De cara a un lago en el que no se ve la orilla, tratando de clavar la mirada en su más oscuro abismo, algo se detiene allí mismo y, de repente, todo se convierte en un instante. El lago ha desaparecido y solo quedan las sinuosas líneas que enraizan una tierra yerma y seca, una tierra muerta y, sin embargo, con algo que te embelesa, algo que te recuerda a tus orígenes, como si nunca debieras haber estado en otro sitio. Un sol abrasador ciega una vista borrosa por unas lágrimas que brotan con efluvios de colores verdes y azules muy oscuros y pintan tu cara como un lienzo de arte abstracto. Sin entender muy bien qué está ocurriendo, decides empezar a caminar, ya que, a pesar de tener la sensación de haber vuelto, desconoces tu posición. Seguramente seas la única persona que ha estado allí, pero el paisaje desolador que se muestra ante ti no anima mucho a explorar o a intentar llegar a algún sitio. Pasadas varias horas, se vislumbra por fin en el horizonte algo diferente. Al fin, un estímulo en este lugar. Y, sin darte cuenta, estás corriendo a toda velocidad hacia ese otro lugar, como si allí estuviese al fin el lugar al que quieres llegar. Y llegas al fin, desesperado. Cansado de esa tierra decadente, áspera y famélica. Nada puede ser peor. ¿Nada puede ser peor? 

Observas confundido ante ti una línea divisoria en el terreno. Se extiende a izquierda y derecha y no alcanzas a ver su final. Era algo tan perfecto que solo podía ser obra de alguna divinidad o ser superior. O algo así. Y lo era porque, tras la tierra de la que habías huido, esa que aun así te reconfortaba, el paisaje pasaba a ser, al otro lado de la línea, un campo nevado aparentemente infinito. Al poner el primer pie sobre la nieve, caes profundamente y te hundes en ella. Una nieve libre y sin ataduras que trataba de ser un suelo sólido y seguro, y que seguramente lo fuera en algún o algunos momentos, pero tan libre era que ahogaba a cualquiera. Reaccionas y sales a regañadientes a la superficie. Más desolación, pero te contentas con haber reaccionado a la caída.

Al dar el siguiente paso, la nieve dio paso a un suelo de hielo tan duro que se podría construir allí cualquiera de las maravillas del mundo, probablemente todas, y aun así ese hielo resistiría. Era terreno seguro en un paisaje hostil. Hostil por vacío, ya que lo único que veías ahora era ese hielo; ni siquiera había horizonte. ¿Te imaginas un paisaje tan vacío que ni siquiera dispone de horizonte? Pues allí estaba yo, caminando tranquilo por la seguridad que compartía el hielo. Caminando sin sentido, buscando un horizonte. Tenía que ser, por lógica, el primer paso para salir de allí, pues no puede haber salida donde ni siquiera existe horizonte. Podría volver a decir que pasé otras muchas horas caminando, pero hay que recordar que aquello era un instante. A pesar de que mi percepción del tiempo fuese la normal y realmente las horas estuviesen, de alguna manera, escondidas en ese lugar. Como si las horas ya no quisieran serlo porque tampoco hubo nunca nadie allí y, por lo tanto, no tenían utilidad alguna. Pero allí estaban, en tu percepción. Y cuántas horas de repente. No eran nada más que una percepción; es decir, si decimos que agobiaban en cuanto a su número, no era porque estuvieses rodeado físicamente de ellas y te apretasen o algo así, pero era curioso cómo, aun sin su presencia física, allí estaban, agobiándote. Así que no quedaba más que seguir andando, sepultado por las horas y buscando un horizonte. Y no lo encontré. Lo que sí encontré fue otra línea divisoria infinita, tan perfecta o más que la anterior, ya que el hielo paraba en seco ante una superficie acuática. Pero aquel líquido respetaba inexplicablemente aquella línea divisoria. Allí era la mejor manera de definir el estar en otro lugar. A pesar de que, siendo todos diferentes, compartían algo en común: su desolación. Nunca fuiste un gran nadador, pero, al ser aquello un instante, ¿por qué no nadar? Es imposible cansarse en un instante, así que, brazada tras brazada, dejas atrás la seguridad que daba el hielo para avanzar en un terreno que dependía totalmente de ti. Si dejabas de nadar, te ahogabas; si nadabas, conseguirías… ¿seguir nadando? ¿Para qué? Bueno, tampoco había nada más que hacer. Era eso o morirse realmente, así que no fue muy difícil decidirse. Acostumbrado ya a tantas horas, ni siquiera las percibes, y, nadando, vislumbras al fin un horizonte. Y, tras un largo rato más nadando, por fin ves la orilla, y alguien está allí observando. También había cambiado el paisaje, aunque ahora no había línea divisoria. Se perdió en aquel lugar la concepción de otro sitio y, por mucho que nadaras, era imposible acercarse a la orilla. Y no era porque la corriente te devolviera hacia adentro; era como si cada brazada que dabas, en vez de apartar agua, hiciera que apareciese más. Al menos no te cansabas. Y fijas tu vista en aquella persona de la orilla y, gritándole —o, mejor dicho, tratando de gritarle—, te das cuenta de que no tienes voz. No te diste cuenta hasta ese momento porque, ¿quién necesitaba voz en aquel lugar? ¿Y para qué? ¿Para gritarle como un loco a las horas? Pero no te diste cuenta. Y qué sorpresa tan inquietante cuando, fijando tu vista en aquel individuo, una cara familiar se enfoca en tus ojos. Eres tú. Te observas a ti mismo a lo lejos mientras él también mira hacia ti, con una mirada curiosa, como buscando algo en el más oscuro abismo de ese lago.

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