
El dolor es una forma secreta del tiempo. No siempre sabemos cuándo comienza ni en qué instante se convierte en parte de nosotros. Un día descubrimos que ya no lo llevamos: que es él quien nos lleva.
Hay dolores que no admiten consuelo porque no nacieron de una pérdida, sino de una revelación. Comprendemos, demasiado tarde, que ciertas ausencias no son accidentes del destino, sino una manera definitiva de la realidad.
Quizá el hombre no recuerda tanto a quienes amó como el instante en que dejó de ser amado por ellos. Y acaso la memoria, ese laberinto que construimos para salvarnos, no sea otra cosa que el arte de regresar a una habitación donde ya nadie nos espera.
Hoy sospecho que el dolor y la eternidad tienen algo en común: ambos nos obligan a repetir un instante.
La diferencia es que la eternidad no duele; el recuerdo, sí.
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