Mi amigo tenía la costumbre de sentarse cada tarde frente a un viejo balcón que daba al oeste en su casa del Vedado habanero. No miraba el paisaje, sino el universo que se mostraba con la luz del atardecer, que para él era una grieta por donde podrían asomarse otros mundos. Allí conversé muchas veces con Ángel, comentando sobre los misterios no aclarados del universo. Dudábamos de todo, de las religiones, de los políticos, de las intuiciones y hasta de los buenos deseos. Pudiera decirse que éramos principiantes, con ínfulas de sabios de todo lo que oliera a desconocido. Roedores del conocimiento sin bases sólidas, pero llenos de esa suspicacia que se obtiene cuando se piensa de manera propia. Reconozco que teníamos un problema; las matemáticas a veces nos dejaban ese sabor amargo que hay detrás de no entenderlas siempre. Pero nos rodeábamos de ellas, aunque no avanzáramos mucho más allá del cálculo diferencial e integral. Pero Ángel me superaba en imaginación.
Había leído cuanto libro explicaba el cosmos: desde los presocráticos hasta los físicos que hablaban de cuerdas invisibles que conforman dimensiones ajenas a nuestra comprensión. Sin embargo, cada lectura lo dejaba más pequeño —me explicaba—, como si su saber fuera apenas una página arrancada de un libro sin término.
Una tarde, mientras estaba solo en su balcón, se repetía mentalmente la frase que lo obsesionaba: “Estamos todavía en la prehistoria del conocimiento”, y ocurrió algo que no quiso admitir, luego, que era un fenómeno mental.
Dejó de sentir el fresco del mar que el aire le traía. Fue, según su narración, como si alguien hubiera expandido la superficie de sus ideas y se las presentara de golpe; manifestándose en un libro que se materializó de manera vaporosa ante sus ojos.
No tenía título. Solo un lomo verde cuyas páginas se abrían unas tras otras.
En la primera página describía un universo sin religiones, donde los habitantes no necesitaban dioses, porque eran capaces de recordar todas sus vidas anteriores con la precisión de un matemático. La segunda hablaba de un cosmos sin materia, donde las leyes físicas eran tan distintas que la palabra “ley” podría ser desconocida. La tercer mostraba un mundo sin vida, pero lleno de formas que imitaban la vida con una fidelidad portentosa. Un mundo de máquinas parlantes.
Ángel miró las páginas unas tras otras, captando solo sus peldaños primeros. Cada una era un universo posible, y cada universo parecía sacrificar infinitas alternativas para poder existir. Cuando me lo contó, una noche de truenos y el olor a lluvia que nos obligó a salir del balcón, me confesó que había entendido que la “realidad no era una respuesta, sino una renuncia de lo que creíamos saber”. Pero llegó más lejos en sus visiones; en una página vio un retrato suyo, sentado en el mismo balcón leyendo el mismo libro, se estremeció. Aquella revelación lo hizo concluir: “El universo que contemplas también te contempla.”
Cerró el libro. El objeto desapareció como si nunca hubiera estado allí.
Desde esa noche, solo regresábamos a su balcón para jugar ajedrez. Era evidente, pensé, que Ángel, en su intento de atisbar el futuro, había adquirido una enfermedad catastrófica. Ver otras realidades.
Con el paso de los días, dejó de buscar teorías probadas. Prefirió las vislumbradas, las que se asoman como sombras al pensamiento. Sabía que cada certeza era apenas una puerta, y que detrás de ella había otros portones por abrir, como una arquitectura infinita donde el conocimiento humano no era más que un preludio.
Mi amigo ya no está en el grupo de los que llamamos vivos. Se trasladó años después de aquel suceso a las profundidades de lo que denominamos muerte. Lo extraño. Era mi compañero de entendimientos y refugio ante las adversidades. Sus ideas cimbran todavía en mi cabeza, y quizás las mías las lleve también por siempre en su navegar de forastero en el universo. Sus cualidades como humano me hicieron siempre pensar que la amistad es un regalo inapreciable. En su velatorio sentí tristeza y pensé, nos encontraremos, y sabía que, en su viajar por los caminos de una sabiduría propia, podría estar en un mundo donde sus certezas fueran sus realidades permanentes.
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