El Fraile de Engranajes

El Fraile de Engranajes

Yerson Cruz

24/08/2026

Soplaba la gélida noche. Aquella celda de piedra fría, iluminada apenas por un cirio moribundo. En el centro, arrodillado, un hombre. Frente a él, el fraile autómata: hábito de bronce oscurecido, rostro de madera pulida, ojos que no ven pero que el hombre jura que lo miran. El mecanismo, movido por resortes ocultos, alza lentamente un crucifijo hacia sus labios inmóviles.

¿Quién te enseñó, fraile, ese gesto de piedad que no te cuesta nada?

Te veo alzar la cruz como quien alza el sol. Y pienso: he aquí mi salvador, un confesor que no puede condenarme, porque no tiene alma que yo pueda manchar.

He venido a ti porque me puebla un temor hacia los hombres. No temo su furia, fraile. Temo sus ojos. Los ojos de un hombre, cuando saben la verdad, se apartan. Los tuyos no. Los tuyos ni siquiera ven.

Escucha, entonces, fraile bendito. Y no te apartes —aunque no sé si te lo pido a ti, o me lo pido a mí mismo.

Yo…yo… —no. Empecemos de nuevo. Empezar de nuevo, como si eso fuera posible.

Mi hermano confiaba en mí. Eso hay que decirlo primero, porque eso es lo que hace lo demás insoportable. Y yo supe —antes que nadie, antes que él mismo— que el veneno en su copa aquella noche no era el vino agrio que todos culparon. Lo supe porque yo lo puse ahí. No con mi mano, fraile —ese es el consuelo de este inmundo—, sino con mi silencio.

Vi la copa. Vi su mano acercarse. Y no dije nada. Guardé silencio.

¿Por qué? Ni yo lo sé del todo. Envidia, dirán unos. Miedo, diré yo, si soy sincero contigo, que no puedes repetir lo que te confío. Miedo de que él llegara más lejos que yo, de que el nombre de mi padre lo nombrara a él primero. Un miedo pequeño, fraile. Ese es el horror: maté por algo pequeño.

Mi padre nunca golpeó a nadie en este taller. No necesitaba hacerlo. Le bastaba mirar el trabajo de mi hermano, y luego el mío, y quedarse callado un instante de más. Un instante. Eso era todo. Y en ese instante yo aprendí a odiar sin saber que lo estaba aprendiendo.

Mi hermano tenía las manos que yo nunca tuve. No lo digo por piedad hacia el muerto —los muertos no necesitan piedad, necesitan verdad—. Él tomaba una lámina de bronce sin vida y, en días, la hacía doblar los dedos como si respirara. Yo tardaba meses en lo que él resolvía en una tarde. Y cuando por fin terminaba, mi padre decía «bien». A él le había dicho «¡hermoso!».

Nunca hablábamos de eso. Los hermanos rara vez hablan de lo que de verdad les duele. Prefieren compartir el pan y guardarse el veneno.

Yo guardé el mío durante años. Hasta que dejó de caber.

Este taller es mío ahora. Sus herramientas son mías. Sus clientes preguntan por mí, y yo respondo con manos que aprendieron mirándolo a él —y cada pieza que sale bien es una traición más, porque sé, mejor que nadie, de quién aprendí a hacerla.

Hay una marca en tu hombro, fraile. La sentí hace tres noches, bajo el hábito, y desde entonces no he vuelto a tocarla. Pero está ahí. Sé que está ahí.

No voy a decir todavía lo que creo que es. Todavía no. Antes tienes que saber quién era él, para que cuando yo lo diga, entiendas por qué no puedo soportarlo.

Los pasos de afuera se han detenido. O nunca existieron. Ya no sé distinguir, fraile, entre lo que temo y lo que es real. Tal vez esa sea la peor de mis condenas: haber perdido, en algún momento entre el veneno y esta celda, la frontera entre ambos.

El cirio tiembla. Le quedan minutos, fraile, tal vez menos, y contigo se me acaba también el único lugar del mundo donde puedo decir esto sin que nadie me vea decirlo.

Así que apúrate a escuchar, aunque no puedas, aunque nunca hayas podido.

Mi hermano murió con los labios morados y mi nombre en la boca. Eso me lo dijeron otros, no lo vi yo —yo ya me había ido de la sala, fraile, ¿entiendes? Me fui antes de que terminara de caer, porque no soportaba mirar lo que mi silencio estaba terminando de hacer.

Los pasos de afuera han vuelto. Esta vez no voy a preguntarte si los oyes. Ya sé que no.

Y esta vez tampoco necesito mirar tu hombro para saber lo que hay ahí, fraile, porque ya lo vi. Hace tres noches, cuando mi propio dedo encontró el surco y no quiso apartarse a tiempo. Dos letras, apenas, gastadas por el tiempo y por mis visitas: una H, y luego, más borrada, Herrera.

H. Herrera.

Su nombre, fraile. El que yo me he negado a pronunciar en esta celda desde la primera noche que vine. Ahí estaba, todo este tiempo, grabado bajo tu hábito, mientras yo me arrodillaba creyendo que hablaba con la nada.

No se lo dije a nadie. No se lo he dicho ni a ti, hasta ahora, porque decirlo era admitir que cada noche que vine a buscar un oyente sin alma, un juez que no pudiera condenarme, en realidad estaba arrodillándome ante la última obra de sus manos —las mismas manos que dejé perecer.

Así que dime, fraile, hermano, lo que seas: ¿a quién le he estado hablando todas estas noches? ¿Al hierro que él dejó inconcluso, o a él mismo, esperando, paciente como solo los muertos saben esperar, a que yo por fin dijera su nombre en voz alta?

Ya lo dije. ¡Al fin lo dije!

Y no siento el alivio que esperaba, fraile. Siento el peso completo de saber que estas noches no han sido confesión. Han sido una herida nueva, abierta cada vez sobre la misma que nunca cerró.

El cirio se apaga.

Y tú, en la oscuridad que ya no me deja verte, sigues subiendo esa cruz hacia tu boca, con el mismo movimiento de siempre, ciego, obediente, eterno, mientras yo me quedo aquí, de rodillas, esperando no la absolución, que ya sé que no vendrá, sino apenas la fuerza para levantarme y volver mañana.

Porque volveré. Dios me perdone, o no me perdone —volveré.

(Oscuridad total. Solo se oye, en la negrura, el chasquido leve y constante de un engranaje que sigue girando.)

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