El derrame empezó, como siempre, sin motivo. Una tarde de martes, o miércoles, a quién le importa. El calor aplastaba desconsideradamente las paredes de mi cuarto, y el gato, ese desgraciado de pelaje anaranjado que había aparecido un día y nunca se fue, estaba encima de la mesa, lamiéndose una pata. Y entonces vi la primera gota. Roja. Brillante. Caía brutalmente de la punta de su oreja y se posaba sucuramente en el polvo de la mesa como un pequeño rubí de mala muerte.
«¿Qué diantres es esto?» le dije. El gato ni me miró. Se limitó a seguir lamiéndose su pata, indiferente. Como siempre.
Al día siguiente, el maldito gato era una fuente. Un santo gótico lamentable que sangraba por todas partes. Gotas de la cola, del lomo, de la nariz. Manchaba estrepitosamente el suelo de linóleo agrietado, mis pantalones, los periódicos amontonados que servían de mesa. El apartamento oloraba penetrantemente a cobre y a abandono. Pero el gato seguía igual. Se estiraba, bostezaba, me pedía comida con ese maullido insistente que te perfora dolorosamente el cráneo a las seis de la mañana. No tenía fiebre. No estaba decaído. No se le caía el pelo. Solo sangraba. Como si su cuerpo se hubiera cansado vilmente de contener su propia esencia y decidido regarla por todas partes.
Fui a la veterinaria del barrio, una mujer con ojos cansados y bata blanca manchada de quién sabe qué. Le describí el fenómeno. Me miró despectivamente por encima de sus gafas como si le estuviera contando que mi sofá volaba. «Tráigalo,» dijo, con un tono que decía abruptamente «y no me hagas perder el tiempo».
Volví a casa, metí al gato en una caja de cartón y lo llevé de vuelta. La veterinaria lo examinó, le tomó la temperatura, le palpó el vientre. El gato, durante todo el proceso, dejó un rastro de pequeñas manchas rojas sobre la mesa de acero. Parecía una obra de arte moderna deplorable. La veterinaria se frotó la frente. «No hay nada,» dijo al final. «No tiene heridas. No tiene parásitos. No tiene… nada. Está perfectamente sano. Demasiado sano, para ser verdad.»
«¿Y la sangre?» pregunté.
«Eso es lo que no tiene sentido. Es sangre real. Tipo O. Pero… no viene de ninguna parte. Es como si simplemente se materializara inexplicablemente en su piel.»
Me fui con el gato en brazos y el diagnóstico en la mano: «fenómeno inexplicable». Qué gran ayuda. De vuelta en el apartamento, me serví un whisky y me senté a mirarlo. El gato saltó a mis rodillas, se acurrucó y empezó a ronronear. Sentí el calor húmedo de su sangre empapándome los pantalones. Era cálido. Vivo. Y el gato estaba feliz. El desdichado gato estaba feliz.
Los vecinos empezaron a murmurar. La vieja del 3B me miraba reprobatoriamente por encima del pasillo y se persignaba. El tipo del 1A, un tipo de corbata y cara de simple, me preguntó si no podía «hacer algo al respecto». «¿Qué quieres que haga?» le respondí. «¿Ponerle un pañal?»
La vida continuó. El gato seguía sangrando. Yo seguía bebiendo. A veces, por la noche, me sentaba en el suelo con la luz de la farola entrando por la ventana y veía las gotas caer en un ritmo lento y constante. Un goteo de vida. Un goteo de esencia. Un goteo de la nada. Y me reía. Me reía a carcajadas en el silencio de mi cuarto. Porque en este mundo de alquileres impagables y trabajos miserables y sueños rotos, ¿qué era un gato que sangraba sin morir? Era solo una cosa más. Una cosa más que no tenía sentido. Y quizás por eso encajaba tan bien aquí. Quizás por eso no lo eché. Porque en un mundo lleno de mentiras, un gato que sangra sin razón es lo único que parece real.
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