La explosión le retumbó en los oídos, le jaló el cuerpo del camastro y le desacomodó los pensamientos. Ya no temblaba de miedo, pues hacía mucho tiempo —tanto tiempo que no se acordaba cuándo había comenzado— que las cosas explotaban a su alrededor. Una vez habían tenido una casa que, como todo, había sido cruelmente estallada. Él se acuerda perfectamente de ese día, pues además de las paredes y las ventanas hechas mil pedazos, también había sido despedazado su padre. Lo vio en lo que antes había sido el baño, tirado en el piso, cubierto con el mismo polvo fino que todo lo demás, sangrando por la cabeza, sin una pierna y sin vida, con los ojos aún abiertos y una mirada de impotente desesperación. ¿Cuál había sido su último pensamiento? ¿La muerte habría sido una amiga piadosa o se había acercado a él como un perro rabioso que acecha a una presa?
Ahora vivían donde podían, corriendo de la guerra, huyendo de la guerra. La ciudad funcionaba como una cárcel inevitable, violenta y sin recursos. Dormían en edificios abandonados y en ruinas, porque a nadie se le ocurriría tirar un misil en un lugar despedazado. Solo que sí. Los integrantes de las guerrillas se metían en la ciudad como cazadores hambrientos y despiadados y jugaban a matar. Por eso no podían parar de moverse.
Su familia ya no existía, como ya casi nada existía en ese lugar.
Compartía sus días con Amir, un niño de 10 años; Roham, de 14; y Maryam, de 13. La guerra y la supervivencia los habían convertido en cuerpos raquíticos y ojerosos. Habían creado una alianza que los mantenía vivos.
Ahora estaban en el edificio que antes había sido la biblioteca nacional. Se habían acomodado en el sótano, un lugar seco y lleno de escombros que les servía de refugio. En realidad, los días eran bastante calmos, salvo por el miedo que flotaba alrededor de ellos como una nube espesa y pesada que a veces no les dejaba ver más allá de unos pocos metros. Comían lo que podían. Se turnaban para llegar a los puestos de abastecimiento de las ONGs, donde un par de extranjeros limpios y regordetes los miraban con lástima y les llenaban los brazos con botellas de agua limpia, pan y conservas. No les decían nada, porque en esos puestos casi nadie hablaba árabe. Algunas veces habían intentado arrancarlos de los escombros y llevarlos a no se sabe dónde. Ellos se resistían, porque preferían vivir en su casa, aunque estuviese despedazada e insegura.
A veces encontraban libros casi enteros y Roham, que era el único al que le habían enseñado a leer, se los contaba. Él se acordaba de uno en particular, que hablaba de piratas y mares color turquesa, tesoros y aventuras. Se lo había vuelto a pedir una y otra vez hasta que se lo aprendió casi de memoria y ahora era su única pertenencia.
De vez en cuando se cruzaban con otros que, como ellos, huían: más viejos, algunos casi muertos. Esas personas todavía rezaban, en oraciones repetitivas y con esperanza. Si los días estaban muy tranquilos, se daban el lujo de relajarse y prendían un fueguito que alimentaban con pedazos de madera y libros. Entonces cantaban y bailaban algunas canciones que habían escuchado de sus padres, y el calor les volvía al cuerpo y a las mejillas, y no les importaba tanto el peligro. Así, deambulando y sobreviviendo, pasaron años, sí, porque la guerra, tan lejana para nosotros, se aferra a algunos lugares con la fuerza de mil dioses, los mismos que la causaron.
El calor del amor igual lo había encontrado, ahí, en medio del desastre, y ya no podía mirar a Maryam sin sonrojarse hasta los pies. Ese sentimiento se robaba sus días, y andaba como un tonto, tropezando e intentando que ella no se diera cuenta de que ahora era la única cosa en la que podía pensar. Fue en esos días que por primera vez se imaginó el futuro como algo manipulable y real.
Cuando se subieron al camión, todavía no estaban seguros de que habían hecho lo correcto, porque lo desconocido era casi tan aterrador como la guerra.
Ahora llevan una vida normal. Sus hijos crecen fuertes y seguros, y él espera que nunca consigan ni imaginar la sombra de aquello que alguna vez vivió. Pero de vez en cuando, cuando llegan a la bonita casa que compraron con sus trabajos corrientes, cansados de la gente y perdidos en ese mundo al que no pertenecen, abrumados de rutinas, se abrazan con desesperación y recuerdan con culpa aquellos días de libertad, aquel espacio que les pertenecía y que alguien les había robado. Y, hablando bien bajito, para que aquella sombra no se escape por debajo de la puerta y alcance a sus hijos dormidos, cantan esas canciones y vuelven a ser niños flacos y sonrojados.
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