudo hallar era algo inmensamente increíble fuera de sus expectativas, una escena totalmente indescriptible fuera de la explicación del lenguaje y a la vez una total y triste decepción.
El príncipe perplejo lo supo al instante, intento cerrar los ojos ante tal impacto y quería desaparecer de ahí, pero era muy tarde. Thalarion era simplemente una ilusión, un pensamiento suyo creado con los ideales que creía tener de su familia. No era más que ese rincón obscuro de su mente que siempre intento evitar, pero paradójicamente siempre busco. Thalarion no existía, no existía reino, no existían ideales, normas, ni mundos como alguna vez le contaron. Era demasiado tarde, el príncipe había descubierto la terrible y espantosa verdad de la cual sus padres lo quisieron proteger toda su vida. El príncipe se volvió por primera vez consiente del peso de su propia libertad, quedo desterrado del reino de los sueños y nunca más podrá volver. El príncipe despertó…
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