Pregunta: ¿Usted es de Ánchica?
Respuesta: —¡Véeea!
Mi vida ha dado un vuelco total. Había estado trabajando en Bogotá como profesor, pero las cosas no salieron como pensaba, porque mi compañera enfermó en las alturas y no pudo adaptarse a la ciudad del frío.
El médico se pronunció diciendo que ella es paciente de alto riesgo, puesto que la presión arterial no se estabilizaba y el pulso andaba como caballo desbocado. Por eso era necesario devolvernos hacia la costa.
Después de entender eso del cuerpo humano y ponernos de acuerdo en regresar a nuestra tierra, renuncié al colegio y, bueno, llegamos otra vez a nuestro pueblo. Ahora me tocaba buscar trabajo de nuevo, y fue así como encontré una plaza en Puerto Ánchica, una comunidad que habita entre una loma y el río. En esta comunidad hay un colegio en el que se recorre diariamente el camino del aprendizaje y la construcción de vidas con sueños y metas.
A Puerto Ánchica me fui a vivir de lunes a viernes, y esto me ha permitido conocer un poco de su cultura y su idiosincrasia; me he sumergido en su realidad para entender su cotidianidad. A sus alrededores he conocido muchas veredas y he estado observando el vivir campesino de su gente.
En estas vivencias he aprendido que hablar con un conocido no es decirle “compañero”; es decirle gallo.
—No, gallo, deja eso quieto ahí.
—Tú no oyes, gallo; tú sí eres necio.
—No, gallo, no hice la tarea.
Si en esos meses, conviviendo con los bogotanos, me decían veci y sumercé, ahora acá en Ánchica escucho gallo: que no es un animal, sino un conocido; y este puede ser el vecino, un amigo o un compañero.
El “sí” de afirmación no es simplemente un sí cualquiera. El sí de aquí es un sí con fuerza, con emoción, con determinación y acentuación, que se expresa no con un simple “sí”, sino con un “véeeaa”, como en la música. Es decir, se sostiene como una nota larga y acentuada. Sería como un “véeeaa”, en el que la duda desaparece y la seguridad se vuelve virtud y costumbre, sin posibilidad de vacilación.
Ahora vivo entre el gallo y el vea: es una característica de esta comunidad, de esta región que habita en una de las costillas del río San Jorge y que, además, siembra su esperanza en suelo fértil.
Para llegar a la comunidad paso por Tierradentro; luego cruzo varias quebradas. En el camino tropiezo con San Mateo y El Cairo, y enseguida bajo una loma que me acelera el paso. Al bajar, aparece una curva y luego la calle que atraviesa Ánchica.
Allí vivo con los gallos nobles de una hermandad tan firme como su afirmación, y con un vea certero que destroza la duda. Allí hago bulla con la música, impulso el talento de los muchachos y cultivo con ellos sueños que miran hacia un horizonte mucho más amplio.
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