EL DUEÑO DEL SUR DE LA COSTA ESTE

EL DUEÑO DEL SUR DE LA COSTA ESTE

Me las arreglé para enamorarme un par de veces en estos últimos años, aunque todos esos romances terminaron en tragedia. Nunca he tenido suerte con el amor. Siempre termino con el corazón roto y solo. Pero, a pesar de eso, esta vez he decidido darme la oportunidad con esta chica y la verdad espero que podamos durar mucho tiempo juntos. Ella me gusta mucho, y he decidido dedicarle mi tiempo; a pesar de que en mi familia el trabajo es tan importante que nunca nos queda tiempo para amar. Desde mi abuelo hasta mi generación, hemos tenido el control del mercado que manejamos y hemos ido forjando un imperio que se extiende por todo el norte del país y más allá; y que se fortifica con nuestras cada vez más exitosas relaciones comerciales. Por eso, tengo que estar siempre aquí, en mi oficina, revisando todos los documentos que se necesitan para que esta empresa familiar que manejo no caiga en la ruina; para gestionar todos mis contactos, mis empleados —mis buenos muchachos—, mis clientes y los que aspiran a ser mis clientes. Aunque, todo eso es poco comparado con las «diligencias» de las que me tengo que encargar con respecto a mis enemigos y con el maldito gobierno que me sigue la pista. Me creen tan estúpido como para no darme cuenta de que todos los días hay un puto agente del FBI estacionado «discretamente» en las afueras de mi oficina, en su carro de color gris, con una cara de estúpido atolondrado y cansado. A leguas se ve que el pobre diablo no tiene donde caerse muerto. La verdad es que no entiendo cómo…

Pero bueno, no era de eso de lo que estaba hablando. ¿De qué era? Ah, sí, de los negocios. Hoy he estado desde la mañana encerrado en mi oficina —con mis muchachos custodiando la puerta, claro— porque me interesa cerrar un trato con Giovanni Occhipinti, mi mayor aliado. Tengo que transportar una carga proveniente de Colombia y solo con la colaboración de este viejo puedo lograr que llegue a buen puerto, para luego comenzar la distribución. El problema es que Occhipinti ha estado reacio a colaborar y quiero agotar todos los recursos diplomáticos posibles para conseguir su ayuda. No me queda de otra, es el papá de Alessandra, mi chica. ¡Ah, pero si es cierto que de ella era que al principio yo hablaba!

Recapitulo. A pesar de mi trabajo, he podido dedicarle tiempo a Alessandra, y realmente estoy enamorado de esa mujer. Su cara, su cuerpo, su forma de ser, todo me atrae de ella.

Estaba tan contento pensando en ella que no me percaté de que estaban llamando a la puerta de mi oficina sino hasta que escuché una voz familiar.

—Señor, ¿está todo bien? —Era uno de mis muchachos—. ¿Por qué no responde?

Inmediatamente, escuché cómo mi muchacho desenfundaba su pistola de manera ágil, lo que me hizo salir de mi ensimismamiento.

—Sí, Silvano, todo está bien —respondí con voz serena—. ¿Qué sucede?

—Tiene visita, señor. ¿La hago pasar?

—¿Cómo que si me haces pasar? —dijo alterada una voz femenina—. ¡Ábreme la puerta en este instante! —Se dirigía ferozmente a Silvano.

—Sí, Silvano, déjala pasar —dije al instante, para que Alessandra no asesinara a Silvano.

Al abrirse la puerta, apareció Alessandra vestida de rojo. Llevaba un vestido ajustado, descotado y corto que resaltaba sus curvas de diosa. Tenía el pelo brillante como el sol, negro como la noche y ondeaba como una bandera. Pero se le veía molesta. Sus ojos parecían echar chispas y sus labios estaban apretados. Al entrar, miró a Silvano como diciendo «eres un maldito pedazo de mierda». Llevó su mano a su larga cabellera negra y la sacudió en la cara de Silvano mientras le daba la espalda. Tomó la puerta y con fuerza la empujó para cerrarla, pero se machucó con ella y gritó:

—¡Maldita sea! —Agitó bruscamente su mano. Me miró colérica y añadió—: ¿Por qué demonios no me abrías la puerta? ¿Cómo es posible que tenga que aguantar que un maldito gorila no me deje pasar, como si es que fuera la primera vez que vengo a verte?

¡Dios, cómo me encanta verla molesta y maldiciendo!

—Me encanta cuando te molestas —dije mirándola de manera pícara—. Los ojos se te ven más grandes y así veo mejor su color azul marino.

Me levanté, la abracé fuertemente y le di un beso en la boca, mordiendo apasionadamente sus labios.

A ella le encanta que la bese de esa forma, y siempre corresponde mis besos con su dulce lengua. Sin embargo, esta vez no correspondió mi beso apasionado, sino que me apartó de un empujón con sus delicadas manos.

—No quiero que me beses. No vine a eso.

Me puse frente a ella, crucé mis brazos y la miré seriamente a la cara.

—Entonces, ¿a qué viniste? ¿Me traes respuesta de tu padre?

—¿De mi padre? —Puso una expresión de incomprensión en su rostro.

—Sí, Alessandra. Te dije que me ayudaras a convencer a Giovanni, tu papá, para que colabore con lo del cargamento que llega al puerto este fin de semana.

—¿Y desde cuándo soy yo tu mensajera? ¿Para eso no están tus gorilas?

—¡Mis gorilas, como los llamas tú, están para impedir que te metan un tiro! O para matar a quien yo quiera sin tener que ensuciarme las manos. ¡Eso lo sabes muy bien! —Me di la espalda, con los puños cerrados y los labios apretados y me dirigí a la ventana. Miré hacia el carro gris del detective del FBI y añadí—: O para cualquier otra cosa que se me dé la gana que hagan.

—¡Pues ahí está! Ya lo dijiste. Dile a tus gorilas que se te da la gana de que vaya alguno de ellos a hablar con mi papá, si es que tienen las bolas necesarias para hablar con el Dueño del sur de la Costa Este.

Al escuchar esas palabras, sentí que mi corazón comenzó a latir a toda potencia; me hervía la sangre y podía sentir cómo se concentraba en mis orejas, pues me ardían; y sentí que mis puños se iban a soldar a mi mano por la fuerza con la que los estaba apretando.

Es cierto, el viejo Giovanni controla el sur de la Costa Este, pero yo no soy ningún vasallo y, por el contrario, tengo un imperio aún mayor que el suyo con muchos vasallos bajo mis órdenes. Pero, a pesar de eso, a Occhipinti lo respeto como mi socio, como mi «igual», por el amor que le tengo a su hija. Y como su mercado es el sur, y el cargamento viene desde Colombia, lo necesito; pero el muy desgraciado quiere más de la cuenta y eso no lo tolero.

Cambié mi expresión facial y me dibujé —con dificultad, debo reconocer— una ligera sonrisa. La tomé de la mano y le dije dulcemente:

—Tienes razón, querida. Yo podría mandar a alguno de mis muchachos, pero eso no sería digno para el Dueño del sur de la Costa Este. —La miré a los ojos y añadí—: Tú, por el contrario —acaricié con mi mano su mejilla—, eres mi novia y su hija; ¿quién mejor que tú para llevar mi recado, ya que yo no dispongo de tiempo?

Apartó bruscamente mi mano de su rostro, puso mala cara y me espetó:

—¡Yo no hablaré con mi padre! Es más, vengo a decirte que lo nuestro se acabó.

—¿Qué? —Puse cara de sorpresa—. ¿Por qué?

—Ya no soporto los juegos en los que personas como tú y mi papá están metidos. Siempre luchando por el control, por el poder, y yo tengo que aguantarlo todo siempre.

—Para mí, esto no es un juego, Alessandra.

—¡Sí lo es! Tú y mi papá son iguales. Jefes famosos de la mafia con enemigos por todas partes. Siempre con alguien que intenta matarlos sin importar a quién se llevan por delante. ¡Estoy harta de ustedes y de la vida que me ha tocado vivir rodeada de la mafia! —Hizo una pausa, como para escoger bien sus palabras y añadió—: Ahora mismo voy a la estación de policía a denunciarte a ti y a mi papá.

Me molesté mucho con aquella discusión, pero no le dije nada. Me dirigí a la puerta, la abrí y le dije a Silvano:

—Silvano, la señorita ya se va. Escóltala hasta la salida.

Cuando Silvano se dispuso a acompañar a Alessandra, ella se lo quitó de encima diciéndole de manera altanera:

—No soy ninguna niña. No necesito que me acompañe nadie. Conozco muy bien la salida.

Silvano me miró, esperando mi aprobación y moviendo mi cabeza accedí.

Cerré la puerta de mi oficina y me dirigí a la ventana y pude ver cómo Alessandra se alejaba. La vi dirigirse hacia el carro del agente del FBI que llevaba todo el día estacionado afuera. Se acercó a él, lo abrazó fuertemente y le dio un apasionado beso en la boca. Abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.

Ya había visto suficiente. Mis sospechas eran fundadas.

Me dirigí al escritorio y del cajón superior saqué el detonador inalámbrico y presioné el botón.

Se oyó una fuerte explosión en el exterior y volaron los escombros por el aire, encendidos en vivas llamas infernales mientras las alarmas de los carros estacionados al rededor chillaban escandalosamente.

Silvano entró rápidamente a mi despacho y me miró con ojos atentos. Me senté complacido en el escritorio y al instante él me dijo:

—Entonces sí era cierto, jefe.

—Sí, Silvano. —Sonreí y añadí—: Me creían tan estúpido como para no darme cuenta. ¡Esa perra!

—¿Y ahora qué, señor?

—Ahora debemos prepararnos, Silvano, porque el fin de semana llega el cargamento y antes de que eso suceda debemos conquistar el sur de la Costa Este.

FIN

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