El amanecer en Valdoria no trajo calma… trajo sospechas.
Las campanas sonaron antes de tiempo, quebrando la rutina del pueblo. Algo no estaba bien. Mateo, pálido, con la voz aún temblorosa por lo que había visto la noche anterior, hablaba apresurado frente a la plaza.
—¡No era una sombra cualquiera! —insistía—. Había luz… y oscuridad… juntos.
Los murmullos crecieron como fuego seco.
—Brujería…
—Un mal augurio…
—El fin…
Entre la multitud apareció Elena, una mujer de mirada firme, conocida por su conexión con lo inexplicable. No era una simple aldeana; muchos decían que veía más allá de lo evidente.
—El equilibrio ha sido roto —dijo con una calma inquietante—. Y cuando el cielo y el infierno se rozan… alguien siempre paga el precio.
Mientras tanto, lejos de las miradas humanas, en lo profundo del bosque, Aelira y Kael permanecían ocultos.
Pero la distancia entre ellos… ya no era la misma.
—Debes irte —dijo Kael, caminando de un lado a otro—. Esto no es un juego. Si los tuyos descubren que estás aquí, vendrán.
—¿Y qué harán? —preguntó Aelira, clavando sus ojos en él—. ¿Castigarme por sentir?
Kael se detuvo.
—No entiendes… ellos no castigan… destruyen.
El silencio que siguió fue pesado. Aelira bajó la mirada, pero no dio un paso atrás.
—Entonces quédate conmigo —susurró.
Esa frase… lo rompió.
Antes de que Kael pudiera responder, el cielo cambió.
Una luz intensa descendió desde lo alto, más brillante que cualquier amanecer. El aire se volvió denso, casi imposible de respirar.
Y entonces… aparecieron.
Tres figuras emergieron entre la luz.
Seraphiel, el guardián del orden celestial, con alas doradas y una mirada implacable.
Lirael, una ángel de semblante sereno, pero con una tristeza escondida en los ojos.
Y detrás de ellos… Azrion, el ejecutor.
—Aelira —la voz de Seraphiel no era fuerte, pero dominaba todo—. Has cruzado un límite que no puede ser perdonado.
Kael dio un paso al frente, colocándose entre ellos.
—No se la llevarán.
El ambiente cambió.
La luz chocó contra la oscuridad.
—Un demonio defendiendo a un ángel… —murmuró Azrion, con una sonrisa fría—. Qué ironía tan patética.
Aelira se adelantó.
—No es lo que creen…
—¡Silencio! —la voz de Seraphiel retumbó—. Has sido corrompida.
Kael apretó los puños. La tierra bajo sus pies comenzó a agrietarse.
—No la toquen.
Y entonces, desde las sombras del bosque… algo más despertó.
Una risa profunda, cruel, resonó entre los árboles.
—Vaya… vaya… —la voz era oscura, pesada—. Parece que el espectáculo ya comenzó sin mí.
Del interior de la grieta emergió Malrik, señor de las legiones infernales. Sus ojos brillaban con malicia pura.
—Kael… —dijo con una sonrisa torcida—. Sabía que no eras como los demás… pero esto… esto supera todas mis expectativas.
Aelira sintió el miedo por primera vez.
No por ella… sino por Kael.
—Entrégala —ordenó Malrik—. O demostraré por qué el infierno no hace pactos.
—No —respondió Kael, sin dudar.
El aire explotó en tensión.
Dos mundos. Dos fuerzas. Dos destinos.
Y en medio… ellos.
Seraphiel alzó la mano.
Malrik sonrió.
—Entonces… que comience la guerra.
Un estruendo sacudió el bosque. La luz y la oscuridad chocaron con una violencia imposible de contener.
Aelira gritó.
Kael la tomó de la mano.
Y en ese instante, comprendieron algo aterrador…
Su amor no solo estaba prohibido.
Era el inicio de una destrucción que nadie podría detener…..
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