No fue un día cualquiera, no uno de tantos, a cierta edad los días difieren menos por los hechos que por la inclinación de la luz. Todos los días eran iguales, Venancio medía las semanas por costumbres ajenas, el punto de inicio de semana lo marcaba el ruido de los vecinos del piso de abajo: jadeos, respiraciones alteradas, estertores y suspiros; era sábado por la noche; al día siguiente domingo, siesta de doce y aperitivo en el bar de aquella pareja de chilenos cuya inexplicable destreza para el ternasco había alcanzado, en su memoria, la dignidad de un rito. Rebanada de pan, berenjena, pimiento verde y una mínima chuleta, combinaciones así bastan para justificar la inmigración de todo un país.
A los 70 años ya quedan pocos sobresaltos en la vida, pero aquel día Venancio viviría toda una sorpresa. De vuelta a casa, esquivando zombis con móviles por el paseo central observó que su sombra parecía que había envejecido más que él. Se detuvo un momento a observarla, no la reconocía, una sombra inclinada, atrófica, de gestos lentos y pesados, esa sombra no era la suya, una figura encorvada y torpe, fatigada por una vejez que él todavía no sentía del todo en el cuerpo. Venancio conservaba aún cierta obstinación en el andar, una reserva mínima de energía; aquella sombra, en cambio, parecía arrastrar siglos de cansancio. Continuó su camino sin perder por el rabillo la mancha que le acompañaba. Ya en casa y libre de sombra, como todavía no conseguía tranquilizarse, dejó su refugio en el sofá y se encaminó hacia el largo pasillo, encendió la luz y se plantó ante su sombra reflejada en el suelo.
—No deberías mirarme como a un extraño —dijo la sombra.
Venancio se sujetó a la pared con una mano, mientras con la otra se rascaba la cabeza. Estaría enfermo y no se daba cuenta, tendría fiebre y deliraba, alguna enfermedad le hacía ver alucinaciones. No se atrevía, pero con inseguridad y voz temblorosa Venancio respondió:
—¿Desde cuándo hablas?
—Desde antes de que empezaras a olvidar nombres, pero nunca me has preguntado.
—No puedes hablar, sólo eres mi reflejo —murmuró Venancio.
—No. Te equivocas, soy mucho más que un reflejo, soy tu porvenir acumulado.
Porvenir acumulado, qué significaba eso. Aquella frase lo inquietó más que cualquier diagnóstico médico. Apagó la luz y se fue a la cama, durmió a pierna suelta.
Al día siguiente le ronroneaba una inquietud que no terminaba de saber su razón. Había tenido un sueño extraño sobre su sombra envejecida, pero los sueños nunca le acarrearon preocupación alguna. Instintivamente evitó encender luces, evitó reflejos e incluso evitó verse en el espejo. Pero la calle era otra cosa, no podía controlar la luz de la calle y de nuevo, su sombra envejecida. Ya no distinguía entre el sueño y la realidad, se preguntaba cómo podía su sombra envejecer mas que su cuerpo y sobre todo, ¿había hablado con su sombra?
No pudo aguantar la tentación, se encaminó hacia el pasillo y encendió la luz. Se quedó mirando fijamente su sombra y con más curiosidad que miedo preguntó:
—¿Por qué envejeces más rápido?
La sombra guardó silencio, todo era una confusión, qué hacía él plantado en su pasillo hablando a un reflejo. Suspiró como quien se quita un peso insoportable de encima.
—Porque alguien debe hacerlo primero.
No sabía si echar a correr o gritar. Tras un silencio prolongado, Venancio comprendió. Se estaba acercando el final. Cada dolor que todavía no sentía ya había sucedido en ella. El temblor futuro de sus manos, la doblez de las rodillas, la opacidad de los ojos, el lento deterioro de la memoria… todo aparecía antes en aquel reflejo oscuro que lo precedía como un borrador del tiempo, como un preámbulo anunciador. Entendió que era una oportunidad, no podía dejar escapar aquella ocasión.
—¿Cuándo moriré? —preguntó.
La sombra pareció sonreír.
—Eso depende de quién de los dos esté soñando con el otro, mientras sueñes conmigo, queda tiempo.
Despertó sobresaltado, salió de la cama y encendió la luz del pasillo, no había sombra, no tuvo miedo, pero por primera vez en su vida se sintió verdaderamente solo.
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