Llegamos al pueblo una mañana de sol. Después de descansar del viaje, Teresa y yo salimos a caminar.
Avanzamos hacia el sur por una carretera estrecha que, más adelante, renuciaba el asfalto para convertirse en un camino de tierra seca. Queríamos conocer un cementerio abandonado que todavía conservaba algunas tumbas. Los lugareños lo llamaban simplemente «el cementerio viejo».
Caminábamos entre lápidas, nombres y fechas. Algunas piedras estaban vencidas por la humedad; otras apenas podían leerse bajo el musgo.
En una tumba inclinada descubrí una inscripción:
«Aquí yace Alfonso Urbano, que nació niño y que el tiempo, ese señor extraño, lo convirtió en cadáver».
La leí una segunda vez. Más que un epitafio, me pareció una definición.
Pensé en Alfonso Urbano como en un teorema que todos conocemos, aunque nadie haya conseguido demostrarlo. Porque todos nacemos niños y, sin advertirlo, comenzamos a convertirnos en otra cosa.
Me senté en el primer escalón de la tumba. Teresa permaneció de pie. El viento le desordenaba el pelo y ella intentaba sujetárselo con una mano.
—El tiempo no es un río —dijo de pronto—. Es un editor.
La miré. Había tristeza en sus ojos. No era miedo. Era algo más difícil de nombrar. Volvió a mirar la lápida.
—Y no deja de corregirnos.
No respondí.
Durante unos segundos permanecimos en silencio. Entonces comprendí que aquella piedra no hablaba solamente de Alfonso Urbano. Hablaba de nosotros.
Nos levantamos y emprendimos el regreso. El viento comenzó a mover las hojas secas. Algunas rodaron por el camino, como si alguien nos siguiera. Me volví. No había nadie.
Continuamos andando.
Al llegar a la carretera miré una última vez hacia el cementerio. Desde allí, las tumbas parecían pequeñas manchas grises entre los árboles.
Pensé entonces que quizá Alfonso Urbano nunca había existido. Tal vez era solo un nombre inventado para decir algo que todos sabemos y que, sin embargo, preferimos olvidar.
Quizá había sido niño, hombre y finalmente cadáver, como todos.
Entonces comprendí que el epitafio no terminaba en Alfonso Urbano.
Y por primera vez tuve la impresión de que, en alguna parte, ya estaban grabado mi nombre.
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