Cuentos cortos cuánticos.
Salgo cada mañana al parque repitiendo un hábito adquirido. A esa hora el sol no deslumbra: concede. Se posa sobre los bancos con una delicadeza casi femenina, como si supiera que nuestros huesos, ya gastados por el tiempo, negocian con el frío en cada amanecer.
Allí me siento. Siempre en el mismo banco, como si la repetición pudiera convencer al mundo de permanecer estable. Observo. Ese es mi oficio actualmente: mirar cómo las cosas ocurren sin pedir permiso. Pero aquella mañana, sin embargo, algo cambió.
Llegó un hombre. No lo vi acercarse: simplemente estaba allí, frente a mí, como si hubiera emergido de una grieta invisible en el aire. Era viejo, tan viejo como yo. Se detuvo a escasos pasos, me miró con una atención que no era curiosidad, sino reconocimiento.
Y dijo, con una voz que no perturbaba el silencio, sino que lo congelaba.
—¿Necesita algo, señor?
Pensé entonces en aquel gesto irreverente de Diógenes, en su respuesta al poder: “Apártate, que me tapas el sol.” La frase subió a la mente con una claridad casi insolente. Pero no alcancé a pronunciarla.
Porque en el instante en que lo miré de frente, ocurrió.
No fue un movimiento, ni un desmayo, ni un engaño de los sentidos. Fue algo más limpio, más definitivo. Como si la realidad, cansada de sostener múltiples posibilidades, hubiese tomado una decisión.
Yo estaba de pie. En el banco no había nadie; era yo el hombre viejo parado delante de lo que fui.
¿Fue un cambio o una elección? El observador colapsó la señal de onda al verme, y el yo que estaba sentado siguió viajando en una estadística eterna de posibilidades superpuestas.
Desde entonces, no he vuelto a sentarme en ese banco.
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