Salíamo to’ los días a las cinco y media. Acordábamo irno juntas después de chismeá un buen rato. Cuando mi amá me cambió de liceo, un carajito me puso “Soledad”, por el nombre del pueblo.

En el Tomás de Heres conocí a J. Su amá limpiaba casas. Su hermana era negra-negra. En cambio J era negra-clara: tenía la piel del papá, pero el carácter de la Rosa. Su abuela estaba loca; J decía que tenía esquizofrenia.

—¿Qué e’ eso, J?

—Problema de la cabeza. A vece habla sola y se ríe de repente.

J vivía con su familia en La Sabanita; eran ocho en la casa. Yo en Los Coquitos. Mi amá trabajaba de costurera en una fábrica y yo cuidaba a mi hermana chiquitica desde que papi murió.

J y yo cogíamo camionetas distintas al salí de clase. Teníamo que í al Paseo y como nos comíamo el pasaje en pan, mortadela y coca-cola, nos tocaba caminá majomeno veinte cuadras.

—Dios proveerá, decíamo.

Nos gustaba vé las zapaterías de la calle Venezuela o meterno en el Génesis a roba’no pintura de uñas y labiales. Nunca teníamo real pa comprá. La caminata era puro chismoseo sobre la Yudenri, la Leiner, la María. Si había pasao algo emocionante agarrábamo la avenida larga; si no, el atajo corto. Pasábamo por la Casa de San Isidro y el Jardín Botánico.

Como ella tenía novio y yo no, a mí me gustaba oí los cuentos que me echaba: que si le tocaba las tetas, que si se sentó encima y le puso el culo pa que se lo agarrara, que si le sintió el pipe.

Un día nos gastamos otra vez el pasaje.


—Vas a ve’ que vamo a encontrá. Pidámole a cualquier viejo. Ábrete la chemís un poquito y deja que se te vean las tetas.


—Pero si no tengo, J.


—No importa, muchacha. Hazme caso. 

—Dale pues.

Llegamo al About Center. A mí me daba miedo pedí real en público, así que le dije que nos fuéramo pa otro lao. Nos metimo en un pasadizo oscuro que estaba al lao. Las tiendas cerrás. Tres o cuatro escaleras en el mismo nivel. Eran casi las siete y media.

—Parecemo unas putas, J.


—¡Shhh! Cállate, que no nos van a da’ ná’.

Se nos acercó un tipo alto, moreno.


—Ése tá bueno, dijo J.


—Ese no, dije yo. Me da pena.


—Ah bueno, chica.

Seguíamo esperando mientras mirábamo las vitrinas: una relojería, una marisquerita, una de ropa, una de deporte… Nadien venía. Todo estaba solo. Apenas se veía la salida.

De repente se acercó un señó. 

—Las tres B: bigote, bajito y barrigón, dijo J.


—¿Qué hacen aquí, carajitas?


—Señor, vea, lo que pasa es que nos robaron. Ahora no tenemos pasaje pa inos pa la casa. Ella vive en Los Coquitos y yo en La Sabanita.


—Ujum. ¿Y por qué no llaman a su mamá?


—Venimos del liceo. 

Mi amá trabaja y mi apá tá muerto. Lo mataron hace unos años.


—¿Y tú?


—Mi mamá trabaja en Santa Elena. Yo vivo con mi aguela y ella no tiene teléfono.


—Hmmmm. Qué raro. Seguro se gastaron el pasaje en chuchería.


—¡Por Dios que no, señor! Nos tumbaron en el liceo.


—Bueno, les voy a dar mil a cada una. Con eso tienen pa una semana.

—Gracias, señor, de verdad.


—Gracias, nada.

J y yo nos miramos. 

El viejo se bajó el cierre.


—Solo tienen que tocármelo. No muerde. ¡Tranquilas!, exclamó mientras se le vieron los dientes amarillos.

—Una tocadita con las manos y, si quieren mil más a cada una, me lo tienen que besá.

Salí al paso. Le hice señas a J pa que también lo hiciera y nos fuéramo de allí volando. Ella lo acarició un poco más; agarró la piel que colgaba y la estiró como si fuera el chicle que nos compramo en la mañana en la cantina. Sentimos la respiración del viejo cerca.


—Otra vez, anda.


—No. Dénos nuestro biyuyo.

El viejo nos dio dos mil bolívares. Agarré a J de una mano, la jalé y nos fuimo corriendo pa el otro lao del Paseo.

—No vuelvo a hacé esta gracia.


—No exageres, chica. Es más, tenemo que hacelo de nuevo.

A mí me sudaban las manos y me latía la sangre en el pecho, mientras J, recostada en la pared, contaba los reales con una sonrisa en la cara.

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