Cuenta la historia que viví, que el 6 de junio de 1961, se promulgó la ley de nacionalización general de la enseñanza, mediante la cual todos los centros privados de educación, religiosos y laicos, pasaron a ser propiedad del Estado. Cuando ingresé al tercer grado de una escuela primaria de mi barrio recién inaugurada, provenía de una de esas escuelas privadas y religiosas, los Salesianos. La nueva escuela inaugurada en mi localidad, con nombre de patriota, me gustaba; tenía su encanto: chicos y chicas en la misma aula, sin divisiones absurdas, más cercana a la vida. Allí, entre muchos niños, conocí a Juan.
Juan era tan callado que parecía un ser asustado; claro está que el niño que fui no conocía la palabra introvertido. Éramos críos, y la vida solía engañarnos con sus cuentos de siempre, pero llevábamos atada a los talones la inocencia necesaria.
Fuimos infantes ruidosos y alborotadores, pero Juan caminaba desde aquel entonces en silencio. En su mutismo había una sabiduría antigua; la lengua puede llevarte a un abismo —decían sus padres—, como si la ética de sus vidas consistiera en callar.
Después, cada uno de nosotros tomó derroteros diferentes. Pero siempre supe, por los cuentos de antiguos condiscípulos, que Juan seguía avanzando por las calles estrechas de la ciudad añeja, en silencio. Llegué a decirle a un amigo de esa época, que quizás Juan era el único ser consciente de lo que no decía.
Mientras otros se desgastaban en discursos, él conservó su mudez como una religión antigua. Fue como si fuera miembro de una secta: El derecho de callar.
Y aquel movimiento de seres callados fue creciendo: vecinos que hablaban bajito, hombres que habían aprendido a sobrevivir sin opinar, mujeres que sabían que una palabra podía cambiar un destino. Juan no les enseñó nada. Pero la ciudad empezó a llenarse de Juanes. Se multiplicaban como si el silencio fuera una epidemia, como si cada uno llevara dentro un eco del Juan original.
El gobierno, que siempre temió más a las palabras que a un ejército, los premiaba. Los Juanes eran indispensables, una forma espontánea de control de masas. Los Juanes habían convertido el silencio en identidad.
Generaciones tras generaciones, que nunca escucharon una voz en desacuerdo, convivieron con los Juanes hasta la llegada de Internet.
En el hoy, cuando camino por ciudades lejanas, creo verlos. Siguen sentados en los bancos de parques, mirando el horizonte callados. Son la memoria de un país que ya no existe. Dicen que Juan, mi antiguo condiscípulo, sigue vivo. Que aún camina multiplicado en miles de rostros. Que su silencio —ese silencio que fue su refugio y su arma— se ha vuelto eterno, como los sufrimientos de una nación sin voz propia.
OPINIONES Y COMENTARIOS