El vello perfectamente recortado del pubis se roza contra la piel sintética de la autómata. El chico embiste con ritmo constante, apoya los brazos bien trabajados en el colchón mientras penetra la réplica perfecta de una vulva de mujer joven. Unas gotas de sudor caen de su frente sobre el rostro de ella, se deslizan por sus párpados y acaban sobre el iris azulado, ni siquiera parpadea. LLora de risa capullo, dice la cabra. El chico la aparta de un manotazo y el animal se aleja unos metros haciendo sonar sus pezuñas contra las baldosas. Él sigue a lo suyo, acelera el ritmo y mira el reloj, lleva 18 minutos y medio, todavía no ha alcanzado la marca propuesta.
El chico observa el rostro de su compañera humanoide, qué buen trabajo, cómo se parece a Sofía. Los gemidos y las palabras son una reproducción casi perfecta de su voz, casi. Como apenas habían intercambiado dos o tres audios de voz, la IA no había captado del todo su timbre. De pronto siente un calor que sube desde los testículos, no puede llegar a los 20 minutos, proyecta su pene hacia el vientre y vierte el esperma sobre el ombligo. Un tiempo de mierda, dice con su voz de bestia. Ella afirma que ha sido un polvazo, él le aplasta la boca con su mano empujando la cabeza contra el colchón. Encima se cachondea.
Ya me he corrido por lo menos, podré aguantar más después cuando llegue la Sofía de verdad, se dice. Barre desnudo, su miembro oscila con los movimientos. No la vas a dejar muy impresionada, risas que reverberan en los muros de la vieja casa. Apenas hay objetos que ocupen el espacio, la luz entra muy tenue en el habitáculo, pero el suelo está repleto de briznas de forraje que la cabra ha ido dejando a su antojo. Él reproduce de fondo las listas de canciones favoritas de Sofía, atiende concentrado a las letras. Retira de la mesa algunas latas vacías de bebidas energéticas, el bote de anabolizantes y complejos vitamínicos.
El chico va descalzo cuando la planta de su pie se hunde en uno de los diminutos excrementos que la maldita bestia ha esparcido por la cocina. Vocifera y trata de descargar una patada en las costillas del animal, pero es esquivada con facilidad y éste cae al suelo, con la suerte de acabar con su trasero sobre los pequeños desechos en forma ovalada. Estás cagado de miedo, se jacta triunfal.
El joven maldice por toda la casa, va farfullando. Cuando mira el reloj de su teléfono apenas quedan unos veinte minutos para que llegue Sofía. Abre el grifo de la ducha, deja correr el agua marronácea. Apenas tiene tiempo de secarse. Los espejos empañados dejan ver un cuerpo perfectamente depilado. Acto seguido enciende unas velas, su aroma se funde con el olor a cuadra. Aunque la mona se vista de seda… Ironiza mientras escruta al chico con la raja azabache de sus pupilas caprinas.
Cuando Sofía es recibida en el portal de la casa, los perros de la parroquia están ladrando por todo el valle. Su coche está aparcado a pocos metros, esperando a su dueña bajo una cortina poco tupida de agua que ha humedecido también su melena. Antes de entrar, ella cierra sus ojos y aspira el aroma a tierra mojada y a primavera incipiente. El chico observa sus pendientes y sus rodillas con la piel reseca, eso no lo tiene su autómata. La deja entrar y observa su espalda. Su forma de vestir, claramente es de una chica alternativa, de mentalidad abierta, justo es lo que le gusta.
Sofía se sobresalta cuando vislumbra la cabeza cornamentada de la cabra asomar por el salón, pero tarda poco en acariciar su pelaje sucio y apelmazado. El chico no puede evitar una mueca de odio mientras ella dedica sus carantoñas a la puta cabra. En el sofá ella se descalza y sube sus pies al tapizado. El chico observa el vello no depilado de sus pantorrillas y las durezas de los pies que tampoco tiene la Sofía que guarda en el armario. Abren el ordenador portátil para empezar a trabajar en el proyecto del postgrado en el que se han conocido. Él ni siquiera atiende a lo que ella dice, observa de reojo el oscuro espacio entre el vestido y la cara interna de sus muslos. Sus piernas se tocan, ella no retira su cuerpo, pero parece indiferente al contacto. Sofía pilla de pronto al chico mirando fijamente su escote, pero vuelve de nuevo su vista sonriendo al portátil.
En la cocina, la cabra trastea con una hoya en el suelo. Qué cojones estás haciendo, el chico la reprende en voz baja. Vas a necesitar ayuda, aconseja la bestia. Él sabe a que se refiere. Saca de un cajón unos polvos y los disuelve en la cerveza que ofrece después a Sofía. Ella parece cada vez más desinhibida, abraza al chico y posa la mejilla en su pecho. ¡Estás nervioso! se ríe, el corazón del chico late con fuerza, pero la sangre no llega a su miembro. No huele como esperaba, no besa como creía, es impredecible. No sabe qué decirle, la aprieta contra su cuerpo. Cuidado que me ahogas, le dice entrecortada, con evidente falta de aire.
El chico le ofrece ir a la habitación, ella no se niega. La cabra los observa desde su cama de heno. Ella alaba su cuerpo, él recupera confianza. La cadera de Sofía es escurridiza, su carne se le escapa entre las manos, no es igual de tersa. Le va quitando la ropa, sus bragas están secas. El chico se escupe en la mano y la lleva a su miembro. No encuentra bien la vagina, está algo más abajo de lo que creía. Sofía se ríe y se la agarra para guiarle. Cuando entra en ella, emite un pequeño quejido.
Los minutos pasan, él se entrega como nunca, ya no sabe cuántos llevan. Ella parece fruncir cada vez más el ceño, no gime, no parece reaccionar. El chico titubea, baja el ritmo. La cabra le mira, le adivina una sonrisa burlona. La rabia se apodera del joven. Agarra el cuerpo de Sofía para voltearlo sin previo aviso y dejarla boca abajo en el colchón. Hunde la mano sobre el cabello de la chica y aprisiona su cabeza contra la almohada. Sus gritos amortiguados parecen indicar que estaba más despierta de lo que parecía, pero su energía parece desvanecerse. La cabra se incorpora. Él chico se dispone a penetrar de nuevo a Sofía, pero su miembro está del todo menos duro.
La bestia coge impulso y le embiste a él haciéndole rodar en el suelo de la habitación hasta la cama de heno. Aturdido y dolorido en el suelo, el chico contempla la escena. Las pezuñas de la bestia se parecen cada vez más a unas manos peludas pero humanas, el pelaje parece mutar en una melena canosa, los cuernos se retiran hacia atrás en su cabeza, el hocico se torna en una nariz reconocible y las nudosas venas de su miembro… El viejo cabrón la agarra del pelo y ella acompaña su cadera complaciendo el movimiento de éste.
Las gotas de lluvia se siguen estampando en el coche de Sofía, los perros vuelven a ladrar, el chico piensa que tendrá que enterrarla de nuevo.
OPINIONES Y COMENTARIOS