El protocolo Híper – Glass

El mundo entero reclamaba sus cabezas. De los científicos y técnicos que habían utilizado las últimas reservas de fósiles combustibles de los principales países productores del mundo, en el megaproyecto de salvamento mundial más ambicioso que se haya concebido durante toda la historia de la humanidad, no se tenía ni la más remota idea.

Entre que aquello había comenzado, como un germen de genialidad en las cabezas de algunos cráneos físicos, ignoto por aquel entonces, y los catastróficos resultados que habían tenido, no había mediado un lapso muy extenso, considerando los tiempos de la ciencia. Pero el mundo se había transformado en un infierno de calor agobiante, que hacía el aire irrespirable.
Poblaciones enteras habían perecido, calcinadas en el más desesperante de los casos; asfixiadas en el más benevolente. Las fuentes de agua potable se agotaban más aceleradamente cada vez. Y los desalinizadores y potabilizadores no daban abasto con lo que quedaba de los océanos. Amén de que la plutocracia que había reemplazado muy rápidamente a las de por sí débiles democracias y dictaduras satélite, fue destruido por la más implacable de las anarquías. Pero la supervivencia pronto devendría en anomia: el final era patente.
Cuando el onanismo puberto se había decidido por fin a soltar su apéndice de placer, las potencias económicas mundiales habían salido por fin de la crisálida, y se habían posicionado seriamente acerca del planeamiento impostergable de defensa del hábitat y el planeta, no porque hubieran hecho una toma de consciencia honesta y madura, sino porque asumieron que no hubieran podido seguir explotando el páramo yermo en que se convertiría el mundo, sin habitantes, si no daban un giro de ciento ochenta grados y resolvían el entuerto.
No quisiera extenderme acerca de los innumerables proyectos que se presentaron durante aquellos años decisivos para la historia de la humanidad. Y de los seis que se consolidaron como protocolos de emergencia mundial, el primero fue el que nos condenó a todos a la extinción: construir y poner en órbita una lente de proporciones colosales alrededor del planeta Tierra, que absorbiera las partículas estelares y una pantalla que concentrara y transformara los rayos ultravioleta en energía libre y de uso ecológico, que desde luego se privatizarían más adelante, pero que potencialmente provocarían un reverdecer de la vida y la diversidad mundial. Tampoco voy a profundizar en detalles acerca de los encendidos debates que se dieron a favor y en contra de la medida, baste decir que lo que acabó ocurriendo, sólo fue advertido por un físico argentino de un perdido pueblo litoraleño, cuyo nombre no recordé en su momento, aunque luego volviera tantas veces a mi memoria, así cómo la soberbia con que nos reímos de sus conclusiones. Lo que dijo, y sucedió al poco tiempo, fue que la lente corría el riesgo de darse vuelta y el cristal expandirse si el calor lo sobrepasaba, cuando el combustible fósil que la propulsaba y lo mantenía refrigerado se agotara definitivamente. Así empezó el calvario: la lente girando siempre convergente de cara a la Tierra, arrasando con los rayos concentrados del sol el legado de la humanidad.
El contraprotocolo decidió aplicarse imperdonablemente tarde -tal cual siempre sus decisiones globales-, por el GMM, Gobierno Mundial Mancomunado, al que la conspiranoia insistía en seguir llamando Nuevo Orden Mundial. Iban a destruir la lente con un estratégico lanzamiento de bombas nucleares; la razón de esta tardanza era la posibilidad cierta de que los restos de cristales de tungsteno y arquiatita, el mineral vítreo más resistente descubierto por el ser humano, penetraran nuestra atmósfera y se precipitaran sobre nosotros. Pero ese último escollo también había sido salvado: por fin habían logrado calcular estrictamente la forma de reducir los daños al mínimo. El veintisiete de enero de dos mil ventiuno, el controprotocolo oficial sería aplicado; al día siguiente, una sola ciudad mediterránea de Argentina desaparecería para siempre de la faz de la tierra, y con ella sus habitantes, entre quienes se encontraba aquel odioso físico que nos puso en ridículo: Aguasbravas era el menor de los daños colaterales.
Soy el último técnico vivo que participó en la elaboración del Protocolo Hiper Glass, a los demás los ejecutaron, y sé que no me va a temblar el dedo a la hora de apretar mi botón.
Todo sea por la salvación.

Etiquetas: aguasbravas lente

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