
Hay etapas que no se repiten, pero que tampoco se van.
El seminario Intermisional San Luis Beltran es una de ellas para mí.
Estuve ahí dos años, y aunque el tiempo pasó y el seminario cerró, sigue siendo el lugar que más ha marcado mi formación. No fue solo un espacio de estudio o una etapa más en el camino; fue un hogar. Un lugar donde crecí, donde aprendí a ser más humano, más consciente de mi fe y de mí mismo.
Hoy ya no estoy ahí, no porque lo haya elegido, sino porque el seminario cerró. Y duele. Duele aceptar que un lugar tan significativo ya no existe físicamente. Lo extraño. Extraño a sus formadores, su cercanía, su manera de acompañar sin imponer, de formar sin apagar. Extraño a los hermanos, la vida compartida, las risas sencillas, las conversaciones profundas que nacían sin planearse.
En el Intermisional me sentí acompañado de verdad. No era perfecto, pero era auténtico. Ahí aprendí que la formación no solo pasa por la exigencia, sino también por el cuidado, la escucha y la confianza. Fue un espacio donde pude ser yo, con mis luces y mis límites, sin miedo.
A veces pienso que hay lugares que Dios usa para marcarnos para siempre. Para mí, ese fue el seminario Intermisional. Aunque ya no exista como institución, sigue vivo en lo que soy, en cómo pienso, en cómo siento y en cómo sigo caminando hoy.
Escribo esto con nostalgia, sí, pero sobre todo con gratitud. Porque hay experiencias que no se cierran: se transforman en raíz.
OPINIONES Y COMENTARIOS