
El hombre avanzaba por la calle empedrada sin más compañía que la brisa leve que parecía empujarle sin apuro, aunque tampoco con demasiada voluntad, las losas desparejas hacían que el bastón golpeara con un sonido irregular, casi una conversación entre el hombre y la piedra, qué me dices, que sigas, qué te digo, que me canso, pero seguía, porque la marcha era lo único que le quedaba, no había destino, no había propósito, solo la necesidad de moverse, tal vez porque quedarse quieto era admitir el peso del tiempo, la falta de alguien que esperara al final del camino, y sin embargo seguía, empujado por la costumbre o por el instinto, por el eco de pasos antiguos que una vez fueron suyos y que aún resonaban en las esquinas, dobló la calle sin pensarlo, era esa esquina la que tomaba siempre, no porque quisiera, sino porque era la esquina que se dejaba doblar, una curva en la que el mundo no le exigía decisiones, el mundo ya estaba decidido por él, entonces avanzó un poco más, a la derecha una tienda con la persiana a medio bajar, dentro el dueño miraba un televisor viejo, afuera el polvo de los días se acumulaba sobre la madera de la entrada, nadie barría, nadie limpiaba, nadie parecía notar que todo se volvía una pátina gris, siguió caminando, pasó junto a la fuente de la plaza, el agua apenas goteaba porque hacía tiempo que el municipio no se ocupaba de revisar las bombas, pero allí estaba, como un testimonio de la persistencia, el agua no era un chorro, era apenas un murmullo, pero seguía, igual que el hombre, qué te digo, que sigas, qué me dices, que no te canses, pero el hombre se cansaba, y lo peor era que no tenía dónde sentarse, los bancos de la plaza estaban ocupados por sombras, figuras que parecían tan detenidas como las estatuas, respiraban, sí, porque las estatuas no fuman, y ellos tenían cigarrillos encendidos entre los dedos, apenas un par de caladas, el resto era ceniza, ceniza que caía sin prisa sobre el suelo cubierto de hojas secas, quiso sentarse pero supo que no era bienvenido, siguió caminando, avanzó hasta el final de la plaza y se detuvo frente al edificio de piedra oscura, lo conocía, había estado allí antes, muchas veces, demasiadas, empujó la puerta, la madera crujió como si también ella estuviera cansada, adentro el aire olía a papel viejo, a tinta seca, a tiempo detenido, avanzó entre los estantes con la seguridad de quien sabe que los libros no muerden, que no se ofenden si se los deja en el mismo sitio por años, tomó uno al azar, no importaba el título, tampoco el autor, lo abrió, las palabras estaban ahí, esperándolo, una fila de hormigas dispuestas a ordenarse bajo su mirada, leyó la primera frase y sintió que algo se movía en su interior, una chispa de reconocimiento, tal vez era su propia historia la que estaba escrita allí, tal vez no, pero en ese instante, solo en ese instante, tuvo la certeza de que aún tenía algo por hacer, entonces se sentó y siguió leyendo.
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